MERCABLUM Y LA VÍA HERCÚLEA

   Francisco Javier Guzmán Armario

   Universidad de Cádiz 

  

 

 Numerosos historiadores de la Antigüedad han preconizado tradicionalmente que el mundo antiguo es un universo rural controlado desde los núcleos urbanos. En la ciudad reside el poder político, se elevan los templos, prosperan los mercados estables, bullen las ágoras y los foros con el trajín de la vida cotidiana. Y en todos estos espacios lo público se manifiesta como el estandarte de una sociedad organizada.

   A las ciudades llega la producción del campo, y desde ellas se distribuyen o redistribuyen los productos de primera necesidad, ya sea en forma de donativos  ofrecidos a la población por los potentados, trueque, compra-venta o comercio al por mayor. El protagonismo histórico en la Antigüedad, pues, pertenece a lo urbano.

   Sin embargo, debemos recordar el dato que el eminente historiador británico Keith Hopkins (famoso por aplicar los métodos de la Sociología al estudio de la Historia) nos ha proporcionado recientemente: que el 90% de la población total de aquellos lejanos siglos vive en el campo, dispersa en una miríada de poblados, aldeas y alquerías que, por ejemplo, en los textos grecolatinos, aparecen bajo la denominación de pagi, castellae, turres... Tales núcleos de habitación, por ser rústicos, no tenían por qué hallarse en el interior: perfectamente podían ubicarse en la costa (el mar fue, en el imaginario romano, una prolongación de lo rústico, de lo incivilizado), en cualquier caso siempre enclavados en lugares estratégicos para el control del territorio y la explotación de los recursos.

   Todo lo anterior responde a un patrón de gran éxito en el mundo antiguo: la creación de un sistema jerárquico de asentamientos, en el que el mayor de ellos (civitas, urbs, oppidum) controlaba a los núcleos menores y secundarios (alquerías, poblados), inmersos estos en el mundo rural. Un ejemplo muy claro lo tenemos en nuestra provincia de Cádiz, en el ámbito cultural turdetano inmediatamente anterior a la conquista romana. A principios del siglo II aC., cuando Roma ha vencido a Cartago en la II Guerra Púnica (218-202 aC.) y ha expulsado a los cartagineses de la Península Ibérica, el oppidum de Hasta Regia (en Mesas de Asta, topónimo identificado por algunos autores con la mítica Tartesos), ciudad con 42 hectáreas a intramuros, tenía sometida a una población menor llamada Torre Lascutana: probablemente un recinto campesino fortificado, en las cercanías de la actual Alcalá de los Gazules. Los habitantes de este agrupamiento humano secundario se hallaban en régimen de servidumbre respecto de Hasta, y no poseían la propiedad de la tierra ni eran dueños de sus frutos. O dicho de otra forma: contribuían de forma importante a mantener a los hastenses con sus labores agrícolas y de paso servían de avanzadilla de sus señores a través de las fértiles vegas y fecundos montes que les separaban de ellos.

   La información sobre esta peculiar relación la encontramos en el epígrafe en lengua latina más antiguo que se conserva para la Península Ibérica (hoy día exhibido en el Louvre): el Bronce de Lascuta. En este documento militar se expone que: 

“El general Lucio Emilio, hijo de Lucio, imperator, decretó que de los siervos de Hasta, aquellos que habitasen en la Torre Lascutana sean libres, y mando que también pudieran tener y poseer la tierra que en aquel tiempo poseyesen, mientras el Senado y el Pueblo romano lo quisieran...” 

   Estamos en el año 189 aC. Un lustro antes Roma ha tenido que afrontar una rebelión generalizada de las ciudades ibéricas sometidas, en las que los núcleos turdetanos (Hasta Regia, Carmo) han jugado un papel director. Dicho epígrafe, pues, sanciona el castigo que le corresponde al perdedor: arrebatarle su territorio y el dominio sobre las aldeas y emplazamientos rústicos que la proveen de recursos.

   La ciudad, ya nos lo recuerdan Cicerón o Vitrubio, es el soporte de la civilización. Pero no todo era ciudad en la época antigua. Si consideramos que una población de unos 10.000 habitantes (Itálica en tiempos de Adriano, Pompeya en sus mejores momentos) ya podía ser considerada, entonces, como una localidad relevante, igualmente hay que señalar que el hábitat disperso agrupaba a millones de personas en el Imperio Romano. Es la no-ciudad, que ha destacado el profesor Cristóbal González Román.

