UN NOMBRE PARA UNA CALLE

  Juan Antonio Gotor de Astorza

 

   No sé que pensar, o si he perdido la capacidad de hacerlo. Sin embargo, confío en el funcionamiento, sino perfecto sí correcto, de mis neuronas y espero que la confusión que hay en mi cabeza tenga que ver más con los “desórdenes” que hay fuera.

 He llegado a la conclusión, una conclusión pesimista, que no negativa, -entonces no estaría donde estoy- de las cosas, los hechos, las causas y sus efectos. Visión que, aunque parezca extraño, me envuelve en un halo de Esperanza y hace que no decaiga.

Con los optimistas el mundo está perdido: “No pasa nada. Todo va bien. Y como el mundo es perfecto.....”, seguirá con sus imperfecciones y por tanto creciéndose en ellas.

Considero que a estas alturas, en estos tiempos, estamos en un punto que al mirar hacia atrás, ventaja que tenemos con respecto a nuestros antepasados, nos encontramos con los conocimientos y la experiencia necesaria para saber a qué podemos optar. Por supuesto el futuro sigue siendo impredecible, pero poseemos la “gracia” de poder  pronosticarlo mejor. Algunos vemos que a este ritmo esto se acaba, aunque otros piensen que siempre fue así y seguirá siéndolo... Están también aquellos que piensan que todo está empezando y por tanto....  ¡Me irrita! Esto me irrita porque es la mirada que lo permite todo. 

Nuevo Hotel Garbí- Costa de La Luz, cuatro plantas en el cielo de Conil 

Hoy por hoy, mi visión pesimista es más nítida que la de hace un lustro, un par de años, que este último verano... Y así, en un viaje relámpago me sitúo en el 2012, año elegido como enseña del “plan estratégico”, el que se tomó como referencia del “principio” de lo que después vendría... en el trece, en el catorce.... y llego a 2020. Y desde mi escondite, idealizado, oculto, secretísimo, ya no digo el lugar donde se refugian los últimos dioses, contemplo una maravillosa puesta de sol.... y mi mirada, -fija en esas bolas de fuego dejadas caer con sutileza tras el faro, en el sol desplomándose en las tardes, muy largas, de Junio sobre la Cala del Aceite- se vuelve borrosa, nostálgica y se siente herida por las luces insultantes del hotel que asoma donde nunca debió situarse... Y me duelen los ojos.... ¿Sólo los ojos?

 Entonces siento la necesidad de sentirme en donde estoy. Dejo de lamentarme por lo que ya es inevitable y me dispongo a pasear, caminar por la orilla del mar, por la playa que no digo donde está, intentado desconectarme de  la aceleración que el mundo lleva, de sus nuevas tragedias, sus dramas... y decido nutrirme de los sonidos que producen las olas del mar, del silencio que el campo ofrece a mis espaldas, del aroma de las algas y  de la hierba recién mojada. Y pese a mi intento por centrarme en esto y en las alegres anécdotas del día, me bombardean imágenes. ¡Auténticas bombas! Y pienso: ¿Por qué estoy aquí en vez de allí, si aquello lo tenía todo?

 Mi consuelo no es otro que pensar que se hizo lo que se pudo, aunque al final ganaron los de siempre... ¡Y ahí está! Esa  kilométrica playa, que aún conserva su hermosa Torre, restaurada, capaz de soportar otro maremoto y otros quinientos años. Y a sus pies no hay Limoniuns ni Lotus, sino un amplio aparcamiento alquitranado y adornado con “exóticas” palmeras Californianas... Y los montes de Patría y Urdiales se asoman con dificultad. Sus lomas cabecean sobre las formas cúbicas de los hoteles y las tejas de las agrupaciones de viviendas residenciales, circundadas por verdes campos, ¡siempre verdes!, todo el año... ¡Adiós a los contrastes! Campos de juegos hechos para el deleite de unos cuantos... y me asalta la paradoja: ¡Si una de las excusas fue que éramos pocos los usuarios! ¡Que era un lugar desaprovechado! Ahora ya no lo es. El escaso uso de aquella playa se refería a los euros ¡claro! Tal vez jueguen pocos, pero dejan tanto... ¿De qué? ¿A quién?

