EL CONVENTO DE NUESTRA SEÑORA DE LAS VIRTUDES

 Antonio Santos García

 Historiador y Profesor de Secundaria

   

   El convento de Nuestra Señora de las Virtudes (también llamado de la Victoria) es, sin duda, uno de los edificios más emblemáticos de Conil. 

   Situado en la actual plaza de la Constitución –antigua plaza del Convento- está integrado por la iglesia y una serie de dependencias organizadas en torno a un claustro o patio central de dos plantas. Las obras de edificación se iniciaron en la segunda mitad del siglo XVI y no se remataron hasta la segunda mitad del XVIII. Su estilo artístico se corresponde con el renacimiento tardío y el barroco. La construcción del convento está en el origen de la calle de la Virgen, principal arteria a partir de la cual fue surgiendo un primer arrabal extramuros, el barrio de la Virgen.

Historia

   El patrono de la fundación fue el duque Juan Alonso Pérez de Guzmán en 1567, siendo provincial de la orden de Mínimos de San Francisco de Paula el padre fray Pedro de Melgar. Don Juan Alonso costeó las obras e hizo donación al convento de la imagen de Nuestra Señora de las Virtudes, que desde muy antiguo pertenecía a sus antepasados. Según el cronista ducal Pedro de Medina, dicha imagen, custodiada hasta entonces en la desaparecida ermita de las Virtudes, despertaba gran devoción por sus milagros, acudiendo a su iglesia en peregrinación gentes de los pueblos cercanos y de otras muchas partes, casi todos los días del año, aunque su fiesta principal era el 8 de septiembre, en que vienen a Conil “tantas gentes de todas las comarcas y de fuera de ellas, que me parece que es una de las casas de más devoción que hay en España” . El duque dio también a los frailes la huerta del Jardal, una hacienda de 51 aranzadas plantada de olivar, viña, huerta y tierra calma, para sostenimiento de la comunidad, y proveía de atunes a los frailes como a otros conventos y monasterios de su señorío, y de fuera de él.

   Los Mínimos de San Francisco de Paula eran una orden religiosa mendicante de gran aceptación en el Obispado de Cádiz, llegando a ser la mejor representada con 5 conventos: Alcalá de los Gazules (1550), Conil (1567), Medina Sidonia (1579), Jimena de la Frontera y Puerto Real (1635). En Conil había 17-18 frailes a mediados del siglo XVIII. Según el padre Antón Solé, en 1787 los franciscanos de la diócesis sumaban 110 frailes, una quinta parte del clero regular del obispado, distribuyéndose así: 75 profesos, 5 novicios, 19 legos y 11 donados.

El convento en 1920

San Francisco de Paula, fundador de la Orden (cuadro ubicado en la iglesia)

   El clero regular (frailes) fue más numeroso que el secular hasta fines del siglo XVIII, y contaba con la simpatía popular. Su extracción social eminentemente popular, su contacto y trato con el pueblo –pues sus conventos terminaron estando en medio de ciudades y villas- le otorgaban prestigio, estima y un importante influjo social. Éste derivaba de su función en un país y una región de arraigada fe religiosa (funciones de culto, coro y otras intra clausura), por la sacralización de los actos de la vida cotidiana (fiestas, entierros...), su cultura superior y el ejercicio de la enseñanza. Fomentaron además el culto mariano, fundaron rosarios callejeros, acompañaron los entierros y monopolizaron en gran medida las peticiones de hábito, sepultura y misas de los testadores gaditanos y conileños, eligiendo muchos hombres principales el Convento como lugar de su última morada. De ello dan hoy testimonio las capillas o altares que levantaron en su iglesia. Vivían de sus propiedades - que fueron incrementando con donaciones-, de la predicación y la limosna.

   Las escuelas de primeras letras (leer, escribir y contar) y de doctrina cristiana dependían de cada parroquia, encargándose a menudo de ellas los sacristanes, aunque el mayor peso recaía en todas partes sobre los frailes. Los mínimos tenían abiertas escuelas primarias en Alcalá y Puerto Real, y escuelas de Gramática (enseñanza secundaria) en estas dos villas y en la ciudad de Medina Sidonia. 

