CONIL EN VÍSPERAS DE LA BATALLA DE TRAFALGAR  (2)

  Antonio Santos García

  Historiador  y Profesor de Secundaria

3.- SOCIEDAD, CULTURA Y CONFLICTOS

  3.1.- Composición social.- La sociedad del Antiguo Régimen era una sociedad de privilegios. La nobleza y el clero gozaban de un estatuto jurídico que los distinguía con claridad de la gran masa de la población. Aparte de la desigualdad legal estaba la económica.  El Vecindario (1778) señala que en Conil sólo 138 vecinos (14%) eran poseedores de bienes raíces y de ellos sólo 51 (6%) tenían un caudal superior a los 2.000 ducados (entre ellos 11 eclesiásticos seculares).  Entre los mayores hacendados figuraban sin duda los que detentaban el poder municipal, labradores y ganaderos, algunos comerciantes, maestros artesanos y profesionales. La gran mayoría, 855 vecinos (86%), eran artesanos carentes de bienes y, sobre todo, jornaleros pobres “cargados de familia, que sólo tienen ocupación precaria a temporada, y el resto del año (como) perecen con ella por falta de exercicio, se promueven a buscarlo en otros Pueblos aun abandonando sus obligaciones forzados de la necesidad”.  La situación era similar en Vejer, pero el contraste social se suavizaba en las restantes poblaciones del Ducado, especialmente en la próspera Chiclana de fines del XVIII.

Dice Rojas que en Conil “no hay Noble ninguno”. Desde luego no existía nobleza titulada, pues el Señor de la villa, el Duque de Medina Sidonia (los Álvarez de Toledo, marqueses de Villafranca, suceden a los Guzmanes desde 1779), residía en Madrid; pero tampoco había hidalgos. Esto no había sido siempre así: el Censo de Aranda da 6 hidalgos en 1768 para Conil, y el de Floridablanca 2 en 1787. Estamos, pues, ante una sociedad “plebeya”, en la línea de Chiclana (que reduce su número de hidalgos de 71 a 13) y opuesta a Vejer (que los incrementa de 23 a 43, en las mismas fechas).

El DUQUE era el señor jurisdiccional de la villa, pero en Conil tenía pocas propiedades. Desde luego no era el mayor hacendado del término y en 1770 sólo poseía 11 piezas de tierra de sembradura (180 fanegas y 52 aranzadas) y un pequeño pinar, pero cobraba “terrazgos” sobre “las tierras vagas que poseen en reconocimiento del dominio que sobre todas las del término tiene la Casa de Su Excelencia”. Los conileños no estaban muy de acuerdo con ello, lo que fue causa de conflicto entre el Señor y el vecindario. En 1770 las rentas ducales en Conil estaban en torno al millón de maravedís, distribuidas así: alcabalas (36%), tierras (19%), pesquería (13%), correduría (13%), diezmo (12%) y otras rentas de menor cuantía (alhóndiga, mesón...). Cabral Chamorro calcula a fines del XVIII en menos de un 5% las tierras del término propiedad del Duque (633 fanegas de tierra ó 353,2 Has), una extensión mucho menor que en Chiclana  (10,9%) y, sobre todo, Vejer (22,5% de las tierras del término).

Escudo de la Casa de Medina Sidonia (Iglesia Parroquial de Santa Catalina)

Los ECLESIÁSTICOS eran el único estamento privilegiado representado en Conil. El clero secular, dependiente de la Parroquia, era el más numeroso y rico. En 1804 había, además del cura párroco, un teniente de cura, 10 sacerdotes (4 beneficiados y 6 “patrimonistas” o capellanes),  un sacristán, 3 monaguillos y 3 sirvientes. A ellos hay que sumar tres dependientes de la Inquisición, uno de ellos sacerdote. El clero regular, perteneciente al Convento de frailes mínimos, estaba disminuyendo y contaba por entonces con 7 sacerdotes, 2 legos y 2 demandantes. 

