CONIL: SU HISTORIA EN PIEDRA

 Antonio Morillo Crespo

Farmacéutico; ex-alcalde de Vejer

La muralla de Conil - Puerta de Cádiz

 

Las casas, las Iglesias, las murallas, las torres, los arcos, las calles, las plazas... son historia viva. No sólo los libros, los anales que escribieron nuestros antepasados son historia, también ellos escribieron a través de los siglos en las edificaciones que realizaron.   

Destruir un lienzo de muralla es quemar los archivos de piedra de la Villa, arrasar un edifico emblemático es una salvajada, como quien  quema un codicilo de  siglos atrás o un incunable.  Madrid tiene su historia con sus palacios y  monumentos, Conil tiene la suya con sus  significativos edificios y con su arquitectura popular, herencia de siglos, libro escrito piedra  a piedra  por los abuelos, bisabuelos y tartarabuelos. Se pueden escribir otros libros, de ladrillo, cuantos se quieran, ¡será por sitio!, lo que se quiera, pero no hay  necesariamente que escribir en el mismo libro, en las mismas páginas que escribieron los  antepasados conileños.  Hacer lo contrario sin ton ni son, es incultura, es un pecado imperdonable que generaciones venideras, que por fuerza han de ser mas cultas, criticarán y llorarán por la riqueza perdida.  Hay un  lema muy fácil de entender y de aplicar, que al menos preservemos lo que milagrosamente ha llegado hasta nosotros.

La arquitectura es una de las llamadas  Bellas Artes. Puede ser bello un edificio, puede ser bella una ciudad, un pueblo. Conil lo es, a pesar de todo. Contemplado desde la llanuras del  Palmar o desde el mar, se derrama desde la loma hacia la orilla, como si manara allá arriba de los brocales de los pozos de las huertas la blancura y se enredara entre calles y pretiles, hasta la arena de la playa, hasta el río Salado. Pero... "me lo están matando", es un decir, me lo están matando con la uniformidad de los apartamentos y con el amarillo de sus fachadas, que rompe la semblanza, la estampa de Conil. Parece que el avance, el progreso debe quedar enfrentado con el respeto y el cuidado de las imágenes tradicionales. ¡Qué manía con el  amarillo o con el marfil! Voy a odiar el amarillo, con lo hermoso que es para el trigo, para el Cádiz C. F., para los girasoles y para el oro. Pero ¿porqué esa manía de pintar de amarillo, en vez del blanco?,  ¿Porqué,  porqué y porqué?  ¿Qué más le da a los arquitectos, a los constructores? Alguien decía que era para evitar la suciedad, para evitar el polvo (??).

Tres premisas antes de seguir. Primera, que mis comentarios, crítica o alabanza están guiados por mi afecto y cariño hacia Conil y que vienen de lejos. No me podrán decir o no me deben decir "¿a qué viene uno de Vejer a poner faltas?".

Desde  hace muchos años ya, cuando veníamos a bañarnos  (vestuario el Pasaje)  y a través de diversas motivaciones y proyectos he vivido intensamente las peripecias de este pueblo hermano.  

Por tanto son ideas encaminadas a, según mi opinión, buscar lo mejor, desbaratar lo que lo afea y resaltar lo escondido y de valor. Lo ideal sería que estas u otras ideas positivas nacieran y se entendieran despolitizadas en el amplio sentido de la palabra, para así ser mejor asimiladas como propias por el Ayuntamiento y los demás organismos correspondientes.

Segunda,  que no hay  que ser arquitecto, premio Pritker  (Nobel de la arquitectura), ni un genio de la pintura o un doctor en paisajismos, para poder opinar. Nadie puede sentar cátedra, ni tampoco excluir a otros con sus comentarios. Porque sencillamente el gusto, la sensibilidad no se aprende ni en la Universidad. Quizás vaya más con el conocimiento de muchos pueblos y paisajes, para llegar a comprender lo que pega y lo que no pega, lo que es propio de un lugar y lo que desentona y chirría.

Y por supuesto que yo puedo ser el primer equivocado, pero se puede terciar  o calcular por donde brujulea la verdad, iniciando una encuesta entre pintores, literatos, escultores, poetas, gente que se dedica al arte, que, me imagino, algo sabrán y al menos no opinaran so pretexto de sus intereses  comerciales o económicos.  

