LA JUVENTUD CONILEÑA ACTUAL

-COMO CONSECUENCIA DE LA SOCIEDAD CAPITALISTA-

 Rafael Muñoz Brenes

 

 

   Me han encomendado que realice un artículo que aporte una visión de la juventud desde dentro pero debo empezar diciendo que dicha “visión” no dejará de ser más que algo parcial, y sobre todo, muy personal de este tema. A pesar de no poder aportar estudios o datos sicológicos o sociológicos, sí que puedo ofrecer una visión crítica y, basándome en ello, un análisis personal que el lector juzgará si se acerca o no a lo que piensa, deduce o presiente al contemplar la situación actual de la juventud de nuestro pueblo. Si bien, este análisis se restringe a la juventud conileña (la que mejor conozco), los rasgos que la configuran no son exclusivos de ella sino, en buena medida, de todo el conglomerado juvenil de este país (e incluso de la sociedad del denominado “primer mundo”).

   Al contemplar la juventud conileña y sus formas de comportamiento y pensamiento nos encontramos con un panorama a primera vista desolador y muy oscuro aunque matizable. Pero no nos engañemos, todo ello no es más que un reflejo de la precaria y penosa base de la que han partido los jóvenes y de la cruel y sórdida realidad en la que viven. Sin entender el contexto socioeconómico y cultural no podemos comprender la realidad de la juventud actual. Señalamos en primer lugar los elementos de ese contexto:

   El entorno familiar. Es el lugar donde se recibe la primera educación y que puede condicionar muchas de las actitudes/aptitudes de los jóvenes. Dentro de su diversidad, podríamos decir a groso modo que existe una evidente y aplastante diferencia entre la realidad de los padres (educados en una sociedad puritano-católica y moralista, fuertemente autoritaria y represora, como era la dictadura franquista) y la de sus hijos. Estos últimos enmarcados en una sociedad consumista donde aún subsisten con gran fuerza el autoritarismo y la represión, y donde el individualismo egocentrista, el pasotismo, la desideologización y la indiferencia se mezclan con un deseo constante de evasión (también encontramos ya muchos padres que poseen estos elementos inherentes a la sociedad consumista-capitalista actual). Es por ello que existe un abismo de incomprensión mutua entre ambos y, debido a ello, una incomunicación generacional (podemos apreciarlo en lo referente al tema de las drogas, de la “marcha”, del sexo o de las formas de vivir e interpretar la realidad).

   La actitud de los padres hacia sus hijos, a pesar de todo, es diversa. Encontraríamos en sus extremos las posturas más “radicales” desde la permisividad y el pasotismo más escandaloso de los padres hacia sus hijos (permitiéndoles todos los caprichos sin exigir un mínimo de responsabilidad y delegando su educación social en los centros educativos, la televisión o el grupo de amigos) hasta los padres que utilizan una disciplina férrea imponiéndo con autoritarismo y sin diálogo sus ideas, protegiendo a sus hijos de la sociedad en la que van a vivir (seguimiento continuo de sus actos) y, por último, utilizando medios de represión mediante castigos. El pasotismo y la permisividad es lo más común, lo que educa en la irresponsabilidad, el consumismo crónico (otorgar caprichos, dar demasiado dinero a los niños desde los 12-13 años), la falta de respeto a los demás (indisciplina escolar, botellonas, locas carreras en moto o en coche por las calles), es decir, falta de ética y civismo. Las escuelas no pueden dar esa educación ética que falta, ni se dedican a ello. La televisión, de nefata influencia, se convierte por ello en niñera y educadora... Falta por tanto conciencia en los padres, comunicación y capacidad de enseñar valores éticos imprescindibles para vivir en sociedad, como por ejemplo el respeto a los demás.