 EVOLUCIÓN DEL CLERO, CONIL. SIGLO XVIII

año

1755

1767

1778

1787

1804

Clero

Secular

9

18

20

11

13

Regular

17

24

15

15

9

Desconocemos la extensión de las tierras del clero a comienzos del s.XIX, pero sabemos que mediado el XVIII suponían un 12,8% de las tierras catastradas, en torno a un 5% del total del término. La Iglesia parroquial de Santa Catalina tenía tierras de pasto y hazas de cultivo en diferentes partes del término (Cabeza Rubia, Vega Agofinado, Cabeza del Ánima, El Cañuelo...) y poseía también propiedades en Vejer. En 1787 había en Conil 60 capellanías. Otros ingresos eran diezmos y primicias, limosnas, funciones religiosas... Por su parte, el Convento poseía la Huerta del Jardal, tierras en Barreros, Paneta y Bujeos Preciado, la Huerta de los frailes junto al convento y una viña junto al río, además de numerosos censos sobre fincas rústicas y urbanas. Desconocemos cómo pudo haber afectado a Conil la desamortización de Godoy (1798), sobre las obras pías, pero Rojas apunta que en 1804 había “seis casas arruinadas pertenecientes a vínculos y capellanías”. La Iglesia había iniciado su decadencia económica, debido a las urgencias de la Hacienda, en época de guerras, pero a mediados del XIX existían todavía tierras de beneficencia, capellanías y patronato.

 Los LABRADORES RICOS eran, sin duda, la élite social de Conil. El Censo de Floridablanca (1787) da la cifra de 42 labradores. Aunque el concepto no aparece definido, debemos entender por tales a aquellos que no tenían que vender su trabajo, es decir, ganaderos con importantes rebaños o campesinos acomodados, dueños de instrumentos de labranza, animales de tiro y labor, que trabajaban sus propias tierras o arrendaban las del Cabildo, la Iglesia o el Duque. Rojas dice que en Conil había 46 PELANTRINES Y PEGUJALEROS (pequeños propietarios), pero nada dice de los labradores “ricos”, detentadores del poder municipal (los Amar, Lobatón, Palomino, Borrego, Calderón...), con mayor nivel de renta que los pelantrines, a los que Rojas sólo alude de pasada al hablar de los viñedos o la ganadería. “El dueño de 50 bueyes  –dice Rojas- labra por su tanto el pejugal del que no tiene buey ninguno”.

 Mercaderes, profesionales, tenderos, maestros de oficios  y algunos “matriculados” completaban la débil “clase media” del pueblo. Rojas habla de 4 MERCADERES, “que venden el paño y estameña de Grazalema, que es lo que se viste en el Pueblo”  y cita a 6 PROFESIONALES: un abogado, 2 escribanos, un médico, un boticario y un maestro. Entre los OFICIOS urbanos enumera: 6 albañiles, 2 herreros, 3 barberos, 2 carpinteros, 6 zapateros, un cantero, un yesero, un maestro sastre y un herrador-albeitar. También 6 TENDEROS de comestibles, que quizás fueran algunos más (el Catastro da 41, entre medianos y pequeños: alimentación, taberneros, mercería). Tampoco dice nada de  alfareros, esparteros, toneleros o maestros de oficios urbanos “matriculados (carpinteros de ribera y calafates). Los dueños de embarcaciones de pesca (jábegas, sobre todo), deben incluirse también en este grupo, cuyo  número total estaría en torno a los 60 vecinos o poco más, como a mediados del siglo XVIII.

