DE CEBRAS Y ANTÍLOPES

 Juan Antonio Gotor

cebras

  He aprendido a callarme el nombre de los pocos lugares que quedan aún mágicos. Cuando conozco un sitio que me sorprende por algún motivo, egoístamente me lo callo. Por supuesto no voy a ser yo quien lo “salve” del, temido para unos y codiciado para otros, turismo de masas o “masa” de turistas… pero me conformo con poner mi granito de arena. Porque, como bien dicen por ahí, el turismo es como el fuego que o bien calienta una casa o bien la destruye. Desde mi punto de vista, esto se debe más al combustible a quemar que a la llama en sí. Unos buenos maderos de naranjo buena hoguera hacen, pero si quemamos neumáticos…
   No sé si hacer otra vez una crónica funesta de Conil en verano, porque sería repetirme, así que lo pensaré mientras hablo de “los otros”,  porque como las comparaciones son odiosas, hoy tengo ganas de ser malo.
   He tenido la ocasión de visitar y conocer varios lugares y en especial uno que no es precisamente un mundo perdido pues no se esconde y para más INRI está de última.
   Pero es mágico porque tiene las cualidades que lo hacen así a pesar de estar a pie de playa  y  multiplicar  su población en la época estival por tres o cuatro. Conserva, y pretende seguir conservando, las características propias que lo lanzaron a la fama y encima promociona en todas aquellas ferias de turismo a las que acude. La verdad es que posee una “etiqueta” en la que la calidad no se escribe con “Q”, sino con “C”… Es uno de esos lugares anhelados y fantaseados en nuestra cabeza, en los momentos o días de mayor estrés y trabajo.
   Parece increíble que esté situado al borde del mar, donde las construcciones en el litoral llegan ya hasta los mismísimos páramos manchegos de Seseña… Pero no quiero “extenderme” tanto… Así que me voy a ceñir a este pueblo que conocí, que sin lugar a dudas es uno de los últimos paraísos que quedan en nuestra región pese a la gran afluencia de público (no todos tienen que ser islas desiertas). Reconozco que fui como Santo Tomás y que mi intención era comprobar si era cierto lo que me contaban. Ver si el desarrollo sostenible, en una población que vive prácticamente del turismo, era posible. Ahora, cuando ha pasado el verano y estamos oliendo a castañas bajo un sol más caliente que en algunos días del mes de agosto, puedo concluir o resumir mi experiencia allí, en cuatro palabras: volver, volver y volver. Porque es un lugar que está tan cerca pero a la vez tan lejos que no parece que esté en este país. En este país nuestro en el que hemos sustituido acantilados y dunas por ladrillo y cemento, en el que hemos sustituido enebros por hibiscos y nos podemos permitir reservar determinados espacios para conservar la vida en los diferentes ecosistemas que constituyen nuestro mundo, y que se utilizan por parte de las diferentes administraciones dedicadas al turismo, a usarlos como promoción para que aún venga más gente. Por supuesto cuando vienen, esas playas vírgenes o esos saltos de agua entre frondosos bosques no están ni en Torremolinos ni en Costa Ballena, que es adonde han llegado…
   Lo que más duele, y por otro lado agradezco, porque no queda otra solución, es el hecho de preservar estos territorios porque es señal de que agotamos La Naturaleza. Que ésta sucumbe ante la acción depredadora y en el fondo ambiciosa del hombre. Y así nuestro mundo cada vez está más deteriorado, por lo que me pregunto si puede ser sano vivir en un planeta enfermo… Hay que empezar a curar. La medicina que se aplica es de carácter paliativo y esto no salva al mundo. Sirva como ejemplo la política preventiva de la que hacen uso en este “misterioso” pueblo, al que desde aquí animo a ir no sólo para disfrute y relax, sino también para aprender cómo hay que hacer las cosas. Es verdad que tuvo, este municipio, la suerte de ser casi olvidado en el período de desarrollo de los años sesenta y setenta. Le dieron con el estoque de refilón pero cuando intentaron, allá, por finales de los noventa, en ese final y principio de siglo, darle la estocada definitiva, no dejaron pasar al “Matador” a la plaza… (que  por avanzada edad pensábamos que ya habíamos aprendido y sin embargo nos vinimos a dar cuenta de que aquella época desarrollista de la dictadura fue tan sólo un ensayo). Y supo pues, este  lugar, poner sus límites y sus condiciones, así como subsanar las agresiones anteriormente sufridas. El resultado está ahí: “Pasen, vean, disfruten, váyanse y regresarán…”

   Es un ayuntamiento que ha organizado su territorio cautelosamente con el único fin de preservar  su propio destino, mirando al individuo como alguien que pertenece a su medio y no puede desarrollarse sin él, sin el resto de los seres vivos que lo conforman y que proporcionan el equilibrio físico y psíquico necesario para subsistir como especie. No sé quien decía que si ahora interesa tanto el calentamiento global es porque lo que está en cuestión es la supervivencia del hombre y no la de los dinosaurios… Y por aquí es por donde apuesta este lugar, por conseguir que la balanza entre hombre y entorno sea lo más equilibrada posible.