   Los mínimos de Conil daban también clases de primaria en el convento, pero no sabemos si impartían la cátedra de Gramática. Don Miguel Calderón de la Barca instituyó durante el XVIII un estudio de Latinidad en Conil, en la plaza de Santa Catalina (actual bar El Castillito), con la obligación de nombrar preceptor o maestro (religioso o seglar). Se trataba de un instituto “particular”, que tenía como objetivos “formar moral y científicamente a los hijos del pueblo”. En 1804, según cuenta el ilustrado Simón de Rojas, había también en Conil una Escuela de primeras letras con un Maestro y 120 niños, que costean con su contribución la enseñanza. Los mínimos –entones ya sólo 7 sacerdotes, 2 legos y 2 demandantes- seguían manteniendo escuela en el convento, pero el número de estudiantes había disminuido a sólo 15. La dotación del maestro de Gramática era entonces de tres reales diarios, y sus 9 discípulos traducían el Breviario y el Concilio. Durante la primera mitad del siglo XIX ejercieron el cargo de maestro el presbítero exclaustrado don Andrés Moreno y después el presbítero don Ignacio Moreno, pero su programa de traducciones, catecismo y escritos del Padre Larraga estaban ya caducos y la escuela fue cerrada a mitad del siglo XIX, según revelan las actas capitulares.

   La predicación y las misiones populares constituyeron, sin duda, una de las razones principales del prestigio de que gozaron los Mínimos de Conil. El sermón era una manera de llegar al pueblo y transmitirle las directrices pastorales y morales de la Iglesia. Durante el Antiguo Régimen había casi 100 festividades religiosas que obligaban a asistir a los templos. Desde la sencilla plática de la misa hasta el sermón de campanillas de la función religiosa de la fiesta mayor de Ntra. Sra. de las Virtudes, las variadas “piezas” oratorias de los monjes, llenas de barroquismo y efectismo (con crucifijo, calavera y pintura del alma condenada) seducían al pueblo, enseñando o reafirmando prácticas y doctrinas... y reclamado invariablemente la confesión de los pecados. A veces competían con los mínimos de Conil otras órdenes en este menester, como los jesuitas o los capuchinos, generando recelos y rivalidades entre órdenes. Son famosas las misiones de los jesuitas en las almadrabas de los duques de Medina Sidonia, en Conil y Zahara, durante la segunda mitad del XVI y la primera del XVII, destacando las misiones del Padre León, que pasó varias veces por Conil, evangelizando a pescadores y pícaros. También famosas fueron las misiones del capuchino Fray Pablo de Cádiz, gran misionero del siglo XVII, que murió en Conil en plena actividad y adonde vino por ser de los pueblos “en que hacía más tiempo no se había hecho misión”.

   Durante el siglo XVIII, l os fieles y notables de Conil estaban satisfechos de sus predicadores de la orden de los mínimos. Así lo testifica el vicario D. Juan Marín Moreno en 1776, quien refiere que siempre hubo en Conil buenos predicadores cuaresmales y conventuales. En 1738 –cuenta el vicario- vino a predicar la cuaresma fray Juan Morilla, con tanto espíritu, que la limosna subió. En 1739, fray Juan Bottaro, que después fue provincial de la orden, la incrementó; y en 1740 fray Antonio Baquero –erudito y orador de mucha fama- consiguió, tras una prédica excelente, que los eclesiásticos y hombres principales del pueblo acordaran darle un peso fuerte cada uno, llegando la limosna a 100 pesos, por lo que los padres provinciales “han mandado desde entonces la flor de la provincia y ha tenido este pueblo todos los años de predicador cuaresmal un sugeto de singular erudición con que consultar sus dudas en el confesionario o fuera de él, y el gusto de oir en el púlpito un maestro en la oratoria. Y el pueblo está tan contento con sus religiosos victorios, que cuando por accidente enalguna fiesta ha venido predicador de otra religión (sic), han quedado todos disgustados”. 