 La gran mayoría de la población estaba integrada por BRACEROS, que según Rojas eran 753 (75% de los vecinos). Se trata sin duda de los jornaleros y artesanos sin bienes raíces del Vecindario, pero el concepto de “braceros” no deja de ser un cajón de sastre, pues incluiría no sólo a los jornaleros agrícolas, sino a los artesanos no propietarios (oficiales y aprendices), así como a cabreros, pastores, carboneros, pescadores no matriculados, mesoneros, etc. Sin duda, entre los 753 braceros la gran mayoría debe ser incluida en el sector agropecuario. De ellos dice Rojas que trabajan algunas temporadas en pueblos vecinos y se reúnen por las mañanas en la Puerta de la Villa, adonde va a buscarlos quien los necesita. Sólo salen algunos segadores... Todo cultivo es muy costoso por el precio de los jornales, que en la cava es de 12 reales, en la siega 20 a 30 y en la escanda y vendimia 8 reales”.

 La primacía del sector primario es clara, y dentro de dicho sector deben incluirse también a los PESCADORES. Rojas dice que en Conil había 100 matriculados muy pobres. Su número había descendido en los últimos años, como vimos más arriba, debido a las guerras marítimas de fines del XVIII, pues estaban obligados a servir en la Marina de Guerra. Muchos eran pescadores, unos dueños de embarcaciones (jábegas y pequeños botes) y la mayoría simples marineros matriculados no propietarios, pero también braceros que se empleaban de modo ocasional o permanente en el tiro de las jábegas o en la almadraba. Estos pescadores “de playa” no estaban “matriculados”. El conjunto de los pescadores superaba sin duda el 10% de la población trabajadora de Conil por aquellas fechas. Es significativo también el elevado número de ARRIEROS, Rojas dice que eran 100, dedicados al tráfico y acarreo, cuyo número había descendido no obstante en relación con recuentos anteriores.

Quizás no debamos contabilizar como “vecinos” a la GUARDIA COSTERA, que según Rojas, estaba integrada por 12 hombres a caballo, dirigidos por un Visitador y un Teniente, que defendían la costa contra “el contrabando que suelen introducir por el Cabo de Roche”. Rojas da también la cifra de 10 CRIADAS (esposas o jóvenes casaderas), que tampoco deben contabilizar entre los vecinos o cabezas de familia. 

Para terminar, hay que hablar de los GRUPOS MARGINALES: ancianas pobres (44), mendigos (16) y niños expósitos (12). Había 32 ancianas alojadas en la Misericordia “bajo el cuidado de un Capellán y Administradora”, y otras 12 en el Hospicio viejo. A ellas habría que sumar los 6 pordioseros y 10 pordioseras, además de los que “en tiempo de Almadraba piden limosna”. Había finalmente 12 expósitos alojados en la Casa Cuna, dependiente de Cádiz, custodiados por una Administradora. Estos niños (abandonados por familias pobres o por ilegítimos), procedían de Conil y otros pueblos del entorno (Vejer, Tarifa), y una vez criados, dice Rojas, “se quedan casi todos en el Pueblo, de que resulta que la mitad de su vecindario es de esa gente que llaman hijos de cuna”, lo que parece una exageración. Rojas habla también de 3 gitanos. 

  3.2.- Cultura y mentalidades.- Como hombre ilustrado y observador, Rojas toma nota de usos y costumbres, critica vicios y prejuicios, y retrata el carácter de las gentes y hasta su aspecto físico. La RELIGIÓN era en Conil, como en tantos pueblos, un factor decisivo en el modo de entender el mundo y en la conformación de las mentalidades. Dice Rojas que “su superstición es suma. Nadie falta a la Iglesia en el día de fiesta y pasan en ella casi el día entero, las mujeres suelen dar muchos alaridos cuando el Predicador les cuenta la historia menos autenticada”. Los cantos de los niños, e incluso de los mayores, “son casi todos sagrados y abundan en las conversaciones las expresiones religiosas”. La caridad cristiana tenía su manifestación más clara en la beneficencia (Hospicios, Casa de expósitos), capellanías, donaciones y limosnas. De la Virgen de las Virtudes dice que “atrae la devoción de muchos naturales y comarcanos”.