   La educación y la cultura. Gran parte de la juventud se dedica a estudiar, bien en el instituto del pueblo o en otras ciudades, en centros de formación profesional o la universidad. Los futuros licenciados universitarios están abocados al paro y los técnicos medios condenados a trabajos para los cuales no fueron preparados. Además, la formación profesional –que se propone hoy como la mejor salida- está demasiado especializada y es eminentemente práctica, abandonando toda referencia a la cultura, fabricando electricistas y otros técnicos ignorantes y fácilmente manipulables, atraídos a veces por corrientes ultraderechistas con sentimientos de xenofobia, racismo, egocentrismo... reflejo de su ignorancia (aunque siempre encontraremos al autodidacta, que se ha preocupado en autoformarse leyendo mucho).

   Con respecto a los estudios, secundarios o universitarios, debemos puntualizar el fracaso escandaloso de la pedagogía tradicional por las altas cifras de abandono escolar (llamado fracaso escolar). Los métodos y la configuración de las asignaturas que se imparten responden al viejo modelo de copia, memorización y examen que propician la insolidaridad entre los alumnos (competencia), fuertes tensiones y strees, y el olvido de todo lo memorizado (que sólo vale para aprobar). Y lo más grave, el aburrimiento e indiferencia del alumnado hacía la cultura. A ello contribuyen los profesores (con excepciones), convertidos mayoritariamente en funcionarios acríticos, que repiten las mismas lecciones un año tras otro y que han perdido cualquier interés por formar a los jóvenes. Falta también participación del alumno en los centros educativos, donde cada vez tienen más poder los directores, lo mismo en la universidad que en el instituto, lo que contribuye a crear seres pasivos e irresponsables que delegan en los demás. Todo ello, configura una juventud que, aunque mayoritariamente estudiantil, adolece de una creciente ignorancia.

   El trabajo. Es uno de los factores que más condicionan a la juventud. Conil, otrora un pueblo pescador y de agricultores que convivía con un turismo realmente sostenible, se ha convertido en un pueblo eminentemente turístico donde los sectores más sobresalientes serían la hostelería y la construcción. Ambos son reconocidos en las encuestas y datos como los sectores laborales donde más campea la precariedad y la siniestralidad laboral, que afectan hoy mayoritariamente de la juventud. Un gran porcentaje de los jóvenes conileños trabaja en ellos y sus condiciones laborales (siempre temporales y precarias) más parecen una visión del mundo del trabajo en el siglo XIX: sin contratos o con contratos de mierda (te aseguran cuatro horas pero trabajas entre ocho o diez, no tienes vacaciones y los fines de semana no pagan “porque esos días no se trabaja”...), el despido es libre y el explotador o empresario puede echarte cuando le de la gana (señalando a los que les plantan cara, los menos), por lo que han de aguantar insultos y caprichos sin chistar, y un sinfín de calamidades. Esta penosa realidad lleva ineludiblemente a un embrutecimiento y a una frustración continua por desmotivación, las duras condiciones laborales y falta de perspectivas de futuro.

   La vivienda. Es un problema endémico y crónico que afecta a todo el conglomerado social conileño, pero extensible a todo el país. Sin embargo, en nuestro pueblo se aprecian elementos diferenciadores propios de pueblos pequeños y que cuentan con buenas zonas de costa y playas. Un porcentaje de la población, debido a la tradicional agricultura de minifundio (pequeñas parceles trabajadas por una familia en propiedad y herencia de un pasado no muy lejano y que aún a duras penas subsiste), poseen tierras rústicas fuera del casco urbano (en este el precio de la vivienda se ha multiplicado extraordinariamente en unos años debido a la especulación urbanística que conecta con un turismo salvaje, masivo e insostenible). Ello les posibilitó hacerse aquí su casa, tras mucho trabajar y ahorrar (aunque algunos han aprovechado para construir apartamentos de alquiler y sacar tajada del creciente turismo). Otros, al no poseer esta ventaja han tenido incluso que comprar las parcelas, lo cual les ha supuesto un mayor desembolso económico. Pero la gran mayoría, debido a su precaria situación laboral, familiar y al no poseer tierras en el campo, no pueden acceder a este medio de proveerse de un techo, viéndose obligados a vivir bajo en casa de sus padres con la esperanza de que su suerte cambie, algo que visto los precios de venta y alquiler existentes se antoja un imposible.