   El informante opina que el provincial debe seguir mandando a Conil predicador cuaresmal, porque si es de otra orden (dice otra vez “religión”) obtendrá sólo 30, porque “los que dan el peso duro, que es cuasi toda la limosna, entonces no lo harán, y la villa no sabemos si acudirá con los 10 pesos. Y... poco le sobrará, y los demás sermones de entre año no abrá quien los predique, pues estos tienen unión con la cuaresma. Y es de recelar que se entibie la aplicación de estos religiosos (los mínimos) en la asistencia espiritual del pueblo con la quexa de poco atendidos en una materia donde tienen la posesión de más de dos siglos”.

<claustro del convento>

Claustro del convento hacia 1960

   A mediados del siglo XVIII, los conventos de la diócesis gaditana pasaban por una época de calamidad. Según un informe de 1751, muchos edificios se hallaban arruinados, sin levantar aún sus claustros (caso de Conil), sumidos en la miseria y abocados a la relajación y salida de la clausura por falta de recursos, como ocurría con los mínimos de Medina Sidonia; el convento de la Victoria de Alcalá disfrutaba por el contrario de muy decente dotación y tampoco padecían urgencia los mínimos de Jimena, Puerto Real y Conil. Sus recursos eran reducidos, pero la austeridad de la orden permitía el arreglo. En 1767, los conventos seguían pasando dificultades, con problemas de inobservancia de la disciplina y algunos abusos, cometidos según el obispo Fray Tomás del Valle por causa “de la práctica o del permiso de los prelados de salir de sus conventos a mañana y tarde solos y a su arbitrio a visitar en aquellas casas de su devoción, quedándose muchos por temporadas en la de sus padres, hermanos o parientes”. Ello –señala el obispo- entibia mucho el régimen del claustro, sobre todo entre los jóvenes, sujetos a deslices que deslucen “el honor del santo hábito que visten”. Los franciscanos tenían permiso para salir de la clausura a pedir limosna, pero desde 1772 se dictaron normas estrictas: sólo podían mendigar durante 15 días al año, distribuidos por estaciones, con la prohibición de pernoctar fuera de la clausura y otras restricciones.

<anagrama de la orden de las minimas>

Anagrama de la Orden de Mínimos (bóveda de la sacristía)

   No es fácil conocer el patrimonio y rentas del clero regular, porque el capítulo de limosnas, sobre todo en especie, a favor de los frailes mendicantes no es posible contabilizarlo. En todo caso, los mínimos de Conil no andaban faltos de recursos, pues poseían algunas fincas rústicas en su término y los colindantes, además de censos sobre fincas rústicas y urbanas. Según un inventario de 1836, con motivo de la desamortización, el Convento de Conil poseía 6 pedazos de tierra en el término: la Huerta del Jardal, con olivar, arrendada a don Melchor Malla en 1.000 reales anuales, tres pedazos de tierra (Barrero, Paneta y Bujeos preciado) que sumaban 43 aranzadas y estaban arrendados a D. Miguel Palomino en 300 reales, el Cerro del Duque, con 75 olivos arrendados a D. Francisco Borrego y otro trozo llamado Viña, junto al río, de 3 ar., arrendado a D. Gaspar Muñoz, ambos en 60 reales año, así como la Huerta de los Frailes, en Conil, también de 3 ar., arrendada a Manuel Cantillo en 360 rales. En total, la renta de sus tierras en Conil sumaba 1.780 reales anuales.

   No sabemos si el convento seguía poseyendo las 93 colmenas que tenía a mediados de siglo. Sus tierras en Chiclana y Vejer les rentaban 1.480 reales. Sus escasas fincas urbanas, en realidad “cuartitos”, estaban embargadas. Sin embargo, los frailes poseían como complemento un elevado número de censos (cargas piadosas que hacían los fieles en su testamento), casi 200, sobre fincas urbanas y sobre tierras, que les rentaban casi 4.500 reales. En total, arriendos y censos sumaban unos 8.000 reales *.

