POBLACIÓN Y SOCIEDAD EN CONIL DURANTE LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XIX:

EL MATRIMONIO

   Eva Leal García

   Licenciada en Historia 

  

                                                                Pintura de Manuel Manzorro

 

  Durante mucho tiempo la historia local se consideró por parte de los historiadores universalistas como  “género menor”. Esta cuestión ha sido ya superada y en los últimos años ha habido un aumento del interés por lo local que compartimos. 

   En este artículo trataremos sobre el matrimonio en Conil durante la segunda mitad del siglo XIX. La idea es explicar cómo se comportaban las mujeres y los hombres conileños de entonces cuando programaban su desarrollo vital: en qué momento de su vida decidían emanciparse del núcleo familiar original, con quiénes se casaban o en qué momento del año lo hacían. Pero antes de entrar en materia conviene saber qué tipo de sociedad estamos estudiando.

 

 1. CONIL DURANTE LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XIX

 

    Conil era, a mediados del siglo XIX, una sociedad tradicional sumida en la pobreza, situación que no experimenta mejoras entre 1850 y 1900, sino todo lo contrario. Estos años, que se caracterizan en otros lugares por los inicios de la tecnología industrial y el crecimiento económico, son para Conil años de angustia social, económica y demográfica.

 

a) Una economía de base agropecuaria

   La agricultura  era la base de la economía local, pero muchos habitantes de Conil carecían de terreno para poder cultivar. La desamortización, que había creado expectativas en Conil y en otros muchos pueblos de España, solo supuso la puesta en marcha del gran negocio de la tierra para las clases acomodadas, mientras se frustraban las esperanzas de progreso económico de los más desfavorecidos. Tal y como dice Bernal, las principales medidas liberales perjudicaron notablemente al campesinado andaluz, al verse privado de la tierra y despojado de los bienes comunales. Lo característico de esta etapa es, por tanto, el “hambre de tierras”.   

  La respuesta a esta situación va a ser la ocupación ilegal del territorio. El Ayuntamiento reaccionó muy débilmente repartiendo algunas suertes de tierra que, una vez desmontadas, terminaron siendo retiradas a sus beneficiarios por causa de los cambios en el gobierno municipal o bien por las deudas acumuladas. Además, los últimos años del siglo XIX serán años de catástrofes medioambientales y malas cosechas, debido a sequías seguidas de continuas lluvias. Estas crisis periódicas repercutieron en un estancamiento de la población, que durante la etapa 1880-1900 apenas se incrementó en 78 habitantes.  

  En Conil no había latifundios sino grandes propietarios, que eran dueños de las dehesas y poseían gran número de parcelas medianas y pequeñas a lo largo de todo el término municipal.  La propiedad de la tierra estaba caracterizada a fines del siglo XIX por el minifundio. Esta imagen característica del campo de Conil, que se acentuado en nuestros días, era en gran medida resultado de los repartos habidos en la primera mitad del siglo XIX y de los desmontes ilegales realizados por los más pobres.

  La ganadería extensiva se ubicaba territorialmente en la zona de dehesas: al norte del término estaba la dehesa de Roche, perteneciente al común municipal, que arrendaba los grandes propietarios de la villa para pasto; al este estaban las dehesas de los grandes propietarios, Pamplina, Lanchar, Sombrerero y Cabeza Rubia, donde se criaban acebuches, chaparros lentiscos, monte bajo pardo y algunos pinos. Según la estadística ganadera de 1870, había 15.017 cabezas de ganado y 4.000 aves domésticas, pertenecientes en su mayoría a la burguesía local, que podemos conocer por la Estadística Agrícola de 1876.

  El Archivo histórico Municipal ofrece escasas referencias sobre la actividad pesquera de la segunda mitad del siglo XIX, que se vio afectada también por los numerosos temporales del último tercio del siglo. Hacia 1900 Poley Poley dice, sin embargo, que en Conil se obtenían buenas utilidades con la pesca del atún y la sardina y que, aunque la principal industria de Conil es la agrícola, las almadrabas proporcionaban ocupación a muchos braceros durante los meses de mayo y junio. Por la multitud de arrieros que encontramos en las partidas de bautismo, matrimonio y defunción, la arriería debía ser una actividad importante, dedicada principalmente al transporte de pescados y verduras fuera de la villa. 