Retablo de la Virgen de Guadalupe (Ermita de Jesús Nazareno)

La EDUCACIÓN era deficiente y se limitaba a satisfacer los mínimos rudimentos a los niños e incidir en los temas y cuestiones relacionados con la religión. Había sólo una Escuela de primeras letras con un Maestro y 120 niños, “que costean con su contribución la enseñanza”. No había Escuela para niñas. La enseñanza secundaria era mucho más limitada: un Estudio de Gramática, cuyos estudiantes habían descendido de 15 a 9 al reducirse el número de frailes. 

Sobre el CARÁCTER dice Rojas que los naturales –como en todo el Reino de Sevilla- “son sumamente habladores, exageradores, embusteros e inconsiguientes en dichos y hechos; se alaban de haber engañado, sin embargo se dice que son laboriosos y bastante ladrones”. Dice también que los “conileros” son muy dados a la embriaguez, y aunque son gente zafia y haragana, es muy raro el robo a la fuerza. 

Sobre las COSTUMBRES señala que en Conil está muy mal visto que un hombre vaya por la calle cargado de espuerta ni otra cosa, aunque sea propia; esta bajeza sólo se permite al vil oficio de posadero. Las mujeres van a comprar a la plaza y los muchachos llevan los mandados o la hierba para las bestias, pues no está bien visto que la lleve un hombre. Es también muy mal visto que se hable a una mujer en la calle, a no ser muy conocida. De las MUJERES dice que son muy holgazanas y enamoradas, y que las hay “sumamente feas y ninguna muy bonita, aunque haya algunas muy tolerables”, viéndose mejores caras entre las niñas de 10 años que en las jóvenes de 15-20. Sobre los hombres dice que son en general bien formados y de buena estatura. Se mencionan FIESTAS donde se torea al toro Padre (semental). Sobre los JUEGOS dice que los hombres juegan a veces a los naipes y que los niños juegan mucho al “columpio” (a la comba), saltando con la cuerda.

  3.3.- Los inicios de la lucha antiseñorial.- La autoridad ducal estaba representada en Conil por el Corregidor, que gobernaba el cabildo o Ayuntamiento, integrado por 2 alcaldes, 4 regidores y un síndico procurador, “puestos por el Duque” (nombramiento anual), y un síndico personero y 2 diputados del abasto “puestos por el común” (elegidos por los vecinos acomodados desde 1766). Había también dos o 3 alguaciles. Un comandante de Marina y Matrícula, teniente de navío, “juzga las causas marítimas”, es decir, lo relativo a los matriculados. Había además 2 recaudadores de rentas reales y un fiel, para las rentas del Duque.

La Casa de Medina Sidonia “nombra Corregidor de esta villa y cobra contribución de ella, aunque se dice que no tiene títulos ningunos sobre ella. Los vecinos serían muy gustosos de que se les quitara toda relación con dicha casa”. Rojas se hace eco en varios pasajes del conflicto entre los vecinos y el Duque, y sobre su origen apunta que en 1764, el Corregidor “introdujo con violencia la contribución de alcabalas sobre cuantas especies se trabajaban y traficaban”  y que el Duque cobra “terrazgo” sobre las tierras repartidas entre los vecinos. Era la época de Don Bartolomé de Arrafán y Valdés, que sucedió a su padre al servicio del Duque en Conil primero como abogado y sucesivamente como subdelegado de Marina, tesorero ducal, teniente de corregidor y alcalde mayor y, por último, como corregidor. Por entonces, los vecinos, reunidos en “Cabildo abierto”  manifestaron unánimemente “que el Duque no tenía nada (...) en el término, ni en la Villa, y que solo gozada la Torre de Guzmán, casa chanca y libre pesca de los atunes...”, aunque pretendía “adquirir de esta Población un título de Señor territorial, que no tenía...”.

