Hallazgos arqueológicos de EL POCITO BLANCO - CONIL (CÁDIZ)

   CONTEXTO HISTÓRICO, o lo poco que sabemos sobre la antigüedad de Conil 

  

   Las noticias sobre el Conil pre-cristiano son escasísimas y, en el estado actual de nuestros conocimientos, no podemos hacer sino generalizaciones basadas en hallazgos arqueológicos puntuales, escasos o descontextualizados, y la información que nos suministran las fuentes escritas griegas, romanas o árabes.

   Conil tomó fama  como almadraba de los duques de Medina Sidonia a partir del siglo XV (Documento 1), pero no cabe duda que su término municipal estuvo habitado desde épocas remotísimas pues en toda la comarca de la Janda litoral se han encontrado restos arqueológicos de culturas paleolíticas, neolíticas, calcolíticas o de la edad del bronce. Vamos ya sabiendo algo de la prehistoria de nuestro pueblo, gracias principalmente a los estudios que sobre la “Banda Atlántica gaditana” ha realizado en los últimos años un equipo de investigadores de la Universidad de Cádiz.

   Es muy probable que desde la más remota Antigüedad la zona costera entre Cádiz y el Estrecho de Gibraltar estuviera habitada por pueblos dedicados a actividades agropecuarias, pesqueras, mineras, industriales y/o comerciales. La existencia desde los inicios del primer milenio antes de nuestra era de un foco comercial y colonial como Gadir –la ciudad más antigua del occidente europeo- debió favorecer el nacimiento de algunas factorías próximas a ella, distribuidas a lo largo de la costa atlántica y cuyos nombres, quizás por su poca entidad, no han llegado hasta nosotros.

   Algunos de dichos enclaves tuvieron continuidad bajo el dominio de Cartago, y surgieron otros nuevos. En el periplo de Avieno (s.VI a C.) se dice que más allá de las Columnas de Hércules (Estrecho de Gibraltar) los cartagineses “poseyeron pueblos y ciudades”, y un texto posterior confirma que en la zona existieron gran número de emporios cartagineses (seudo Skylax, s.IV a C.). Hoy conocemos algunos de ellos como Carteia (cerca de Algeciras), Mallaría (cerca de Tarifa), Bailon (Bolonia) y Baisippo (Barbate), dedicados a la agricultura, la búsqueda de metales y a la fabricación del garum. La pesca del atún y otras especies era uno de los negocios principales de los púnicos en la Península. Esto, unido a las salinas, que nunca faltaban en las cercanías de dichos establecimientos, dio origen a una industria de salazones, cuyos productos llegaban hasta la Atenas clásica de los siglos V y IV antes de Cristo.  

 

   ¿Existió también en Conil un enclave púnico dedicado a la pesca y a la industria?. No lo sabemos. Pero las óptimas condiciones geográficas de la zona (buenos fondos para calar almadraba, desembocadura del río Salado, marismas aptas para albergar salinas, que en Conil datan del siglo XVI...) nos inducen a pensar en su posibilidad. Pero faltan excavaciones. Hace años se descubrió lo que parecían restos de una necrópolis fenicia en la Huerta del Sol (Casa de Postas, Conil), y en el Museo Arqueológico de Cádiz hay una moneda de bronce hallada en Conil (sin especificar el lugar), que tiene en el anverso una cabeza de Hércules y en el reverso dos atunes. Algunos autores antiguos dan por hecho que en Conil hubo una ciudad púnica, llamada Cimbi (Tito Livio), Cimbilis o Cybión (Agustín de Horozco), pero desconocemos su ubicación o la certeza del hecho.

   Dos siglos después de la conquista romana, el geógrafo Estrabón recorrió la Turdetania (sur peninsular), informándonos ampliamente sobre los pobladores y la economía de la zona. Dicho autor habla con amplitud de la riqueza pesquera de sus costas, haciendo especial énfasis en la abundancia de atunes y el desarrollo que había alcanzado la industria conservera. Los productos de la almadraba y otras pesquerías, como el garum, eran muy apreciados en la Roma imperial, que importaba grandes cantidades de salazones y salsas. Estrabón señala que estas costas “tienen sal fósil y muchas corrientes de ríos salados, gracias a lo cual abundan los talleres de salazón del pescado”. Toda la costa suratlántica gaditana está llena de ellos.