   Para documentar la actividad industrial hemos manejado un informe, que aparece dentro del apartado de Rentas y Exacciones, sobre el estado de la industria en la villa. El número de fábricas era de siete, todas ellas dedicabas a la molienda de granos, trigo y cebada. Estos molinos de viento producían un total de 507.252,536 kilos de harina y cada uno empleaba a tres braceros, que sumaban un total de 21 trabajadores. Conil era un desierto industrial comparado con la vecina Chiclana, a sólo 14 kms., donde florecía en el último cuarto del siglo XIX una pujante industria bodeguera. En Conil, por el contrario, ya ni siquiera existía la industria estrella de otros tiempos, la salazón y el embarrilado del atún. 

b) Desigualdad social y pobreza

  Con este panorama, la primera característica de la sociedad conileña de estos años es la pobreza. Los conileños eran en su mayor parte jornaleros analfabetos. 

   La burguesía estaba representada por un pequeño sector de la población. Los caciques típicos de fines del XIX aparecen identificados en la estadística agrícola como “los propietarios” o los “ agricultores de mayor importancia de este distrito municipal”: los Borrego Mihura, Borrego Lobatón, Moreno Amar o Amar Morales. 

  Estos labradores y ganaderos formaban un Consejo que “asesoraba” a las autoridades municipales. Por debajo de ellos estaban los profesionales liberales, cuya presencia era mínima: dos comerciantes, dos médicos, un farmacéutico y un veterinario. 

   Los dueños de los molinos, zapateros, carpinteros, algún maestro albañil, barberos y la numerosa arriería, que mayoritariamente trabajaba por cuenta ajena. Había también algún pequeño armador y pocos pescadores. 

  Entre la clase media-baja del pueblo destaca un importante número de agricultores, pequeños propietarios o arrendatarios. Los primeros, podían haber adquirido sus tierras a través de los repartos habidos durante la primera mitad del siglo XIX y, para poder mantenerse y complementar sus menguados ingresos, tenían que trabajar a la vez como braceros; los arrendatarios sólo usufructuaban una suerte de tierra perteneciente, la mayoría de las veces, a las familias propietarias citadas, a cambio del pago de un canon.

   La mayoría de los habitantes de Conil eran jornaleros del campo y del mar, los menos. Por la estadística agrícola de 1876, anterior a los peores años del fin de siglo, sabemos que los braceros agrícolas eran unos seiscientos, que seguían utilizando como único instrumento agrícola la azada, el azadón, la mocada y el escardillo. No había ninguna maquinaria agrícola y el abono empleado se reducía al estiércol. Todos ellos vivían en una situación de miseria, mal nutridos y carentes de instrucción, tal y como podemos comprobar en los informes de la Comisión Municipal de Educación que recogen algunas Actas Capitulares. 

"Luz de gañanía" de Manuel Manzorro

 Los jornaleros estaban sometidos a salarios muy escasos y expuestos al paro estacional, acostumbrados a vivir en la miseria. Se alimentaban sobre todo de pan, que recibían como parte del jornal, y legumbres. La carne y el pescado fresco brillaban por su ausencia en estas dietas, y cuando comían pescado era en salazón. La única verdura que acompaña sus platos era el cardillo, que nacía de forma espontánea o silvestre en las tierras de secano, después de los meses de lluvia.

  Por aquel entonces, y a pesar de que la gran mayoría de la población de Conil se empleaba en la agricultura, el campo estaba desierto de edificaciones, salvo las chozas y choziles de paja para recoger los aperos de labranza. Según el padrón de contribución urbana del año 1894, Conil contaba con 1.022 casas, de las que sólo 96 se situaban en el diseminado rural. Casi toda la población vivía y dormía dentro del casco urbano y se trasladaba a diario a su lugar de trabajo, por muy alejado que estuviese del pueblo. Hasta los primeros decenios del siglo XX no hubo presencia humana estable y significativa en el campo de Conil. 

