EDITORIAL 6

   Carlos Mougán Rivero

   Profesor Universidad de Cádiz

 

¿ A QUIÉN REPRESENTA LA LAJA?

Nuestro eximio munícipe y concejal de urbanismo ha declarado en público en más de una ocasión que no tiene necesidad de responder a las críticas y posiciones de la asociación La Laja, y a quienes están al frente de la misma, puesto que carecen de representatividad alguna. Si fuera un punto de vista particular suyo, y no fuera expresado en tanto que representante municipal, el asunto carecería de relevancia. Dado que no es así, y que por otro lado es una opinión que hemos tenido que escuchar de algunas otras personas, parece necesario poner de manifiesto el papel democrático que juega una asociación cuyo objetivo es la defensa del patrimonio natural y cultural, en este caso de Conil.

 Conviene conceder, como punto de partida, que, efectivamente, en democracia como régimen de las mayorías que es, gobierna quien ha decidido el mayor número de ciudadanos. De manera que es cierto que las políticas que decide quien ha obtenido el respaldo mayoritario en las urnas tienen, en principio, toda la legitimidad. Pero, y esta es la cuestión, la democracia, pese a lo que algunos desearían, no es sólo esto y se deberían tener en cuenta algunas cosas.

 En primer lugar, y como algunos han señalado, la  calidad de la democracia no se distingue tanto porque hace lo que la mayoría estima cuanto por la manera en que trata a las minorías y, en especial, a las minorías que disienten de la opinión mayoritaria basándose en principios democráticos. Los ecologistas y los defensores del patrimonio artístico, a diferencia de grupos racistas o fundamentalistas, apelan a los principios de libertad e igualdad que están en el origen de la democracia. La democracia tiene que ser sensible a los argumentos y reivindicaciones de los grupos minoritarios, no para darles necesariamente la razón, sino para que sientan que sus opiniones y puntos de vista, pese a ser minoritarios, no son marginados ni oprimidos. La calidad de la democracia depende de la manera en que se sientan tratados los discrepantes. Allí donde las discrepancias son ignoradas, silenciadas y humilladas, podemos decir que no hay verdadera democracia. Apelar a que alguien no se ha presentado a las urnas, o no ha tenido suficientes votos, para descalificarlos e ignorar sus argumentos dice bastante poco de la calidad democrática de nuestro municipio.

 Y esto tiene que ver con la segunda cuestión. La calidad de la democracia depende no sólo de cuantos votos se obtienen sino de que esos votos se hayan conseguido basándose en proyectos argumentados y razonados. Si se consiguen votos como producto del miedo, el chantaje, y sobre todo de la ignorancia se podrá conseguir el poder pero no habría democracia. Si los políticos quieren escapar de la imagen popular que pesa sobre ellos de ser personas que se arriman al poder sólo por el beneficio propio, deben procurar mostrar lo acertado y razonable de su posición. Entre ganar elecciones y conseguir vender un producto en un supermercado debe haber diferencias. Y una de ellas es que el político democrático debe mostrar la superioridad de sus puntos de vista, y convencer de que defiende más el interés de todos que cualquiera otra perspectiva. Por eso se ha dicho, con razón, que la libertad de opinión exigiría que, si nadie tiene puntos de vista alternativos, habría que inventárselos y fingirlos para así poder mostrar que lo defendemos es lo adecuado. De ahí que, no sólo es que La Laja y sus argumentos, que representan un punto de vista alternativo, deben ser escuchados, es que si no existieran alguien debería fingirlos para mostrar por qué, según la mayoría que representa Izquierda Unida, no deben ser atendidos. 

Pero si queremos que la democracia sea real no debe limitarse al voto cada cuatro años. Debería darse la bienvenida en democracia a todas aquellas personas que defienden un interés que se pretende general y común para todos. Parece lógicamente absurdo que un político emplee su tiempo en atender a empresarios que buscan sólo su interés personal y el beneficio económico y no atienda a los argumentos de quienes se preocupan por intereses públicos. De sobras es conocido que una democracia es poderosa cuando sus ciudadanos se interesan y participan en los asuntos públicos. Cuantas más asociaciones y más organizaciones sociales tanto mejor, tanta más garantía de que no estamos a merced de unos pocos sino que somos los ciudadanos los que decidimos. Por eso los demócratas deben alegrarse de la existencia de asociaciones, tanto más de una que defienda intereses que son claramente públicos.