El PROBLEMA DE LA TIERRA se agudizó durante los años 50 al 70, agravado en Conil por la escasez de su término. Para combatir la falta de tierras se recurría, en malas épocas, al expediente provisional de partir baldíos para luchar contra el hambre. Con el incremento de la población de mediados del siglo XVIII el “hambre de tierras” se hace notar. Dice el Vecindario (1778): “por abundar el número de ladradores y no permitir el terreno en su corto número de tierras el surtimiento de todos, aún ayudándose muchos con las tierras del término de la villa de Vejer, a donde tienen sus labores, obliga a que en el cultivo de las tierras no se guarde el orden ni hueco relacionado... que están dos y tres años consecutivamente sembrándose de grano de trigo”, alternado a veces con cebada, en detrimento del rendimiento. El cabildo de Conil llegó a sugerir al Duque que segregara de Vejer desde el cerro Patría, para darlo a Conil.  

Desde la crisis de 1766 (motines agrícolas en toda España) los repartos de tierras se fueron consolidando sobre Propios, Comunales y Baldíos. El Duque, aprovechando la coyuntura, quiso incrementar sus rentas en Conil y, argumentando su dominio territorial, inició una política de repartos sobre baldíos, cuya titularidad reivindicaban también los Vecinos, cuando no la Monarquía. Estos repartos de tierras a censo (terrazgos) fueron denunciados por el Síndico personero, que terminó acatando la autoridad ducal. La lucha fue continuada por el medico titular de la villa, Juan Verón, que consideraba libres de “terrazgo” las tierras repartidas, como “concejiles”. El representante ducal Don Bartolomé Arrafán, lo encarceló durante un tiempo bajo la acusación de “conjurar contra la autoridad, soliviantar al pueblo y provocar desórdenes públicos”. La pugna no terminó hasta la muerte de ambos en 1885-86, pero el problema debió continuar, a juzgar por la animadversión de los conileños hacia el duque, que refleja Rojas en sus comentarios. En las Actas Capitulares de 1813 puede leerse: “en este término hay muchas Haciendas, rompidas y cercadas de algunos años acá, las unas en terrenos concedidos por el Señor Duque de Medina Sidonia bajo cierta percepción o canon anual pagadero al mismo y las otras en terrenos que se han apropiado vecinos pobres, que en la actualidad se hallan con algunas poblaciones de viñas”. El duque repartía, pero pelantrines y braceros roturaban también tierras por su cuenta, movidos por la necesidad.  

Casa del Corregidor, siglo XVIII

A consecuencia de la Real Provisión de 1770 y órdenes posteriores, fueron también repartiéndose diversas suertes de tierras a labradores y a algunos braceros. Según datos del Fondo de Propios y Arbitrios de 1813, a comienzos del XIX había 77 cuartillos de 8 aranzadas repartidos, a favor del caudal de Propios: 

FONDO DE PROPIOS Y ARBITRIOS, 1813: CUARTILLOS REPARTIDOS EN ARANZADAS

SITIO

Cuartillos arbitrados de 8 aranzadas

Rendimiento anual reales

Vega de la Dehesa Boyal

33

1.896

Torno de la........

6

340

Salero

2

 92

Marcos Caña

6

260

Arroyo Olvera

5

220

El Pradillo

3

110

El Lantiscal

3

160

Cañada del Taraje

19

300

Total...

77 cu. = 616 aranzadas

3.378 reales

 La expansión del viñedo de fines del XVIII e inicios del XIX debe ponerse en conexión con estos repartos de tierras, que crearon algunos nuevos pelantrines entre los braceros, y sobre todo fueron configurando poco a poco la propiedad de los ladradores, que serían a la postre sus auténticos beneficiarios.