 Paseo por mi playa situada en un lugar donde el sol y la luz no sirven como argumento para abatirla. Donde existe un horizonte  lejano, dibujado por una perfecta línea recta, frontera entre el cielo y el mar, sin “aspas” que interfieran...  En un mundo de tantas “carencias” es un regalo disfrutar de algo así. Los paraísos naturales han dado paso a aquellos que se enmarcan dentro de un esquema único, “globalizado”. La diferencia entre ellos está en el tipo de calor, seco o húmedo. En la fuerza del viento, huracanado o brisas. En la luz, más o menos intensa, en sus horas... Porque estos pseudoparaísos son siempre lo mismo, da igual estar en Varadero, en el Novo o en Punta Cana... ¡Y cada vez que pienso que se pudo hacer algo! Al menos lo intentamos. Fallaron los políticos como siempre. Ganaron los promotores, como siempre, y perdimos todos...

 No es la nostalgia ñoña del pasto, a veces poblado de ganado. Ni del cambio de estación que jugaba con los verdes y dorados, juegos de colores tan divertidos que bastaba mirar al Prado para elaborar un calendario. No es el aroma de los “Tréboles Carreteros”, ni la visión delirante de los “Lirios Coronados”, ni el vuelo del Aguilucho Cenizo, ni la carrera fugaz de los Chorlitejos, ni el trágico grito de las Gaviotas. Ni siquiera el misterio de aquella “Dama Almadrabera”, centenaria, voluptuosa, sin título para los foráneos. La única sombra esbelta entre miles, millones de metros cuadrados de margaritas, de juncos, de “siemprevivas”... ¡Y bastaba con cruzar el río! ¡Se vendieron hasta los placeres! Una especie de locura colectiva se apoderó de todos y se dejó de razonar, de discernir, de comparar, de apreciar, de considerar... Se olvidó el pasado. Se despreció y subestimó el futuro. El momento tal cual, devastador y compulsivo, como un acto de enajenación mental, se convirtió en el destino único e inequívoco y sucedió como en las mayores catástrofes, en las que poco se salva y de nada ayuda el llanto. Vaticinamos lo que llegaría pero nos acusaron de malos brujos, de forasteros entrometidos, de “listillos” y acomodados...

 Paseo por los circuitos de mi memoria, los más cercanos al alma, si es que la hubiera, donde reside la pena, y recibo la dosis de energía que emana de las aguas de aquel río, el que muere entre rocas y arenas, el que se abre a un mar que está escondido en mi cabeza, en mi mapa, del que no hablo. No quiero especuladores, ni promotores, ni políticos demagogos, ni turistas que buscan de todo, y menos, los que pretenden encontrar lo que dejaron...

 El sotobosque es intenso: lentiscos, helechos, gerguenes, aulagas, tarajes, majuelos... orlan una rivera donde habita un pez  que se esconde. Un escurridizo. Es el hogar de unos escasos. Entre poza y poza hay fango, el fondo tiene un intenso sabor salado, la superficie endulza al enigmático Fartet. Pero no es nadie. Allí no hay nada. Me niego a visitar hoy lo que ya no es. Lo hice cuando lo era, cien veces, mil... ¿Fui el único? ¿Soy el único que se queja por el río Roche?  Y en tanto ir y venir. De tanto viajar a lo que pueden ser mis recuerdos, tengo que frenarme. Y quiero pensar que puedo no lamentarme, que aún se está a tiempo, que todavía es posible pese echar un pulso a los gigantes. Que entre otros está algún político vendido al ladrillo que actúa en pro de unos intereses oscuros y que sigue criterios confusos que sólo dan respuesta a las ansias de tres o cuatro megalómanos, aprovechando la sensibilidad, la “escasez” y la vulnerabilidad de un pueblo al que se tiene hipnotizado con promesas bíblicas. Interesa que así sea para iniciar la destrucción, no sólo del Patrimonio Natural, sino también del Artístico e Histórico, lo que supone acabar con la esencia de una ciudad y por tanto con sus valores después de tantos siglos de historia...