   El problema de la vivienda genera en los jóvenes rabia y frustración, por no poder conseguir la ansiada emancipación e independencia, provocando un profundo malestar sobre todo cuando vamos llegando a edades no ya tan juveniles (los datos y encuestas retrasan la edad de emancipación hasta los 25 o 26 años cuando hace 20 años estaba en los 18 o 20, aunque eran otros tiempos).

<juventud conil>

   Naturalmente, el análisis del contexto que hemos realizado no es extensible a todo el conglomerado juvenil, pero sí a buena parte del mismo en Conil. Tras este incompleto análisis de las bases de las que surgen los jóvenes de hoy en día, nos fijaremos ahora en sus características dominantes. Éstas se pueden sintetizar así:

   a) Su diversidad. La juventud es, a pesar de todo, diversa. No debemos olvidar que las generalizaciones -abstracciones necesarias para poder explicar y comprender la realidad- pueden llegar a convertirse en una caricatura. Por ello, las características que vamos a enumerar no tienen por que ser aplicables a toda la juventud conileña pero, indudablemente, las más de las veces somos todos contribuyentes y partícipes de las mismas, en mayor o en menor medida (lo no tiene porque determinar lo que somos, ni lo que podamos hacer o llegar a ser). La existencia de jóvenes en nuestro pueblo con inquietudes culturales, musicales, ecológicas o sociales, de la cual tenemos constancia, es un aire de esperanza dentro de una realidad normalmente pestilente, aunque ello no significa que esta juventud más inquieta no participe también de la degradación dominante.

   b) El ciclo vicioso de evasión. Podríamos afirmar que este elemento constituye la realidad más palpable de la alienación de la mayoría de la juventud, desde los jóvenes trabajadores de escasa formación educacional (provenientes de la formación profesional básica o del fracaso escolar) hasta los estudiantes (de bachillerato o universitarios). La vida de unos consiste en trabajar cinco días, en condiciones la más de las veces penosas y sin ningún tipo de estímulo; la de otros en el estudio, desmoralizados y sin motivaciones (con una formación puramente memorística y no reflexivo-crítica). Ambos descargan toda esa frustración, esa desgana vital, esa rabia mal contenida, en los fines de semana y, por lo común, en la droga (sobre todo las más mortíferas: alcohol y cocaína). Se trata de un intento inconsciente y desesperado por encontrar momentos de escape a esa frustrante realidad cotidiana mediante la euforia que éstas provocan. Sin embargo, el intento de escapar de “su realidad”, rompiendo con la rutina de los días laborales y de clases en fines de semana, se convierte al final en una rutina cíclica: euforia y fiesta en fin de semana y frustración y depresión el resto de los días (donde el deseo más evidente es que vuelva a llegar el fin de semana, algo hasta cierto punto comprensible y normal).

   c) Enorme ignorancia e incultura. Muchos de los jóvenes actuales, productos de una pedagogía tradicional que propicia el desinterés y la indiferencia y de una sociedad donde vale más quien más dinero tiene (aunque sea un ceporro y lo haya conseguido explotando, engañando o manipulando), desprecian la cultura y ven la lectura como algo tedioso y aburrido. Muchos ni siquiera hacen el esfuerzo por aprender y se resignan a quedarse estancados en una situación de ignorancia e incultura perpetua. Los jóvenes estudiantes no se libran de esa incultura generalizada ya que la pedagogía que reciben en los centros de educación (memorización-examen-olvido) y los valores sociales dominantes (no hace falta tener cultura sino dinero y a este se puede acceder de muchas formas) propician el consumismo, el individualismo y el egocentrismo.

   d) Consumismo compulsivo . El elemento más constatable de ello serían las hordas de adolescentes que peregrinan a Bahía Sur a proveerse de ropa u otros artículos, el enorme consumo de estupefacientes, la proliferación de motos, quads, coches nuevos, etc... Naturalmente los habrá que necesiten realmente muchos de estos productos pero es innegable que la más de las veces no son necesarios (debemos tener en cuenta que otra de las características de una sociedad consumista y del consumidor compulsivo es que constantemente debe renovar estos productos, auspiciados por la publicidad y los medios de comunicación: el ejemplo más paradigmático podría ser el de los móviles).

