AQUÍ, NO ME QUITO EL SOMBRERO

 Juan Antonio Gotor de Astorza

 

 

   Soy de la opinión de los que creen que basta con pasear por los cascos antiguos de pueblos y ciudades para conocer y comprender el carácter de sus habitantes. Sin embargo, hoy día presenciamos una falta de identidad en las zonas periféricas. En nada se distingue un barrio moderno de una ciudad del norte, de uno de una ciudad del sur o de otro país si no es por unas características muy determinadas por el clima o por una serie de rasgos asociados a los tópicos del pueblo o región. Pero no expresan el carácter íntimo, confidencial, más alegre o más “gris”, de la gente que lo habita. Éste sólo se percibe en sus zonas históricas.

   Cuando visito una ciudad, villa o pueblo no sólo aprecio la estética y los elementos arquitectónicos empleados en sus edificios. La utilización de los materiales me habla de lo que abunda en su término: granito, mármol, arcilla... y la composición y formas de su clima y recursos. Más, lo mejor, lo interesante es apreciar como está puesta cada cosa; cada ladrillo, cada piedra, cada ventana.... La relevancia que concedieron a determinados aspectos: cómo se fueron trazando sus calles, de qué manera dispusieron sus casas, sus edificios principales, la importancia que dieron a los diferentes espacios y a la utilización de los mismos....

   Los esquemas individuales quedan reflejados en ese gran espejo colectivo que puede ser, y que de hecho es, la trama urbana de un pueblo o ciudad. Proyecciones del ser más íntimo de cada uno de sus habitantes que constituyen en sí toda una serie de características comunes. Basta pues pasear por París para comprender el tan criticado y comentado carácter altivo de un parisino y “admirar” la arrogancia y prepotencia de Napoleón. Un paseo por Sevilla nos viste de vanidad y nos impregna del perfume barroco, vitalista, alegre, colorista, reservado y retorcido, como sus callejuelas, como su gente. En Barcelona percibo lo individual como eje y centro de lo colectivo. El orden y la disciplina es el fundamento. La sardana, la expresión. Lisboa es un canto a la nostalgia, el eco desgarrado del “va pensiero” a las orillas del río Tajo, siempre con la mirada puesta en el abstracto concepto de libertad que le ofrece el Océano Atlántico. Ciudades como Marrakech son, en sí, una enorme casa. La plaza es un inmenso salón. La calle la “salita de estar”. Su aroma el ir y venir diario de sus habitantes...

   En definitiva creo que los pueblos y ciudades son expresiones íntimas de su gente y que hoy por hoy hemos renunciado a esta herencia dejada por nuestros abuelos, que supieron guiarse por el sentido común, pues no entendían de especulación, siendo muy conscientes de la importancia y de la necesidad de vivir en comunidad y con la idea clara de que una ciudad es sobre todo un gran espacio público. La esencia aún permanece en mercados, plazas, jardines, cementerios... Nada mejor que visitar estos sitios para hacernos una leve pero consistente idea sobre cómo se vive y se muere en ese lugar... Visión romántica de las ciudades que parece no importar ya y, con la excusa del “desarrollo”, se ignora y se desprecia.

<visión romántica>

Plaza de “El chapapote”

<casapuerta en la calle cádiz>

la Casapuerta en la calle Cádiz

   Existe una idea equivocada. Existe un mal concepto de lo que es el progreso y lo que es conservar. Aquellos que claman que solamente en el presente tenemos la posibilidad de cambiar no se equivocan , pero hay que saber hacerlo. La cosa no es tan sencilla como se cree. Y quiero dejar constancia de que no reivindicaré plazuelas llenas de niños jugando al toro ni de chiquillas de largas trenzas bailando a los corros, pero sí d igo que se está haciendo mal. Muy mal.

   Para empezar, ¿se tomará conciencia de una vez de lo que está hecho y de lo que hay que hacer? Porque veo fotos antiguas de pueblos y ciudades que han sido sustancialmente modificadas y me quedo perplejo, porque ya estaba hecho. Que esa placita, ese callejón... estaban ya ahí, terminados. Es un gran error pensar que acabar con eso es hacer nuevas las ciudades. La idea de que una ciudad debe transformarse tirando y levantando de nuevo no es acertada; hay que adaptar. Las nuevas construcciones deben ir en las zonas de expansión, respetando los entornos y dejando lo que estaba bien acabado. ¿Alguien decide transformar textos literarios del siglo de oro español? ¿Se cambian pinceladas de color en los lienzos de los viejos maestros del Prado?