La villa romana del Pocito Blanco

 Y será allá en “El Pocito”, donde la huella de algún romano “despistado” fue barrida, como los brezales de la Cala del Áspero o la vegetación del Puntalejo y de la cornisa de la Fontanilla... Allá, en donde intente sobrevivir en futuras generaciones las vivencias de los “abuelos”, transmitidas en discursos cada vez más alterados y plasmadas en retocadas fotos que esporádicamente salen a la luz para ser expuestas en alguna sala municipal, no sé bajo que lema, si para advertir que nunca  cualquier tiempo pasado fue mejor, y por tanto cualquier actuación es buena, o para seguir manteniendo viva la memoria histórica, tan necesaria para el desarrollo coherente y equilibrado de una Comunidad... Será allá, en El Pocito, donde añoraremos nuestras casas, vendidas o derribadas, y nuestras tierras transformadas en algo que para entonces no querremos... Y culparemos a los de ahora por haber “arruinado” el futuro. Porque no quisieron medir las consecuencias y lo sabían. Desoyeron las voces expertas que se pronunciaban por revitalizar los “cascos viejos”. Las que clamaban moratorias. Ignoraron y subestimaron los principios básicos de sostenibilidad... Crearon  espectativas falsas sobre empleo, basándolo todo en el sector turístico, el más vulnerable. Sujeto a modas, clima, a la estacionalidad, a salarios bajos y a un servilismo que conforme se “crece” hay una mayor resistencia a ejercerlo... Y será allá, desde El Pocito, donde nos sentiremos como prostitutas viejas, como absurdos animales que destruyeron su propio ecosistema. ¿Reivindicaremos entonces las raíces? ¿Nuestras casas? ¿Nuestras tierras? ¿Tendremos derecho y podremos hacerlo? ¿Acusaremos mañana a los de hoy por haber destruido nuestros espacios? ¿Seremos capaces de echarles en cara que pusieron su mandato a la orden del “pelotazo” en detrimento del valor que con los años alcanzarían los sitios, como tales? Limpios, amplios, sencillamente naturales. Tal vez, algún día, en algún pleno, se tome la unánime decisión de sustituir los bustos, arrancar las placas y renombrar las calles... Al menos que no figuren en la historia como héroes locales. 

Y pese a todo, pese a mi visión pesimista de las cosas, gracias a la cual me siento envuelto en una nube de Esperanza, quiero creer que seguiré contemplando la caída de los soles estivales por la Cala del Aceite, serena y desnuda como hasta ahora ha sido… (Pero ya asoman las primeras luces…) Y que subiré los peldaños de Castilnovo para sentirme como un águila siguiendo el rastro de la culebra de Herradura, desde las lomas de Patría hasta los barrones de la gran playa... (Ya se ha dado la luz verde a lo que será el mayor complejo turístico de la provincia, en El Palmar). Y veré a los Fartets convertidos en los duendes del río Roche, como los gnomos lo son de los bosques Noruegos… (Sigue en pie el proyecto de encauzado del río) Y que andaré por las viejas calles del pueblo sintiéndolas como el escenario “vivo” de los hijos de los actuales nietos... (Las viejas calles están llenándose de construcciones nuevas, apartamentos y habitaciones para alquiler…) ¡Entonces Sí!, y habríamos rotulado con  sus nombres calles, parques y avenidas.

 Paseo por la playa que no digo donde está. Intento centrarme en  el sonido de las olas y aspirar el olor intenso de las algas y de la hierba recién mojada del campo a mis espaldas... Las alegres anécdotas del día se frustran por la sucesión de imágenes que caen como bombas... Pero de momento, sobrevivo.

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