   Es decir, de la misma forma que la gente vivía en ciudades a la romana, como esa joya arqueológica llamada Baelo Claudia, verdadero privilegio para los gaditanos del presente, también habitaba en aldeas, cortijos, poblados de mayor o menor tamaño y granjas... A veces, un sitio destinado al culto (santuarios, lugares sagrados), o un emplazamiento con facultades para que allí se desarrollaran mercados estacionales o permanentes, generaba con el tiempo un resultado urbano o cuasiurbano. En Baelo, que albergó a 2.000 almas aproximadamente, contemplamos los restos de un teatro excesivamente grande para esa población. O sea, que atendía a las necesidades lúdicas de una población extra, tal vez la suma de los temporeros que acudían a trabajar en la pesca del atún y en la elaboración de salazones y de garum más los habitantes rústicos de las aldeas adyacentes.

Puente de Baelo

   Otro ejemplo al respecto puede ser el misterioso Ceret romano, Jerez de la Frontera en la actualidad. Hasta la fecha no se han descubierto estructuras urbanas, ni siquiera arquitectónicas, que nos hablen de que allí existía una ciudad. Las alusiones de autores como Colmuela o Marcial sólo hacen referencia al exitoso cultivo de la vid en la comarca. Sin embargo, algún epígrafe llama nuestra atención sobre la existencia de magistraturas en el contexto de un municipio... ¿Podría tratarse de otro ejemplo más de ese hábitat disperso, aglutinado bajo las formas políticas y culturales romanas?

   Creo que también es el caso de Mercablum, antigua Conil de la Frontera, del que tampoco se ha encontrado lo que llamaríamos “una ciudad”. Los textos clásicos, en cualquier caso, no la mencionan. Pomponio Mela (Chorografia II, 95-96), a mediados del siglo I, nos habla de Carteia, Mellaria, Baelo Claudia, Baesippo, Gades... Plinio el Viejo, muy poco después, anota los mismos nombres en el libro III de su Naturalis Historia (1,3 y 11). Una generación antes, Estrabón, en el libro III de su “Geografía”, no daba noticias positivas al respecto. La única referencia textual a Mercablum es la que aporta el Itinerario Antonio, relación de vías del mundo romano de bien entrado el siglo III, en el que Mercablo es el punto situado a unos 26 kilómetros de Gades en dirección al Estrecho y anterior a Baesippo, presuntamente Barbate. Con toda probabilidad, se trata del actual emplazamiento de Conil, o de algo muy cercano a ésta.

   Hilando todos estos topónimos, la Vía Hercúlea, prolongación costera de la calzada llamada Vía Augusta (que corría paralela por toda la costa levantinas hasta el sureste, en que se desviaba por el Valle del Guadalquivir hacia Gades) por el litoral de las provincias de Cádiz, Málaga, Granada y Almería, daba coherencia a la romanidad de las ciudades y grupos de habitación gaditanas. Mercablo, fuera la Cimbi de posible tradición púnica de la que hablan los textos, ya la Melkart Baelo que señalaba hace años C. Pemán (hipótesis que me parece algo forzada), se hallaba en la ruta del Itinerario precisamente. Lo cual no significa que se ubicara justamente al pie de la calzada. En la trama de caminos pavimentados romanos solían levantarse instalaciones denominadas mutationes y mansiones, destinadas principalmente al servicio del cursus publicus (auténtico poney-express del mundo romano), y que con cierto grado de desarrollo podían llegar a convertirse en ciudades. Al mismo tiempo, el transporte de mercancías y de personas encontraba en estos lugares un marco seguro para el descanso y el avituallamiento. En ese sentido, caminos secundarios podían unir la ruta principal a los hábitat dispersos de los que ya hemos hablado.

   Mercablo era, de seguro, uno de esos puntos de apoyo, tal vez consolidado a los comienzos de la tardorromanidad, nacido a partir de un asentamiento costero-pesquero de tradición púnica, en un sitio privilegiado para la explotación de los recursos del mar.  