   e) Falta de civismo y de respeto. Ya hemos comentado estos aspectos anteriormente. Esto se plasma en graves comportamientos antisociales y de un nulo civismo. Uno de sus posibles ejemplos podría ser sus alocadas carreras hacia ninguna parte en sus coches nuevos, con sus equipos de sonido a tope o sus motos estruendosas que ya han provocado más de un atropello y más de un accidente. También los hay que se dedican a partir mobiliario público sin ningún sentido, los que dejan la basura en las playas, plazas o pinares teniendo a poca distancia contenedores, los que faltan el respeto a ancianos o personas mayores...

   f) Irresponsabilidad. Se plasma en la nula capacidad de crítica para sopesar en su conjunto las acciones, actos y comportamientos que llevan a cabo tendiendo a “pasar de todo” y a importarles sólo el satisfacer sus caprichos de seres primarios o de consumidores frustrados. A ello han contribuido de manera específica y en gran medida la educación familiar y la sociedad actual (acostumbrada a delegar en otros sus responsabilidades). Ello también es así debido a su egocetrismo, que les hace pensar únicamente en sí mismos, sin importarles mucho más de lo que hay frente su nariz.

   g) Infantilización. Si bien hace veinte años se podían percibir con claridad la diferencia de comportamientos y pensamientos entre un adolescente de 12 o 14 años y un joven de, por ejemplo, 24 años hoy en día las diferencias de pensamiento apenas son perceptibles. Ello es así por que se ha pasado a una simplificación, es decir, a predominar unas formas de pensamiento simplistas (comprar, salir, drogarse, ver la tele...) consecuencia, por un lado, de la ignorancia e incultura que encadena sus mentes, por otro lado, debido a que el consumo, el consumismo y la cultura de evasión son asequibles a todos ellos por igual. También a la hora de comportarse socialmente y entre ellos (la incomunicación es grande entre el grupo de colegas).

   h) Pasividad e indiferencia. Es el reflejo del individualismo o el egocentrismo y de la ignorancia e incultura abrumadora que los embarga y que no desean cambiar. Indiferencia no sólo hacía problemas políticos, sociales, medioambientales sino incluso a sus propias vidas. El joven estudiante no se libra de ello y en los centros educativos campean triunfalmente estos factores de decadencia. No se cuenta con los jóvenes para nada y se les imponen asignaturas, exámenes, pedagogías anticuadas..., que los estudiantes asumen sin reaccionar y como ganado lanar: calladitos y en rebaño.

   i) Desideologización. Debido a la ignorancia y la incultura gran parte de la juventud pasa de la política, de los movimientos sociales, de unirse en proyectos político-sociales o culturales que persigan objetivos o influir mediante su acción organizada en la dirección de la sociedad. No existe ideología en la juventud actual, desilusionada, perdida, sin dirección ni rumbo, siguiendo la corriente que encauzan los medios de comunicación, las modas, el consumismo o simplemente lo que hacen los demás. Y es que el único ideal de esta sociedad es el omnipotente dinero, y para la mayoría no hay más.

   j) Egocentrismo. Consistente en pensar únicamente en uno mismo. Podemos apreciarlo en la enorme importancia de la estética para muchos jóvenes (ropa, maquillajes, cuerpos Danone...), en el pasotismo hacía todo lo que no sea satisfacer sus deseos, en la falta absoluta de respeto hacia los demás, reaccionando violentamente cuando no se les respeta a ellos (naturalmente si es un igual ya que si es una autoridad, sea cual sea, se callan la boca y se resignan sumisamente), etc... A ello también podríamos unirle la insolidaridad para con todo lo que no sea ellos mismos (pasan de defender o de luchar, uniéndose a otros, lo que no sea su propio interés).