2. POBLACIÓN Y VIDA COTIDIANA: EL MATRIMONIO 

      Durante la segunda mitad del siglo XIX, Conil pasa de 4.843 habitantes (año 1857) a  5.579 (año 1900). En esta evolución se alternaban períodos de crecimiento sostenido de la población con otros de crecimiento negativo o descenso, provocado por catástrofes puntuales como la epidemia de cólera del año 1856, muy sangrante para la villa. La Tasa de Crecimiento Anual  para los diferentes períodos de la etapa estudiada es, a partir de los censos, la siguiente: 

TASAS DE CRECIMIENTO ANUAL

Años

T.C.A.%

1850-1857

0,9

1857-1860

-2,8

1860-1877

1

1877-1887

-1

1887-1897

-1

1897-1900

 2

  Ya hemos visto que Conil tiene, durante la segunda mitad del siglo XIX, un sistema económico con características de Antiguo Régimen, y nos hacemos una pregunta. ¿Puede haber comportamientos demográficos en la nupcialidad y la natalidad que anuncien cambios demográficos sin que haya revolución industrial?. 

  A mediados del siglo XIX estamos todavía en la época proto-estadística, a pesar de  iniciarse los censos desde 1857 y el Registro Civil en 1871. Los registros parroquiales siguen siendo la fuente más fiable, lo que condiciona  la metodología empleada. El “método francés” de reconstrucción de familias es complicado de aplicar en poblaciones que tienen un elevado número de miembros y en espacios de tiempo dilatados, por lo que hubo que realizar algunas innovaciones. Hemos construido fichas individuales a partir de las partidas de bautismo y matrimonio en las que aparecen los datos referidos al nombre, apellidos, lugar de procedencia, nombres de sus progenitores, etc.… Una vez completada esta información, procedimos al análisis con una base de datos relacional y realizando tablas maestras, lo que nos  ha permitido averiguar determinadas cuestiones sin tener que realizar la reconstrucción de familias, que es muy interesante. 

  El matrimonio supone en las sociedades tradicionales el inicio de las relaciones sexuales continuadas en las parejas y, por tanto, se convierte en factor casi exclusivo para la procreación.  Como no hay incidencia de la natalidad ilegítima, establecemos una relación directa entre nupcialidad y natalidad.  

  Por las series parroquiales conocemos el número total de matrimonios que celebraron en Conil de la Frontera entre 1850 y 1900, un total de 2.215 uniones, con una media de 43 uniones anuales. La Tasa Bruta de Nupcialidad (vid.gráfica) es la variable demográfica que relaciona el número total de matrimonios de un año con la población media de ese año.

  El estudio de la nupcialidad y de su evolución en estos años nos permite conocer interesantes datos y aspectos relativos al comportamiento de esta sociedad tradicional conileña en relación con el matrimonio, poniendo de manifiesto la estrecha relación existente entre coyuntura económica y matrimonio, ciclo agrícola y matrimonio, y nos permite conocer también la estructura del mercado matrimonial. Vayamos por partes.

 a) La incidencia de las circunstancias socioeconómicas

  Los matrimonios se producen siempre ligados a las fluctuaciones económicas y sociales porque la nupcialidad es la menos “natural” de las variables que caracterizan un sistema demográfico. El matrimonio no es sólo un acto voluntario por parte de los contrayentes o de alguien por ellos, sino que también se traduce en la creación de una nueva célula del organismo social, una nueva unidad doméstica, la prolongación de un linaje o de una “casa” preexistente.

  Por todo ello, el matrimonio constituye un momento de reproducción de las estructuras sociales y refleja el medio en que viene socialmente organizada y controlada la reproducción biológica de las poblaciones.

  La prueba de la incidencia de las circunstancia sociales y económicas en la realización  de un matrimonio es patente tras los años del cólera, cuando se produce un incremento de la nupcialidad al objeto de recuperar la población diezmada; aunque a veces ocurre, como en 1896-1900, que la nupcialidad aumenta sin que existan factores exógenos conocidos que lo expliquen. 