   El número de frailes descendió a lo largo del XVIII por el clima algo más secularizado y, sobre todo, por la acción gubernamental, urgiendo la aplicación de un decreto del Concilio de Trento, que prohibía que residiesen en un convento más religiosos de los que éste pudiera mantener con sus propios ingresos. A comienzos del siglo XIX, Simón de Rojas se hace eco de esa disminución, como vimos más arriba, y nos pinta un vivo cuadro de la religiosidad popular. Visitó Conil en la cuaresma de 1804, y comenta las inverosímiles historias de los predicadores que hacían dar “muchos alaridos” a las mujeres. “El Predicador de este año es famosísimo en toda la comarca, tiene muchísima gracia: le oí decir en un sermón que muchas veces obligamos a Dios a hacer milagros que pudieran excusarse, y era que Dios se ve precisado a librar milagrosamente al hombre de una aflicción con que le regaló también milagrosamente... porque el paciente no ha sabido agradecerla y corregirse con ella”. Concluida la Cuaresma y las prédicas convidaba el Convento a un refresco y pasaba después una bandeja para la limosna. Al día siguiente, Predicador y comitiva pedían por todo el pueblo dinero y huevos, que posteriormente se vendían en beneficio del padre predicador y del provincial de la orden.

   La invasión francesa de Conil en 1810 supuso la expulsión de los frailes, la incautación del convento y la desaparición de algunos bienes. Tras su marcha, fueron repuestos en el edificio, que presentaba graves desperfectos. Por las actas capitulares de inicios de 1817 sabemos que los religiosos seguían manteniendo una escuela gratuita, que estuvo en el origen de algún escándalo. La desamortización de Mendizábal de 1836 supuso una nueva incautación del edificio, y su extinción definitiva.

   A partir de entonces, el edificio del ex-convento se dedicó a otros usos. La iglesia quedó como ayuda a la parroquia de Santa Catalina y las restantes edificaciones conventuales fueron destinadas a otros usos. En 1839 se instala provisionalmente en él una parte de él las oficinas municipales, y en 1843 ocupa el Ayuntamiento el edificio de modo definitivo. En 1865 se elaboró un proyecto para la instalación definitiva del pósito, las escuelas y el juzgado municipal, en la parte no ocupada por el Ayuntamiento (ala derecha del edificio), que se encontraba abandonada y convertida en corral y que sólo se llevó a cabo parcialmente. Desde mediados del siglo XIX se han realizado numerosas obras en el edificio –siempre desafortunadas, parciales y sin visión de conjunto- para adaptarlo a sus nuevas funciones, desapareciendo el refectorio, la cocina, los dormitorios y demás estancias conventuales, y cegándose progresivamente los arcos del claustro. Las obras realizadas en los últimos 30 años son las que han dado al edificio su configuración actual, motivando incluso el traslado temporal del Ayuntamiento, lo que produjo un gran desbarajuste, con pérdida de documentación de su Archivo.

   Descripción del edificio .- La construcción primitiva del Convento de Mínimos es del siglo XVI. De entonces data la iglesia, con su portada y torre, la sacristía y la escalera de acceso a la planta superior. El resto del edificio, es decir, el claustro, las galerías y otras dependencias, fueron levantados de nuevo en las obras de remodelación de la segunda mitad del siglo XVIII, en vida del padre fray José Tentor, adquiriendo el conjunto su aspecto definitivo. A pesar de los doscientos años transcurridos entre su inicio y terminación, se trata de un conjunto extraordinariamente unitario, dotado de una gran robustez y austeridad, no exenta de elegancia y armonía.

   La portada del templo, obra de Fray Luis Vázquez de Dueñas, que profesó en el convento, es una fachada-torre de configuración rectangular y composición simétrica. Tiene tres cuerpos, todos en sillería de piedra arenisca, separados por amplias cornisas. La base o puerta de acceso al templo es un arco de medio punto, de trasdós y jambas almohadillados, flanqueado por columnas pareadas que arrancan de altos podios, con capiteles y entablamento de orden dórico, escudo central y remate en cornisa. Los otros dos cuerpos, muy sencillos, son de planta rectangular y sin más adorno que una hornacina sencilla en el primero y rematado el campanario por un chapitel piramidal a cuatro aguas, revestido de azulejos en tonos azules y blancos, con cruz de hierro. La altura aproximada de la torre es de 22 m. Existe una portada interior, también de piedra arenisca, más sencilla, y un espacio o ámbito de transición entre ambas, de acceso al templo. La fachada lateral es muy simple, presentando como resaltes potentes contrafuertes o estribos. Se domina visualmente el exterior de la bóveda de cañón, así como la cúpula sobre el crucero, recubiertas con ladrillo. Todo ello encalado o pintado, formando un conjunto de lo más característico.