   Los urbanitas, técnicos, arquitectos y otros que se guían por simples intereses especulativos insisten en la idea que las ciudades deben transformarse, deben cambiar... Pero esta es muchas veces la gran excusa para la especulación. E insisto: las ciudades deben adaptarse a los tiempos, pero no podemos partir de cero. Las ciudades ya están hechas, nos las hemos encontrado hechas, sólo hay que adaptarlas y expandirlas, por pura necesidad, dentro de un desarrollo equilibrado, sostenible con su medio natural. Hay que poner parte de y por todos y así, a unos, corresponderá renunciar a ese status de artista al que aspiran, reservado a muy pocos, y dejar de utilizar la profesión como argumento para seguir tirando, destruyendo y levantando sus proyectos como grandes obras maestras. Que un patio del siglo XVI tiene mucho peso y muchas “canas sobre el moño” para que lo abatan en pro de apartamentos “rústicos” para alquiler de temporada. Y en cambio, a otros, habrá que coserles el saco de la avaricia y no esperar a que les reviente.

   Por todo esto, reivindico el sentido común. Un sentimiento de comunidad que prevalezca por encima de la visión vanidosa del que se cree artista y de la mirada avara de aquel que lo quiere multiplicar todo por cien, mil, diez mil.... Tan peligroso es para los sitios históricos y los espacios naturales uno como otro. No permitamos que el que no tiene nada que ofrecer quiera hacer su pequeña “contribución artística” donde no debe, por hacer currículum y alcanzar reconocimiento público... Su propia gloria. Hay que evitar que el patrimonio -pasto, tierra, piedra, agua o “mala hierba”- por estar en manos de uno, dos, tres o cuatro, siempre esté expuesto a la especulación, a la masacre, en detrimento de la calidad de vida de todos, que somos miles.

   Y así exigimos, exigimos, porque creemos que hay suficientes razones aunque no coincidan con las imperantes y oportunistas de la sociedad en la que vivimos, la protección del patrimonio cultural y natural que es de todos; del que está, del que viene, del que se va, del que nunca estuvo y del que nunca vendrá. Queremos ciudades habitables. Entornos naturales. Recuperar el sentido de comunidad, imprescindible para vivir en un pueblo o ciudad. Recuperar los espacios públicos y que su configuración no responda al interés ni a decisiones privadas. Calles anchas, transitables, arboladas, peatonales. Zonas lúdicas y de descanso. Un lugar para el juego, para el diálogo, para el contacto, para el intercambio. Espacios socializadores frente a los espacios rudos, fríos, desangelados que nos ofrecen y colocan. ¿A qué invita una plaza donde el asfalto sustituye a las plantas? ¿Dónde el diseño prevalece sobre lo práctico? Son espacios agresivos, poco que ver con la idea socializadora de estos lugares, por lo que surgieron, por lo que se mantienen y por lo que se demandan. Dejemos hacer arte a los artistas, a los de verdad, los que aportan y no dañan. Hay que revigorizar la idea del uso común frente al uso particular. Liberémosnos de la especulación y hagamos de calles y plazas un lugar de convivencia, tan deteriorada últimamente.

   Siempre he tenido la sensación que el pueblo de Conil, por su arquitectura, hacía de la calle su casa y que su casa era un elemento más de la calle, como un banco, una farola... La aleación de estos dos elementos tan singulares me decía mucho, y positivo, del carácter de su gente. Si llegaba a una puerta, siempre abierta, no sabía si entraba en la casa o accedía a una calle nueva. La villa se asomaba y escondía al mismo tiempo. Se abrigaba y se desvestía con la misma facilidad. La casa era la calle y la calle era la casa... Hoy Vejer conserva esta peculiar característica...

   El mundo moderno concibe, considera, que un país, una región, un pueblo es más desarrollado conforme más sabe valorar y mantener el equilibrio entre lo que hay y lo que, sin duda, hay que construir. Los que no protegen y derriban están infravalorando su legado bien porque especulan, o bien por ignorancia y por complejo de inferioridad. Sólo los que así se sienten aspiran a ser superiores y quieren transformarlo todo. Esta actitud se aleja bastante del sentimiento de comunidad, base firme no solo de una sociedad cabal sino del mismísimo ser humano. Ante estos señores, no hay que quitarse el sombrero.

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