Fuente: elaboración propia a partir de los datos obtenidos de las Actas de Matrimonios de la Parroquia de Santa Catalina en Conil de la Frontera.

  En toda la centuria, las buenas épocas o años con expectativas y esperanza, los matrimonios crecieron y lo mismo puede decirse de los períodos subsiguientes a algún infortunio; por el contrario, cuando las circunstancias económicas eran malas, descendió el número de matrimonios y se produjo un retraso en la edad de casamiento. En Conil, dada su estructura social, bastaba un pequeño estímulo, como la garantía de un salario mínimo, para adelantar la edad del matrimonio.

  El despegue de la nupcialidad a fines del siglo XIX quizás significa el inicio de un nuevo ciclo expansivo de la población, que tendrá su desarrollo en años posteriores.

  

b) El mercado matrimonial: edad y profesión de los novios

  Para casarse había que estar en el mercado matrimonial. ¿Cómo funcionaba éste en Conil? 

  Los jóvenes andaluces se casaban cuando tenían aproximadamente 27,4 años y las mujeres con 23’4 años. Rowland consideraba temprana esta edad, comparada con lo que ocurría en Bélgica o Suiza. Allí, por término medio, la mujer se casaba con 28 o 29 años, al objeto de poder controlar la natalidad.

  Cuando alguien entra en el mercado matrimonial hay que tener en cuenta la oferta y la demanda. Entre los 20-24 años, la oferta de varones en Conil era escasa; de hecho, los hombres no accedían  al matrimonio con esas edades, y entre los 30-40 años sobraban 15 hombres por cada 100 mujeres. Sin embargo, entre los 25-29 años había el mismo número de hombres que de mujeres, produciéndose en dicha franja de edades la mayor parte de los matrimonios. En otras partes de España, lo normal era la falta de varones en disposición de casarse a esas edades, debido a la emigración, que en Conil no era un problema.  

  ¿Cómo se comportaban las parejas ante el matrimonio teniendo en cuenta la profesión de los novios?. Cuando una mujer se planteaba casarse, el hombre ideal era aquel que estaba en posesión de alguna herencia. Se buscaba a alguien que tenía alguna propiedad, vivía en el pueblo o en el de al lado y tenía entre uno y cinco años  más que ella. De lo contrario la mujer no tendría interés en casarse, al menos en un primer momento. Si había hombres que cumplían estos requisitos, y si la pareja era compatible, entonces el matrimonio era una posibilidad evidente. 

  De los matrimonios estudiados, el 83% se dedicaba a actividades englobadas dentro del sector primario, el 10% a actividades propias del sector secundario y el 7% a actividades terciarias. La edad media de casamiento era de 27 años en los hombres y de 23,7 años en las mujeres, pero los diferentes sectores sociales se comportan de manera distinta ante la nupcialidad. 

  Para un jornalero, cuyo nivel de vida dependía de su propia capacidad física, las edades casaderas no tenían que ser las mismas que para los labradores, por ejemplo. Los jornaleros agrícolas y de mar contraían matrimonio cuando les era posible, pues desde edad temprana podían mantener a su familia con más facilidad y  si nada se lo impedía. 

                                                              "Paisaje” de Manuel Manzorro

   Quienes más pronto accedían al matrimonio eran los ganaderos o propietarios acaudalados, que eran pocos en Conil.  Por el contrario, los  que estaban a la espera de una herencia o los artesanos, que debían aguardar a independizarse del maestro y montar su propio taller, retrasaban la edad del matrimonio a la espera de poder disponer de un mínimo de recursos para afrontarlo. o mismo ocurría con los llamados en las fuentes los hombres “del campo”, pequeños propietarios o arrendatarios, que debían asegurar el mantenimiento de sus pequeñas propiedades antes de contraer matrimonio. 