No es un municipio que haya decidido regirse por la nueva ley del suelo o por la, que dicen que se aplica, Ley de Costas, para decir hasta aquí hacemos o hasta aquí podemos llegar. Han tenido muy claro que no se puede construir diez mil viviendas nuevas si tienen mil vacías durante nueve meses. Han sabido construir para ellos y para el de fuera, pero ofertando la calidad de vida que tienen, que no es más que la que buscan los que vienen. Y no es la calidad que la Junta se empeña en escribir con “Q”…
   Es admirable el control sobre la construcción ilegal, en definitiva sólo es cuestión de “custodiar” el PGOU aprobado por unanimidad. Está tan bien planificado el territorio que es difícil ver núcleos de viviendas de esta índole. Las existentes, hoy día o están reguladas o en proceso de regularización, o han sido derribadas. Así, cuando viajas por este término, puedes ver que el campo es campo y no está salpicado por centenares de piezas de un puzle imposible de montar. Lo que en otros lugares es una auténtica desvergüenza, aquí es ejemplar.
   Y después de saborear el paisaje, uno entra en el pueblo. Lo primero que nos encontramos es un polígono industrial consolidado y en expansión, y un elemento que ya no sorprende a nadie en este país, la grúa, pero comedida, sin llegar a constituir un bosque de hierro. Se construye con mesura. Zonas de nueva planta que antes de levantar están ya literalmente equipadas. Las avenidas son amplias, las aceras anchas y arboladas. Extensas zonas de aparcamiento. Plazas y espacios destinados al esparcimiento y a la ubicación de las futuras infraestructuras de carácter público… En estas áreas que circundan al centro histórico, donde se levantan urbanizaciones o barriadas para todo tipo de bolsillos, hay que dejar el coche. Son numerosos los aparcamientos y gratuitos. Desde aquí el transporte público es digno de mención. A modo de lanzaderas, son continuos los autobuses y microbuses que te acercan al casco antiguo e incluso a la playa, donde el paseo marítimo es para pasear y no una zona de aparcamiento.

Lo mismo ocurre con sus calles, donde se da cita la muchedumbre, disfrutando de sus comercios, terrazas, tascas… lo agradable que resulta pasear sin toparse con contenedores sucios, sin tenderetes de chanclas y pareos que ocupan media calle, sin sortear los veladores de los bares, pues sólo se permiten en espacios amplios. Sentarse apaciblemente en una de sus muchas plazas ajardinadas… La calle es del transeúnte. El objetivo ha sido una vez más, el bien de los usuarios.

   Y lo mejor es que el histórico casco es un corazón que late con fuerza todo el año. No es un parque temático para verano, por el tipo de establecimientos y la ubicación de diversas entidades y organismos, de carácter privado u oficial, se puede constatar que late todo el año, con un ritmo evidentemente menor en invierno que en verano, pero late. Y si a todo esto le sumamos el sorprendente cuidado que tienen por su patrimonio, el respeto por el legado dejado por sus antepasados, ya es para tirar cohetes. Cuidan y rescatan de la ruina sus viejos patios, sus casas, reconvirtiéndolas, adaptándolas… poniendo empeño en sus viejas calles y mimando los pequeños detalles, esmerándose en definitiva en mantener antigua su parte antigua pero poniéndola al día. No hay agresiones a la vista, ni en sus zócalos, ni en sus puertas, ni en sus ventanas… ni hay señalizaciones de calles y hoteles que afeen el conjunto. El mobiliario urbano está perfectamente integrado, diseñado y es de lo más funcional. No hay un rincón abandonado a la desidia en donde los plásticos y kleenex usados se concentren y se arremolinen. Cualquier recodo es bueno para sembrar un jazmín o un juanillo (nombre popular con el que se conoce a la buganvilla en Conil), y son jardineros los que se hacen cargo de mantener a las plantas y a los arbustos lustrosos.