 Consecuencia de los repartos fue también una importante disminución de las tierras de pasto, sobre todo en la Dehesa de la Villa, donde “por poniente están las fincas pegando con el pueblo y que han sido sembradas de dicha dehesa boyal hasta reducirla a una corta porción de terreno para formar cercados y plantar viñas, por manera que el mayor número de los vecinos braceros tienen en aquella parte sus haciendas. Por levante tampoco hay terreno, por la proximidad de la campiña de labor y de la mar”. El Ayuntamiento constitucional de 1820 informaba que no debían repartirse más tierras en la Dehesa de la Villa ni el Lanchar: en la primera por su cortedad (200-250 aranzadas amojonadas), que sirve para descansadero o dormida del ganado de labor (y) la mucha arriería”, ni en el Lanchar, por ser “terreno montuoso e incultivable”, en donde se recogían los ganados que pastaban en aquel partido.

 En todo caso, el “hambre de tierras” no fue ni con mucho saciada. Pero como dicen los autores que han estudiado el tema, los limitados repartos del XVIII sirvieron para despertar las conciencias, en vísperas de la revolución liberal, que terminó de poner sobre la mesa el problema de la tierra durante la primera mitad del XIX.

 El CONFLICTO PESQUERO tiene su origen, como el de la tierra, en la etapa de expansión demográfica de los 60. Sus causas eran el impuesto del 8% con que el Señor gravaba la primera venta del pescado, y el monopolio ducal sobre las almadrabas, con las prohibiciones que ello generaba. Desde 1769, que sepamos, los patrones de jábegas se negaban a pagar la alcabala del 8% al Duque, para lo que volverán a ser requeridos en 1787. La intervención del Tribunal de Marina en el conflicto nos permite conocer las razones de los pescadores. Según 13 matriculados de Conil, armadores de jábegas y palangres, dicha alcabala no consta en los “privilegios inmemoriales” que esgrimía el Marqués de Villafranca (y Duque de Medina Sidonia) y concluida la temporada almadrabera la pesca de todo género de artes era libre en Conil, “sin contribución alguna a Su Excelencia” . Una real Orden de 1802, en vísperas de Trafalgar, vino a dar la razón a los pescadores, a los que se liberó de esta gabela.   

Barca de jábega de Conil (colección Antonio Cifuentes)

Sí reconocían que el Marqués tenía el privilegio exclusivo de la pesca del atún en Conil y que en temporada estaba prohibida toda la pesca de redes, lazos y garfios, permitiéndose sólo la pesca de “cordel y anzuelo por sotavento de la Almadraba”, pero argumentaban que pescar en Barbate, a tres leguas de la Almadraba, no podía perjudicar al Marqués. A pesar del fallo contrario a los pescadores, el intendente de Marina de Cádiz, Gutiérrez Rubalcava, consideraba absurdo que no pudiesen pescar los matriculados en ningún punto de la costa, para no perjudicar las tres almadrabas (Conil, Zahara y Tarifa) que calaba el Marqués en Cádiz. Y es que el Duque exigía que iniciada la temporada, parasen todas las artes de pesca de Conil, lo que obligaba de hecho a los matriculados a enrolarse en la Almadraba del Duque, para poder subsistir.

 Otro motivo de conflicto entre los pescadores y el Duque fue la introducción de las almadrabas de buche. Éstas se calaron por primera vez en Río Terrón o Tuta (Huelva) desde los años 40, y durante la segunda mitad del XVIII hubo diversas tentativas ducales para introducirlas también en Zahara y Conil. Las almadrabas de buche  pescaban más y necesitaban mucho menos personal, que venía principalmente de  Levante, lo que llegará a provocar en Conil una rebelión abierta de los pescadores. Éstos también se quejaban de que el Duque empleaba en ellas a personal no matriculado, lo que iba contra la ley. En 1806, un año después de Trafalgar, el Marqués cala por vez primera una almadraba de buche en Conil, a sotavento de la de tiro, sin éxito. El problema traerá cola durante toda la primera mitad del siglo XIX.