  En épocas de crisis económica, todos retrasaban la edad de casamiento, salvo los jornaleros, pues los más pobres solo necesitaban la garantía de un mínimo de recursos para casarse  y eran conscientes de que a cierta edad el matrimonio era para ellos una opción cada vez más problemática . 

 

 c) Una sociedad semi-cerrada y regida por el calendario agrícola 

   ¿De dónde procedían los contrayentes?. La gran mayoría procedían de la propia localidad. Los jóvenes tenían buenas razones para contraer matrimonio con personas de su misma localidad o de localidades cercanas a ella, dado que las redes sociales eran locales. Para relacionarse con personas de pueblos cercanos, los chicos y las chicas debían esperar a las fiestas o a conocerse través de relaciones familiares. Los datos confirman la teoría de que Conil no fue nunca, al menos en la época que estudiamos, foco de emigración. En el medio siglo estudiado, en los 2.218 matrimonios celebrados sólo 93 mujeres no eran oriundas de Conil (4,2%). La mayoría eran gaditanas, traídas a Conil justo después de su nacimiento, provenientes de la Casa Cuna gaditana. Por su parte, los novios venidos de fuera fueron un 8,7% del total y la mayoría de ellos procedían también de dicha institución.

  ¿Cuál era el calendario de los enlaces matrimoniales a lo largo del año?. Los meses preferidos eran octubre y noviembre, lo que está directamente relacionado con el calendario agrícola. En septiembre terminaban las labores agrícolas con la recogida de la cosecha y los conileños tenían entonces mayor poder adquisitivo, gracias a la siega del trigo durante los meses de junio, julio y la trilla durante el mes de agosto, o acababan de percibir sus salarios tras la recogida de la uva en Jerez y Chiclana durante el mes de septiembre. Además, durante los meses de octubre y noviembre no se realizaba ninguna labor agrícola importante. El 13,1% del total de todos los matrimonios se realizaban en ese momento. En diciembre, también sin grandes cargas de trabajo agrícola, se formalizan muchos matrimonios (12,7%). 

  Pero los meses del invierno y la primavera son los que menos enlaces registran, pues la mayoría de los jóvenes estaban ocupados en la siembra de sus pequeñas parcelas familiares, en régimen de arrendamiento o propiedad, y había también trabajo en las parcelas de los mayores agricultores de la localidad. A partir de junio y hasta septiembre se producía una recuperación de la nupcialidad, pero en el mes de julio apenas se daban casamientos ya que las personas estaban dedicadas a la siega.

  Tras estudiar la nupcialidad, cabría preguntarse: ¿cuál era el comportamiento de las mujeres conileñas dentro de esos matrimonios?. ¿Eran capaces de decidir cuántos hijos querían tener y cuándo los tendrían? ¿O ese tema es algo que escapaba totalmente a la intencionalidad de una mujer de mediados o finales del siglo XIX?. 

  Sobre estas interesantes cuestiones relativas a la natalidad trataremos en otra ocasión, completando así estas pinceladas sobre el Conil del siglo XIX.


Fuentes y bibliografía

 -Archivo Parroquial de Santa Catalina, Actas matrimoniales, 1850-1900

-Archivo Municipal de Conil (A.H.M.C.F.), Actas Capitulares, años 1850 y 1900.

-A.H.M.C.F, Estadística ganadera, año 1870.

-A.H.M.C.F.: Estadística agrícola, año 1876.

-Informe sobre el estado de las fábricas de la villa de Conil de la Frontera en el año 1876. (documento no consultado en el A.H.M.C.F., facilitado por D. Francisco González Ureba.)

-MARTINEZ MARTÍN, M.: Revolución Liberal y cambio agrario en la alta Andalucía. Granada, 1995.

-SANTOS, A – VELAZQUEZ GAZTELU, F.: Conil de la Frontera. Cádiz, 1988.

-ROWLAND, R.: “Sistemas matrimoniales en la Península Ibérica (siglos XVI-XIX). Una perspectiva regional”.  En: Pérez Moreda, V. – REHER, D.S, EDS.: Demografía histórica en España. Madrid, 1988.

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