   k) Soledad e incomunicación. La imagen que nos puede dar un grupo de jóvenes (las pandillas de colegas), las aglomeraciones del botellón, los conciertos... puede hacer pensar en una continua comunicación entre ellos al estar con otras personas (amigos o colegas) una gran parte del día. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. La supuesta comunicación se reduce a una relación por lo común muy superficial y restringida a la evasión, el consumo, a temas de conversación triviales o tradicionales (chicas, drogas, playstation, trabajo o temas en estrecha conexión con las últimas novedades visualizadas en televisión...). A este tipo de relación la podemos denominar “colegueo”, para diferenciarla de la amistad, donde no hay una comunicación sincera y no se suele hablar de los problemas personales porque no hay confianza, pues la relación se restringe a la juerga y la evasión. La soledad y la incomunicación campea a sus anchas entre buena parte la juventud auspiciadas por el egocentrismo, siendo verdad el dicho a este respecto de que “quien tiene un amigo tiene un tesoro”. La amistad sincera campea por su ausencia puesto que la superficialidad y simplicidad en el comportamiento y en el pensamiento, junto al egocentrismo restringe este lazo imprescindible para el ser humano. Todo ello genera frustración, soledad... porque se olvida que por mucho que se piense en uno mismo, sin los demás no somos nada puesto que necesitamos de otras personas (es una necesidad vital e inherente al ser humano, que es un ser social).

   l) Gran consumo de estupefacientes. Como parte de la cultura de evasión y finsemanera (donde se ingieren grandes dosis de alcohol y otras drogas como la cocaína, extendida ya a todos los sectores sociales y de mortíferos efectos si se consume asiduamente y en grandes cantidades). Ya hemos comentado que la edad de acceso a estas está siendo rebajada y que el aumento del consumo responde a la dinámica que comentamos antes (trabajo o estudio – evasión) y al deseo de olvidar o descargar frustraciones y rabias mal contenidas y generalmente inconscientes (por la falta de futuro, por un presente vacío, por problemas sociales, de grupo o familiares...). También por la falta de alternativas de ocio que convierten este elemento en una constante que está haciendo verdaderos estragos. Pero no nos confundamos, el problema en sí no es la droga ni mucho menos, el problema es un problema social que hay que atajar de raíz pues responde a una sociedad enfermiza, simple, artificial e irracional en la que sólo importa el dinero y el consumo siendo todo lo demás prescindible. Hacia ahí es a donde deben ir dirigidas nuestras acciones, nuestras soluciones y no a la ilegalización y la represión como se hace actualmente a este respecto, que genera más rabia y frustración.

   Estos son, en conclusión, los factores o elementos que de forma muy generalizada configuran la juventud conileña actual. Empero, ello no supone que todos los jóvenes del pueblo respondan a este modelo pero sí un gran porcentaje, difícil de cuantificar, aunque no todos estos factores han de darse en un solo individuo (cada persona es un mundo aunque cada vez más simple) e incluso muchos de los que se creen ajenos a toda esta dinámica alienante caen en más de una ocasión en ella. Esta situación crea el marco propicio para que los gobiernos pueden imponerles sus arbitrarias directrices y para hacer a los ricos cada vez más ricos y poderosos. Este es el objetivo que persigue el sistema actual capitalista y nacionalista-liberal. Es indudable que la falta de alternativas y la pérdida de conciencia de clase (es decir, el deseo de la mayoría trabajadora de emular a sus explotadores empresarios o seguir el modelo de vida que impone el sistema: llegar a triunfar y ser multimillonario), o lo que es lo mismo, la desideologización social, son los dos elementos que debemos cambiar para intentar combatir esta pobre realidad juvenil. Pero debe ser desde ellos mismos, autoorganizándose en colectivos que persigan objetivos comunes (medioambientales, culturales, sociales...), ganando terreno mediante un proceso de diálogo y libre debate (las escuelas no están por la labor), la autoformación... apostando por un cambio revolucionario de esta funesta realidad. Cualquier otra salida sólo nos llevará a un nuevo pozo oscuro cada vez más impenetrable como lo es la actual situación.

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