   Cuadrillas de barrenderos en diferentes turnos recorren las calles que no dejan de usarse en todo el día y a todas horas. Y se ven siempre limpias, como las papeleras que no rebosan.  Los contenedores soterrados los hay en cada esquina y para todo: papel, vidrio, ropa… Los camiones de limpieza no hacen acto de presencia en las horas de afluencia, sino al cierre de los locales lo que evita que cuanto te estás tomando la tapa de ensaladilla no te impregne el olor nauseabundo de la basura triturada. Y enlazo aquí con la vida nocturna, con la hora del tapeo, del helado y el posterior cubata o cubatas… Es considerable la oferta existente, por lo que también tiene fama este pueblo. Es un placer tapear en un lugar con tan variada carta y en un entorno tan animado y a la vez tranquilo. Se tiene muy claro de que el ruido no es sinónimo de diversión, por eso no hay conciertos al aire libre de música pop, rock, pasodobles o chirigotas en las calles y plazas céntricas donde se concentran los ciudadanos. Estos espectáculos tienen sus propios recintos ubicados fuera de los núcleos de población o de zonas residenciales. Ese momento tan familiar, o tan amistoso, que sirve para la tertulia o como rodaje de una larga noche de discoteca, está orlado con la música de alguna guitarra suave, algún violinista, algún hombre estatua o la melódica voz de un artista que va a amenizar la velada, no a fastidiarla. No hay sonidos estridentes, son notas y acorde para compaña. No son necesariamente boleros, o fados. Sencillamente es algo gustosito…

   Y lo mejor está por llegar. Se cierran los establecimientos a su hora, según la categoría y la normativa existente, y comienza el momento clave, el más difícil de encajar en esta región nuestra tan poco arriesgada a la hora de hacerle frente a los problemas que conlleva este fenómeno tan nuestro: ¡La Marcha! Vivimos en un país donde se baten todos los récords de consumo de alcohol entre jóvenes y en grandes concentraciones, donde el consumo de la “farlopa” (cocaína) ya es mayor que en Estados Unidos, es decir somos los números uno. Rebasamos con creces los decibelios permitidos en cualquier país de la Unión Europea y también dentro de ésta, tenemos el porcentaje de mortalidad más alto en accidentes de tráfico de nuestros jóvenes… Y es que España está de Puta-Madre. ¡Es lo mejor! ¡Como España no hay “ná”! Y así nos vienen de Centro Europa los aviones un sábado por la tarde para soltar el “ganao”, que se desahogue y vuelta a casa el domingo a primera hora… Es que somos “demasiao”… Y  somos la primera potencia mundial en turistas… sí, ya sé que es la segunda, pero si consideramos que la primera es Francia y que el turismo se debe principalmente a su capital, París, esto no vale… Aquí somos los primeros del mundo por varias razones. Primero porque ofertamos un Sol de mayúscula, lo que nos convierte en el país más demandado para reactivar melanina, de todo el planeta. También tenemos un patrimonio inmenso y variado. Somos el segundo país del mundo con más ciudades y monumentos declarados por la UNESCO,  Patrimonio de la Humanidad (el primero nos gana en uno), incluso hay quien dice que España es el sexto continente. Esto me halaga. Por otro lado, damos de comer como en ningún comedor del mundo, y ya para rematar, tenemos las mayores y las más variadas ofertas de ocio que pueda cualquiera imaginar. Ya incluso se planean estaciones de esquí alpino al borde del mar, en Castellón con 35º C. Y Murcia tendrá dentro de poco 70 campos de golf…