   Ya Cintas, en 1949, acuñó el concepto de “paisaje púnico” para designar esa especial distribución de las fundaciones fenicias por la costa, en puntos estratégicos a corta distancia unos de otros (piénsese, por ejemplo, en el litoral norteafricano entre Marruecos y Túnez, o en la franja marítima de las provincias de Málaga, Granada y, en menor medida, Almería). 

                 Denarios de plata

     Quiero decir que entre Gades y la Bahía de Algeciras debía de existir algo parecido, y en este esquema no todos los centros tendrían la misma enjundia. Mercablum pudo haber comenzado (como demuestran algunos vestigios arqueológicos dispersos: vid. una completa relación en el dossier Informe sobre los hallazgos arqueológicos de El Pocito Blanco - Conil de la Frontera (Cádiz)..., citado en la bibliografía) como factoría dedicada a la explotación pesquera y luego, con la extensión de la romanidad y el crecimiento de las comunicaciones terrestres (Vía Hercúlea), haberse convertido en solar para el encuentro de personas con carácter más o menos permanente. 

   A falta de lo que aporte la Arqueología en el futuro, y dado que la única fuente en la que aparece el nombre y su ubicación es el Itinerario (un documento tardío) soy de la opinión de que la etimología del topónimo hay que buscarla en el latín. Y en el latín lo más parecido a ese nombre es el adjetivo mercabilis-e, que significa “venal”, “que se puede comprar”. 

   Es decir, que Mercablo pudo haber sido un hábitat más o menos disperso, vinculado a la Vía Hercúlea, en el se daba un punto de reunión para la venta de los ricos excedentes agropecuarios y pesqueros de la zona: salazones, sal, productos del campo y de los bosques, derivados de la cría del ganado, etc. Todo ello favorecido por las comunicaciones naturales que suponían el río Salado y los esteros y marismas que ya nos menciona Estrabón. 

Yacimiento arqueológico de El Pocito Blanco

   La cercanía de la imponente Vía Hercúlea, con el tránsito de bienes y personas que implicada y, sobre todo, con las vinculaciones que creaba con otras civitates, habría favorecido un aumento de la población en alquerías y villae que, tomadas en su conjunto, creo que han de ser agrupadas bajo esa genérica denominación de Mercablum.

   Esto, que no deja de ser una hipótesis hasta que la disciplina arqueológica lo confirme, sirve de razonada explicación al hecho de que, con el tiempo, aquí surja una verdadera ciudad.

  El yacimiento de la villa de Pocito Blanco, que afloró a la luz en 2004, tendrá mucho que decir al respecto. Y con él todos los descubrimientos que en el futuro, sin duda alguna, iluminarán el pasado romano de Conil. Bien que de momento tenemos lo que tenemos: y todo ello apunta a un agrupamiento de personas que, sin constituir un núcleo urbano, nos ha dejado su eco desde aquellos lejanos días.

 


Bibliografía

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-Chic García, G. “Economía y ciudades de la Bética”, Andalucía en la Historia 14, Septiembre de 2006, pp. 17-21.

-Chic García, G., “Urbs, polis, civitas”, en Los orígenes de la ciudad en el noroeste hispánico, Lugo  1999, pp. 145-170.

-González Román, C., Padilla Arroba, A., Estudios sobre las ciudades de la Bética, Granada 2002.

-Grimal, P., Las ciudades romanas, Barcelona 1991.

-Hopkins, K. “Rome, taxes, rents and trade”, Kodai. Journal of Anciente History (1995-1996 [1997], pp. 41-75.

-Informe sobre los hallazgos arqueológicos de El Pocito Blanco - Conil de la Frontera (Cádiz),  Suplemento al Boletín nº 4 de La Laja, Amigos del Patrimonio Natural y Cultural de Conil, www.lalaja.org/publicaciones.html.

-Lagóstena Barrios,L.La producción de salsas y conservas de pescado en la Hispania romana (sg. II aC.-VI dC.),Barcelona 2001.

-Pemán, C., “Los topónimos del extremo sur de España”, Archivo Español de Arqueología XXVI (1953), pp. 101-112.

-Roldán Hervas, J.M., Itineraria hispana : fuentes antiguas para el estudio de las vías romanas en la Península Ibérica, Valladolid 1975.

-Sillières, P. Baelo Claudia. Una ciudad romana de la Bética, Madrid 1997.

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