EPÍLOGO

En este ambiente socialmente crispado se produce frente a las costas de Conil la Batalla de Trafalgar. En su Historia de Cádiz y su provincia (1858), Adolfo de Castro la describe así: “Seis horas duró la aterradora lucha, entre el furor de las olas y de los vientos, empezando a la altura del Cabo de Trafalgar, y viniendo a fenecer a ocho millas de la ciudad de Cádiz”. Los conileños pudieron presenciar sin duda aquella memorable batalla en que una escuadra inglesa de 28 navíos, mandada por Nelson, hizo arriar bandera a 18 de los 33 navíos de la combinada franco-española. “La tempestad –sigue Castro- trajo sobre nuestras costas muchos navíos de los vencedores: el Neptune, desmochado y sin palos, sobre la de Conil”, dispersando a otros a lo largo de las costas de la provincia, entre Tarifa y Sanlúcar.

La derrota franco-española tuvo graves consecuencias para nuestro país, pues supuso el fin de su poderío naval y del estatus de España como potencia. La invasión francesa de 1808 y la sublevación de las colonias americanas culminaron el desastre. Esta sucesión de desgracias tuvo también su contrapunto: la abolición de los Señoríos,  decretada por la Cortes de Cádiz en 1811. Fue un momento muy esperanzador para Conil, cuyos vecinos inician ahora, con renovado brío, la lucha por la tierra y en defensa de la libertad de pesca.

Cruz de Moreno

FUENTES Y BIBLIOGRAFÍA:

-SIMÓN DE ROJAS CLEMENTE RUBIO (1804-09): Historia natural del Reino de Granada. G.B.G. Editora, Almería-Barcelona, 2002, con pp. 101-115 y 739-742 referidas a Conil de la Frontera.

-ARCHIVO DUCAL DE MEDINA SIDONIA: Vecindario y Caudales de los pueblos del Estado de Medina Sidonia, año 1778, leg. 694

-ARCHIVO MUNICIPAL DE CONIL: Libros de Actas Capitulares, años 1813 y 1820

-ARCHIVO PARROQUIAL DE SANTA CATALINA: Libros de Bautismos y Defunciones, 1800-1820.

-SANTOS GARCÍA, A. y VELÁZQUEZ-GAZTELU, F. (1988): Conil de la Frontera. Diputación de Cádiz.

-SANTOS GARCÍA, Antonio: “La pesca de jábegas en Conil, 1688-1800”, Boletín La Laja nº 2, (2003); y “El Convento de Nuestra Señora de Las Virtudes”, Bol. La Laja nº 4 (2004).

-BOHÓRQUEZ JIMÉNEZ, Domingo (1999): El Ducado de Medina Sidonia en la Edad Moderna. Ayuntamiento de Chiclana, Unicaja y Diputación de Cádiz.

-BUSTOS RODRÍGUEZ  M. y otros (1990): “La población en la provincia de Cádiz, siglos XVII y XVIII”, Trocadero nº 2, Universidad de Cádiz.

-GONZÁLEZ UREBA, Francisco (2000): “Juan Verón, médico de Conil”, Boletín de la Sociedad Vejeriega de Amigos del País, nº 6.

-CABRAL CHAMORRO, Antonio (1995): Propiedad comunal y repartos de tierras en Cádiz (siglos XV al XIX). Consejo Regulador D.O. Jerez, Diputación y Universidad de Cádiz.

-ANTÓN SOLÉ, Pablo (1994): La Iglesia gaditana en el siglo XVIII. Universidad de Cádiz.

-PONSOT, Pierre (1986): Atlas de Historia Económica de la Baja Andalucía (siglos XVI-XIX). Editoriales Andaluzas Unidas.

-SAÑEZ REGUART, Antonio (1791): Diccionario Histórico de los Artes de la Pesca Nacional, reeditado por el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación.

-GONZÁLEZ BELTRÁN, J. Manuel (1991): Reformismo y administración local en la provincia de Cádiz durante el reinado de Carlos III, Caja de Ahorros de Jerez.

cerrar