   El arqueólogo Michel Ponsich relaciona nada menos que 29 talleres de salazón entre el Estrecho de Gibraltar y Cádiz (Doc. nº 2), así como numerosos lugares de fabricación de ánforas. En las dos relaciones aparece Conil. Dice Ponsich que en el lugar denominado El Prado, en la desembocadura y ribera izquierda del Río Salado, hay un amplio montículo de tierra. Allí ha sido edificado un corral sobre un antiguo yacimiento, del que aparecen en superficie numerosos testimonios, bocas de ánforas Dessel 7/11, ladrillos y tejas romanos. Aparecen también numerosos fragmentos de fallos de horno, de ánforas del tipo Beltrán IIA, localizados en superficie, mezclados con cantidad de fragmentos de galbos de ánforas y de cerámica clásica como la sigillata clara D., confirmando la presencia romana en el siglo I y en los siglos IV y V d. C. Numerosos fragmentos de vértebras fosilizadas de atunes y túnidos, fragmentos de argamasa, conchas de murex, corroboran la presencia de una fábrica de salazón antigua con su propio taller de ánforas (Aceite de oliva y salazones de pescado. Factores geo-económicos de Bética y Tingitania, 1988).

   Según testimonios de los viejos pescadores de Conil, dice Ponsich, el río Salado era navegable hasta varios cientos de metros hacia el interior de la región, comentando que el grabado de Conil de Hoefnagle (s.XVI) nos muestra en ese mismo lugar los trabajos propios de la chanca, con la población y la Torre Atalaya como fondo. Concluye que si los toneles fueran cambiados por ánforas, estaría perfectamente representada la forma de trabajar la salazón de pescado en la Antigüedad (Doc. nº 3).

   En relación con las fuentes latinas hay que decir que ni Mela ni Plinio, escritores del siglo I de nuestra era, nos dan noticia alguna sobre Conil. Pero en el Itinerario de Antonino, guía de caminos de fines del siglo III, se habla de Mercablo o Mergablum, que los estudiosos de la época sitúan en Conil o en sus proximidades. La razón de ello es que este precioso documento indica las distancias expresadas en millas romanas equivalentes a 1.481,5 m, entre las estaciones que corresponden a estas ciudades:

GADES (=Cádiz)      XII (12 millas romanas, es decir, 17,77 km)

AD HERCULEM (=Templo de Hércules-Melkart, en ¿Sancti Petri?) XII (12 millas = 17,77 Km)

MERCABLO (=¿Conil?) XVII (17 millas romanas = 25,18 Km)

BESIPPONE (=¿Barbate?) XII (12 millas romanas = 17,77 Km)

BELONE CLAUDIA (=Bolonia)  Etc...

    A este respecto dice Sillières que la distancia total que separaba a Gades de Baelo Claudia era de 53 millas (78,5 km), lo que es coincidente con la realidad, y que el trazado de la vía (Doc. nº 4) no puede estar muy alejado del litoral (Pierre Sillières: Baelo Claudia, una ciudad romana de la Bética, 1997).

 

 

    A este camino se le llamaba la Vía Heraclea porque conducía al templo de Hércules en Sancti-Petri, importantísimo santuario de la Antigüedad, muy anterior a la dominación romana. César Pemán, en su estudio sobre los topónimos del sur peninsular, dice que Mercablum es el equivalente de “Melcart Baelum”, la Baelo de Melcart (dios púnico al que se asimilará Hércules). Pero ¿dónde está la calzada romana en Conil?. Hace años fue descubierta en su término, no sabemos dónde, una piedra miliaria, hoy desaparecida, con una larga inscripción que era una dedicatoria a Trajano Decio, fechable hacia el 250 de nuestra era. El lugar de su hallazgo sería de vital importancia para localizar el camino romano, pero se desconoce.

    La verdad es que los restos arqueológicos romanos son escasos en Conil, pero no inexistentes. Aparte de los citados más arriba, está la inscripción funeraria, hoy desaparecida, encontrada en 1775 en la viña de D. Francisco García Palomino, a 5 km de Conil (Doc. nº 5). Al parecer, fueron también encontradas en el Majadal de Augusto (Barrio Nuevo) varias monedas romanas, algunas del emperador Probo. Y en el Museo Raíces Conileñas hay dos piezas elaboradas con piedra o roca ostionera que formaban parte de un antiguo molino romano, que pudo ser utilizado para moler azufre, encontradas en una finca próxima a la Mina de Azufre, situada a poco más de 3 km de la población (Doc. nº 6).

 En fin, no faltan hallazgos dispersos, pero debido a la falta de excavaciones arqueológicas nos seguimos moviendo en la indefinición y en la ignorancia. 

    Hay que decir también que una parte de la culpa de esta situación la tiene, sin duda, la incultura. Por testimonios orales sabemos que en la actual villa de Conil y en su término municipal han aparecido en los últimos años numerosos hallazgos casuales, que son sistemáticamente saqueados y ocultados. Es una verdadera lástima que nuestra historia más remota esté siendo expoliada o sepultada unas veces por ignorancia y otras por avidez, con la complicidad o el silencio de la gran mayoría. Es una lástima.

   En febrero de 2004 ha aparecido algo más: una villa romana, al parecer del siglo IV de nuestra era, en las obras de urbanización del “Pocito Blanco”. 

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