Discordantes zócalos en la Calle Cádiz

Tercera, existe una pugna o debate entre conservación e innovación, o entre historicistas y modernitas. Para entenderlo, o conservar Conil a semejanza de todo su antiguo casco histórico  o lanzarse a todo lo moderno e innovador. Creo sinceramente  que ni lo uno ni lo otro. Es mejor conservar lo antiguo y que el resto, las crecidas, sean modernas pero respetuosas con lo antiguo, sobre todo en perspectivas y en color, para mantener la configuración del pueblo y su idiosincrasia. Eso de alegar, cuando se construye un edificio modernista en el centro viejo del pueblo, que es como el Centro Pompidou de Paris o el  Guggenheim de Bilbao,  es pasarse. Y en todo caso no hay que ser tan orgulloso ni pretencioso para querer enmendar la plana a tantas generaciones que poco a poco, siglo a siglo, han ido construyendo el pueblo a la manera de como se forma un cristal en  las profundidades de una cueva, con los minerales y el agua que pululan en sus profundidades, la concentración  y la calma que da el tiempo.

Hay que comprender que toda arquitectura tradicional tiene sus razones y no es mero capricho de nuestros abuelos. Por ejemplo, el color blanco es propio de nuestro entorno y característico,  porque el blanco protege más del Sol y de las calores.  De ahí "los pueblos blancos de Andalucía". Razón de más, si cabe, para no usar el rojo en las lechadas de las azoteas, costumbre incomprensible que se está extendiendo últimamente en demasía, so pretexto de que el rojo es mejor  (???? ).  O el negro de los cables de luz y teléfono, que tan chocantes son y que justifican diciendo que así la corriente eléctrica se propaga mejor  (también ???? ).  Así que blanco para nuestra latitud y ya,  por Sevilla, empiecen los ocres  y por Castilla y el Norte la piedra, el ladrillo visto y los adustos  grises.

Viajemos, viajemos y veremos como los pueblos y ciudades cultos protegen sus recintos históricos y los reconstruyen incluso después de los estragos de las guerras. Y afortunadamente, también en España,  y al mismo tiempo se reivindican restaurándolas las antiguas reliquias del pasado, templos, mansiones, castillos, murallas... Es incomprensible querer  uniformar toda la Tierra, todas las ciudades en todos los países, con los  mismos edificios. Que una calle sea igual en Singapur, Filadelfia, Leningrado, Caracas o Cádiz, todas clonadas, es una barbaridad y una simpleza. Es vestir  a toda la humanidad con la vulgaridad  (común o general, que no tiene especial particular, que carece de novedad e importancia arquitectónica), como por ejemplo la Avenida Ana de Villa,  a la entrada de Cádiz, que en todas partes existe una igual.

Distinguiría en Conil tres apartados, mejor cuatro. Uno el Casco antiguo, las  calles que estarían dentro de su recinto amurallado y las que se añadieron a sus lienzos posteriormente. Pueblo humilde, sin grandes palacios ni mansiones, pero con un encanto y singularidad maravillosa. Segundo, las gemaciones habidas alrededor de este núcleo, construcciones a go-gó, crecidas al amparo de la anarquía y como consecuencia de la necesidad de una vivienda, para quienes habían vivido en la degradante y humillante estrechez de un cuartito con servicio de cocina y retrete común con otros vecinos en el patio.

Tercero, el enjambre de apartamentos, bloques, chalets adosados y compañía que van rodeando y abrazando la población. Por último y cuarto, los edificios singulares, reseña de su historia y de su cultura.

Como es lógico, aquí si que habría que ser técnico ad hoc, para poder realizar un estudio serio, profundo y pormenorizado. Pero no obsta para que, a guisa de como si fuera un turista que pasea, discurre, contempla y fotografía sus calles, diga  a mi acompañante, el papel, lo que se me ocurre.   

El Conil antiguo conserva poco, pero conserva en algunas casas sus gracias y el bello intríngulis de nuestra arquitectura tradicional. Sus ventanas medidas por varas, sus puertas, sus patios, sus graciosos arcos, sus patinillos... Es cuestión de que sus propios moradores se den cuenta y se sensibilicen de lo que tienen. Y no osen tirar unos arcos de piedra y corredor con vigas de madera y alfarjías, para sustituirlos con un forjado de vigas de hormigón. Es como si un vecino le cambia   a un vendedor o anticuario callejero  (que no ha sido la primera vez que ha ocurrido) un viejo lienzo heredado de su bisabuelo por una moderna litografía de la Virgen de Lourdes de plástico y con purpurinas. Nadie nace sabiendo y un conileño, por razón de oficio, puede ser un lince, un sabio para pescar  sardinas de media playa, como mi inolvidable amigo Bartolo y, en algún caso, no saber leer y por ende entender cuanto vale el viejo pozo de cal de su patio. Será cuestión de quien proceda, que todo no va a ser enseñar ingles, gramática y flamenco.