   La iglesia es de una sola nave, con planta de cruz latina de brazos poco pronunciados, por lo que se la puede también considerar de salón. Las dimensiones internas aproximadas son 33,8 m. de longitud, 7,9 m. de anchura (11,1 m. en el crucero) y 10,7 m. de altura a la clave de la bóveda. La nave se divide en cinco vanos, diferenciados por machones entre los que se insertan espacios o capillas, enmarcadas por arcos de medio punto; sobre los machones existen pilastras de sillería de orden toscano; el entablamento de cantería que recorre la nave se prolonga en el crucero y presbiterio. En el arranque de la bóveda hay lunetos, donde se insertan huecos para iluminación natural. La bóveda de cañón es de cantería labrada con motivos geométricos (casetones y roeles), sostenida por arcos fajones. Hay que destacar la calidad del diseño de los dibujos geométricos de las bóvedas, diferentes en cada tramo. El crucero está igualmente cubierto por bóveda de cañón de cantería labrada, y en la parte central con bóveda vaída, rematada en su clave por un lucernario y quizás antiguamente una linterna. En la parte central de dicha bóveda, sobre el presbiterio, está labrado el escudo ducal de Medina Sidonia.

<iglesia>

   El coro se sitúa a los pies del templo, a media altura, sobre bóveda muy rebajada, también de cantería labrada; su tribuna se prolonga en forma de balcones laterales, y se resuelve con balaustrada de madera torneada. En conjunto, el interior del templo presenta un juego de elementos de piedra arenisca de color ocre claro sobre fondos lisos y blancos. La solería, buena aunque no la original, es de losas de mármol gris y blanco formando dibujo.

   El claustro tiene planta cuadrada con arquería de cuatro arcos en cada lado y dos pisos. Sus dimensiones son 12 m. de lado, y 3,8 m. la crujía. La planta baja también es de piedra arenisca, de singular belleza. La planta alta, en los lados que corresponden al Ayuntamiento, fue remodelada, desapareciendo los arcos y quedando un apilastrado sencillo e imposta; en los lados que corresponden a la iglesia se conservan los arcos, así como la cubierta de teja. Todos los vanos, tanto de la planta baja como de la alta, han sido cegados. Así pues, salvo la magnífica arquería de la planta baja, lo demás está encalado, transformado y adulterado.

   La galería anexa a la iglesia tiene techos de vigas de madera, alfarjías y ladrillo por tabla; el techo de la planta alta es inclinado, como corresponde a la cubierta de teja. Entre las dependencias conservadas destacan la escalera doble y la sacristía, ambas cubiertas con bóvedas de piedra arenisca, también labrada y ornamentada. La escalera, que da acceso a la planta superior, se encuentra al final de la galería de entrada, y presenta un doble ramal manierista que se une en su parte superior. La sacristría tiene grabado en el centro de la bóveda el anagrama de la orden de Mínimos: “Charitas” (caridad).

   Usos actuales, bienes muebles y archivos.- Actualmente, el Ayuntamiento ocupa y es propietario de tres lados del claustro, siendo el cuarto lado anexo al templo propiedad de la Iglesia (permuta Ayuntamiento-Obispado, de 1993), que lo destina a uso religioso y dependencias parroquiales. En el antiguo convento está ubicado también el Juzgado de paz de la población.