   Es imposible no aceptar esta realidad. Pero este desmadre va contra nuestro medio y del tirón, contra nosotros mismos. Tiene que haber un equilibrio. Esas pistas de esquí y tantos hoyos en Murcia pertenecen al mundo del delirio. El querer que una ciudad crezca en 10 años cuatro veces más que lo que ha tardado en mil, quinientos o doscientos, es un planteamiento esquizoide. Esta progresión y agresión no hay planeta que la soporte. Si todos decidieran funcionar como funciona este pueblo idílico, al que estoy haciendo referencia todo el rato, aseguro que no estaría el señor Al Gore cobrando, dicen, treinta millones de las antiguas pesetas por conferencia. Y el Nóbel de La Paz hubiera recaído en algún pobre “desgraciao” que seguro está haciendo lo imposible por frenar actos de guerra o defendiendo derechos humanos…
   ¡Vengan, vean, disfruten y volverán! Porque cuando uno llega a este sitio comprueba que si te quieres ir a dormir puedes hacerlo sin pensar en la “maldita noche que me espera…” y que el que quiere irse a divertir, y a bailar, y a gritar no va a tener ningún problema, ni va a darlo. Que no hay coches ni motos “discotecas” y encima no te arriesgas a experimentar un trauma al ver como un motorista haciendo el caballito se va a dejar los sesos porque no lleva casco (aquí todos lo llevan, señal de que hay disciplina). Cuando no hay un quad que te pase por el lado y te haga rebrincar del susto y dar gracias al cielo por no haber caído muerto por la imprudencia del que se cree que con ese cacharro es más Rambo…        
   Ves en definitiva, que hay una normativa y se respeta, lo que contribuye a crear un clima o ambiente bastante sereno y sin sobresaltos. ¡Vengan, vean, disfruten y volverán! Porque cuando uno se acerca a esas playas y ve que prácticamente el 75% de la costa es virgen o semivirgen, que no hay agresiones en el litoral, porque tienen su propia ley de Costas: ¡No edificar! Y que contra el sueño de promotores, constructores, inversores y grandes hosteleros está el de todos aquellos, cada vez más, que huyen del cemento, alquitrán, ladrillo, atasco y contaminación. Verdaderamente esto, hoy día, es un lujo y todo gracias a la mesura, discreción, sensibilidad y sabiduría de los autóctonos que saben que así aseguran su supervivencia, velan por las venideras generaciones y también por qué no, por un trocito de planeta. La cuestión no es dar el pelotazo y vivir a todo plan en detrimento de la calidad de vida de todos, empezando por la de uno mismo. Son sabios y saben que venden un producto del que viven y aseguran, por tanto, su clientela.
   Nos ha tocado vivir un  “boom” inmobiliario y automovilístico. No hay quien escape de las negativas consecuencias del auge de estos sectores: atascos, problemas de estacionamiento y contaminación ambiental son tal vez los más destacados. La voluntad para remediarlo está como en todo, en manos de los regidores que nos gobiernan que son los que tienen que poner los puntos sobre las íes. La excesiva especulación sobre el suelo y el aumento del parque automovilístico son una combinación explosiva que cualquier pueblo o ciudad soporta. Por lo que las normativas municipales deben ser muy exigentes. ¿Cuántas veces he visto promociones, por ejemplo de 56 apartamentos y 50 plazas de parking? ¿Por qué no se hacen aparcamientos públicos? ¿No se consideran rentables? ¿Es que tienen que ser rentables? Vivimos en un país rico ¿no pueden hacer aparcamientos públicos como hacen autovías? Se puede promocionar la venta de cientos de viviendas y publicitar un modelo de coche con “óptimas” condiciones de compra y ¿después qué? ¿Qué hacemos con el coche? ¡Compre casa, coche y avíeselas! Tenemos el verdadero afán de fastidiarnos, de autoperjudicarnos. El sentido común en vez de desarrollarlo lo estamos atrofiando. Nadie cede medio metro en el carril donde va a vivir el resto de su vida, teniendo que dar marcha atrás cada vez que se topa con otro coche de frente… Cuando lo que es de todos, o va en el bien de todos, se convierte en algo “mío”, o es para mí… mala cosa… Pero lo peor es que se ve como algo normal y cuando vemos las cosas que no son normales como tales,  la bomba está a punto de estallar.
   En este pueblo del que me siento profundamente orgulloso hay una gran voluntad de ejercicio pero sobre todo hay algo que no es más que la verdadera clave del éxito, o la madre del cordero: La Valentía. Porque dinero hay mucho. Somos el noveno país más rico del mundo. Lo que hay que ser es valiente para ceder esos tres metros en pro del interés de todos y hacer público aquello que por su uso o características afectan al bien general, aunque esté en manos privadas.
    Tenemos actuar por las posibles consecuencias o represalias.  Pero hay que ser valientes, sólo hay que tener el miedo que tiene una cebra o un antílope cuando verdaderamente ven al león al acecho, no cuando éste duerme.
Los paraísos existen. Yo he estado este verano unos días en uno. No me gusta decir los nombres de aquellos lugares que son mágicos, pero éste es un secreto a voces.
¡Vengan, vean, disfruten, diviértanse, descansen en sus maravillosas playas, respiren el olor a campo, vivan sus calles y volverán! 
Cuando ya no esté de moda, habrá que hacer con mucha antelación la reserva. No necesita este pueblo rótulos grandes en blanco rodeado  de  palmeras  cocoteras  para  dar la
bienvenida. No necesita señalizaciones en la autopista, porque todo el mundo sabe donde está ese lugar embrujado, cuyo nombre nunca diría si no es porque todo el mundo lo sabe: ¡Conil de la Frontera!
¿A que no se lo creen?  Yo tampoco, pero me da pena porque podría haberlo sido, aún algo se puede hacer, pero ya hay muchas heridas difíciles de curar. Pero sí otras muchas por evitar: no construyan Roche 2, pongan freno de una vez a la construcción ilegal, controlen el desmadre del verano, mimen sus playas, no dejen aparcar en ellas, no consientan que las aguas de alcantarilla viertan en ellas, limpien el pueblo o, mejor dicho, eviten que sea un urinario público…

No sé si  hacer una crónica negra de Conil en verano... Me lo pensaré. De momento, me quedo con el lugar que he conocido. Tan cerca y tan lejos…