Segundo capítulo, los añadidos. "Lo hecho, hecho está", dice la gente,  y no le falta razón ya que fue hecho por pura necesidad. Pero eso no obsta, para que se pueda mejorar y naturalmente deben ser orientaciones y sugerencias hechas y dirigidas por expertos. Que bien pudiera ser objeto de una campaña educativa y orientativa. Y aquí sí hace falta, mucha falta, que los moradores de las viviendas se convenzan y conciencien. ¡Bueno!, pues aquí está, para mí, lo mas feo de Conil, los ZÓCALOS. Hay un verdadero muestrario de clases, modelos, texturas, colores, todo lo más extraño, incongruente y desabrido.

Repellados de cemento, tirolesas, piedras, dibujos, losas, mosaicos. Azules, celestes, rojos, verdes, morados, amarillos, ocres, grises y hasta negros. Altos, bajos, escalonados, regulares, irregulares... Hay para escoger.

Contaminaciones diversas

Cableado en la Casa del Corregidor

Muchos, aprovechando los restos de solerías de las viviendas y aún peor los restos de alicatados de los cuartos de baño.  ¿Razón de los zócalos? ¿Belleza?, ninguna, al contrario, una fealdad para la casa. ¿Protección?, despreciable. ¿Salvaguarda de la lluvia?; sería como ponerse unas polainas de plástico chillón sobre un terno el día de la Patrona para pasear por el pueblo.

Para mí no hay cosa que más dañe a la fisonomía de Conil, urbanísticamente, que esa caterva  de zócalos. Los quitaría todos y hasta de balde. Mejor dicho, convencería a todas las conileñas y conileños de que los quitaran, por amor a su pueblo, y que las paredes de sus casas quedaran blancas hasta la acera, ¡como Dios manda!, y como ha sido siempre. Nadie tiene culpa de ello, porque no se lo han enseñado. Y que desparezca de su callejero esa horrible algarabía en la que parecen pujar unos y otros, a ver cual es más  extraño y feo.

Mención especial para los cables. Hay una algarabía de cables por todas partes, que si bien son necesarios para el suministro de energía eléctrica y teléfono, no estaría nada mal que cuidaran algo sus trazados y sus exageraciones. Y por supuesto, al menos, en los edificios singulares, cuyas fachadas debieran estar limpias y el cableado enterrado.  Clama al cielo el singular edificio de la Casa del Corregidor con esa verdadera jungla de cables que lo abraza.

Tercer apartado, los bloques que crecen alrededor del pueblo. Consignar al  paso que, en el urbanismo conileño, uno de los mayores logros ha sido la ronda de circunvalación con la arboleda. Añadiría sobre los bloques las ideas ya apuntadas, de conservar el color blanco, no permitir que  queden de ladrillo  salteado y sin repellar los huecos, futuros escaparates, así como las medianeras y que los grandes cuerpos queden "graciosamente" descolocados o  macleados  para evitar el impacto de esos monstruos paralepípedos. Entiendo que se podría  jugar  con sus volúmenes de forma que no hirieran el entorno general. Y por supuesto que esto de los grandes cubos  es singularmente evidente y estridente en el interior del pueblo. Se sabe que esto no se hace  en  casi ningún sitio, pero ahí está el mérito y el objetivo de lograr algo  encomiable para Conil.

Por último, los edificios singulares: el  molino viejo, conservado entre los pisos nuevos, la Parroquia de Santa Catalina,  un regalo que no la cubrieran de casas por poniente, la vieja Iglesia de Santa Catalina, restaurándose, el Arco de la Villa, la Puerta de Cádiz, la emblemática Torre de Guzmán, la casa "del Peoro", la referida Casa del Corregidor y la Iglesia de la Misericordia con su Colegio adjunto, que me encanta.

Para mí es de los edificios más bellos de Andalucía. Habrá muchos y más valiosos, pero éste con su sencillez, su elegancia y su vistosidad es una maravilla. Por lo pronto ¿porqué no cambiar el aparcamiento de coches de acera, para que en vez de estar en su fachada estuviesen enfrente?  Y si fuera posible, limpiar sus fachadas laterales de los edificios que lo tapan, que a decir verdad son poco significativos y se daría una buena prestancia a nuestro  Conjunto, sobre todo  quitar el como almacén existente cara poniente hacia el Arco de la Villa

Y como despedida, un saludo desde la vieja Cruz, la "Cruz Moreno", a la salida del pueblo camino de la Casa de Postas, en el margen  izquierdo.  Es  elegante y preciosa. Debería estar rodeada de ...,  no sé, algo que la señalara como un hito especial para quienes vienen y quienes se van de Conil.  

La Misericordia y los coches

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