   El edificio alberga numerosos bienes muebles (de procedencia diversa, principalmente conventual y parroquial) y los dos principales archivos de Conil. Entre los bienes muebles destacan algunas esculturas, como la imagen de la patrona Nuestra Señora de las Virtudes (s.XIII), la virgen de la Victoria y otras tallas barrocas de los siglos XVII y XVIII (el Cristo crucificado de la iglesia, el Cristo de la Sacristía o la Soledad). En la sacristía y el templo existen también algunos cuadros barrocos de interés (el Descendimiento, Jesús con la cruz a cuestas, los santos Juanes, y algunos personajes destacados de la orden de Mínimos). Otros bienes destacados son la custodia (s.XVIII) y la pila verde, pila bautismal de la primitiva parroquia. El edificio alberga también los dos principales archivos de Conil, ambos en la planta alta del claustro: el Archivo Parroquial de Santa Catalina, en la parte de la Iglesia, y el Archivo Municipal de Conil (fondo antiguo), en la parte del Ayuntamiento, con interesante documentación desde los siglos XVI y XVII respectivamente.

   El estado de conservación del antiguo convento –uno de los más singulares edificios de Conil- es muy desigual, dadas las numerosas alteraciones que ha sufrido desde el siglo XIX hasta la actualidad. La reciente restauración de la iglesia es modélica en este tipo de actuaciones. Ha afectado a la torre y su chapitel, la portada, la bóveda y el coro, solería y ventanales. La intervención ha consistido en obras de limpieza, con eliminación de elementos inadecuados, consolidación y restauración, con restituciones puntuales de algunos elementos y recuperación de otros que estaban ocultos. La única objeción que hacemos es al aluminio de las ventanas. Pensamos que la restauración iniciada en la iglesia debiera continuar con otras partes del edificio, tanto de propiedad eclesiástica (sacristía, escalera...), como sobre todo el claustro, cuyas arcadas debieran descubrirse, devolviendo al patio su primitivo aspecto porticado. También sería muy conveniente inventariar y catalogar de una vez por todas el Archivo Municipal, fondo antiguo, con documentación desde 1618 hasta 1970.

FUENTES Y BIBLIOGRAfÏA:

MEDINA, P. (1561): Crónica de los Duques de Medina Sidonia, en Colección de Documentos inéditos para la Historia de España, , tomo XXXIX. Madrid, 1864.

SIMÓN DE ROJAS CLEMENTE RUBIO (1804): Viaje a Andalucía. Historia Natural del Reino de Granada, reeditado recientemente.

ARCHIVO HISTÓRICO PROVINCIAL DE CÁDIZ: Inventario del Convento de Mínimos de la villa de Conil, 1836. Secc. Hacienda, 01.257-9.

ARCHIVO MUNICIPAL DE CONIL, Libros de Actas Capitulares de 1817 y 1855.

SANTOS GARCÍA, A. y VELÁZQUEZ GAZTELU, F (1988): Conil de la Frontera, Diputación de Cádiz.

ANTÓN SOLÉ, P. (1994): La iglesia gaditana en el siglo XVIII. Universidad de Cádiz. También del mismo autor: Los pícaros de Conil y Zahara. Estudio histórico sobre los jesuitas y las almadrabas del Duque de Medina Sidonia en la segunda mitad del siglo XVI. Diputación de Cádiz, 1965.

GONZÁLEZ UREBA, F. (2001): “La Arquitectura religiosa de Conil: reflejo de la religiosidad popular e individual”, en Revista de Feria, Ayuntamiento de Conil; y parte histórica de la Web-Conil (2000).

FERNÁNDEZ-PUJOL CABRERA, JOSÉ I. (2001): Memoria del proyecto básico y de ejecución de la restauración interior de la iglesia parroquial de Santa Catalina de Conil (Cádiz).

 * Según el Inventario que comentamos, el Convento poseía en 1836 algunos objetos de plata, libros de cuenta, sin archivo (destruido en época de la invasión francesa), docena y media de cuadros, que se relacionan (en sacristía, iglesia y claustros), así como el altar mayor (presidido por la imagen de la Virgen de las Virtudes) y otros ocho altares de madera en sus capillas (con sus imágenes respectivas, talladas o pintadas), así como vasos, ropa y mobiliario de la sacristía, y mobiliario del coro.

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