Más aún, la democracia tampoco es sólo el juego de las mayorías y las minorías. La democracia es un régimen político que defiende la consecución de determinados bienes. A lo largo de su reciente historia la democracia ha ido evolucionando hasta sostenerse sobre la base de que le corresponde la defensa de principios irrenunciables, como la libertad de los individuos, y de objetivos deseables, como una mayor igualdad entre las personas. Pues bien, de entre estos últimos objetivos deseables uno de los últimos que ha incorporado como suyo , y así lo recoge la Constitución, es la defensa del patrimonio natural e histórico. Son bienes que, de puro asumidos, ya no se ponen en cuestión sino que sólo se discute cómo lograrlos. Por más que la mayoría lo desee no se puede atentar en democracia contra la libertad de las personas. Lo mismo ocurre con el patrimonio, no se puede atentar contra él por más beneficioso y rentable que resulta a la mayoría. Claro que una cosa es la teoría y otra la práctica. Por eso una organización que defienda el patrimonio no es una asociación cualquiera. Es singularmente importante y necesaria en democracia por más minoritaria que sea. Como las asociaciones de derechos humanos, de ayuda a los refugiados y todas las que defienden bienes básicos de la democracia merecen un gran respeto más allá de la popularidad que tengan. En el caso de la protección de bienes naturales y culturales (históricos) resulta claro que el avance en democracia significará ir avanzando en la dirección de blindarlos para que ningún partido político, ni ninguna administración, amparándose en supuestos intereses mayoritarios puedan atentar contra ellos. Sin duda, si la democracia avanza en sus niveles de calidad, en el futuro se verá muchas de las actuales decisiones sobre materia urbanística como verdaderos atentados casi irreparables contra el medio natural y cultural. 

Otro rasgo central de la democracia es que debe ser inclusiva e inclusora. Esto significa que es un rasgo importante de la democracia el que la voz de los afectados sea escuchada. Desde este punto de vista cuanto más se integre la opinión e intereses de todos aquellos a los que una medida puede, de una manera u otra afectar, más democrático será un gobierno. Se ha dicho a menudo, y con un fondo de razón, que en las elecciones americanas deberíamos votar todos los habitantes del planeta pues las decisiones que allí se toman afectan, quiérase o no, a todos (¡que se lo pregunten si no a los iraquíes!). Del mismo modo, en el caso de Conil, y frente a lo que algunos piensan que sólo pueden opinar de Conil los de pura cepa (léase no forasteros), debería ser muy importante la voz y la opinión de todos aquellos que nos visitan cuyas actividades y actitudes tanto impacto tienen en la vida del pueblo. Pues bien, ¿puede alguien dudar de que una parte importante de los que nos visitan están interesados y desean  disfrutar del entorno natural y de la singularidad urbanística de Conil? Claro que se podrá alegar que, en realidad, en lo que único que están interesados es en tener alojamiento barato y playa. Pero eso representa una imagen del turista que no se corresponde con la realidad. Por el contrario, lo que es usual es que el que conocía de antaño Conil, se lamente de que el progreso del pueblo se haya convertido al mismo tiempo en dilapidador de una buena parte de sus recursos naturales e históricos.

 Pero, de otra parte, la idea de que la democracia debe ser inclusiva debe extenderse, como muchos señalan ahora, a los futuros habitantes de Conil. También su voz y perspectiva habría que tenerla en cuenta. Se podrá decir que ignoramos cuáles son sus intereses, su ideología y, por tanto, que no sabemos si estarían de acuerdo con nuestro concejal o con La Laja. Pero siendo eso cierto no lo es menos que hay, al menos, dos cosas que si podemos saber. De un lado podemos estar seguros de que sus intereses básicos serán enteramente semejantes a los nuestros. No sabemos qué opinarán de los toros, la seguridad social o la Unión Europea, pero sí podemos asegurar con bastante certeza que desearan  que el aire que respiren sea limpio, que la comida sea saludable, etc., y, de la misma manera, les gustará poder observar un pueblo en el que se han conservado sus señas de identidad, que éstas no han sido sepultadas bajo los intereses económicos y particulares de la generación anterior, y que su entorno natural, su litoral costero y sus bosques han sido preservados. En segundo lugar, hay otra cuestión aún más clara. Si creemos de verdad en la igualdad de ellos, los futuros habitantes de Conil, entonces tienen tanto derecho como nosotros a decidir lo que quieren hacer con el Patrimonio natural y cultural de Conil, y si nosotros destruimos o modificamos de manera irreversible nuestro medio entonces le estamos quitando ese derecho. Si nos imaginamos discutiendo sobre Conil con un habitante de este pueblo dentro de cien años, ¿qué opinaría sobre la construcción de urbanizaciones y hoteles en el borde mismo del litoral, la construcción de casas en el pinar o el “enterramiento” de cualquier testimonio histórico? Si los habitantes futuros de Conil votaran en las elecciones y una asociación que defendiera el patrimonio natural y cultural de Conil concurriera a las mismas, entonces…  Pese a lo irreal de la hipótesis nos dice algo sobre cómo debemos proceder en democracia: “teniendo en cuenta el punto de vista de todos los afectados”.

 En resumen, en democracia, como régimen de mayorías que es, quien es elegido tiene derecho a desarrollar las políticas que estime conveniente. Por ello, tendrán que dar cuenta ante el electorado y ante las otras instancias, especialmente, las de orden jurídico. Pero, la democracia es más que un medio para conseguir el poder y significa mucho más que elegir o ser elegido cada cuatro años. Son esas otras dimensiones de la democracia las que algunos parecen ignorar cuando desprecian a La Laja por tener escasa representatividad. ¡Claro que eso no nos exime de intentar tener más socios en nuestras filas!

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