LA MIRADA DEL TURISTA

  Juan Antonio Morán Álvarez

   Ingeniero Técnico Industrial


   
El turista tiene amigos que han estado en Conil y que le hablan de sus magnificas playas, de la tranquilidad que se respira en el pueblo, de sus preciosos alrededores, … y decide alquilar un apartamento para disfrutar de un par de semanas de sol y relax durante el mes de agosto.

   El turista se asusta de los precios de los apartamentos pero, ¡qué caray, la tranquilidad hay que pagarla!  y viene dispuesto, como cada año, a  que éstas sean las mejores vacaciones de su vida: sol y baño en Los Bateles, largas caminatas hasta El Palmar -cuando la marea permite cruzar el río Salado-, paseos por el pueblo al atardecer, tapas en la terraza de un bar, …

   El turista, con la mirada amable de las personas dispuestas a disculpar lo que no comprenden, pasa por alto que no exista una sola calle con aceras dignas de tal nombre y que tenga que caminar mirando hacia atrás permanentemente para evitar ser atropellado por un coche;  que los contenedores rebosen basura  a todas horas y los restos se acumulen a su alrededor; que, incluso en los más bonitos y tradicionales rincones del pueblo, los cables telefónicos cubran las paredes y afeen las calles; que un auténtico enjambre de motocicletas pilotadas por chicos sin casco serpenteen entre los coches y se suban a las aceras para girar; que un kilo de salmonetes cuesten, el mismo día, 9 euros en el Mercado de Abastos de Cádiz, 12 en el de  Chiclana y 24 en el de Conil; …

   El turista pasa por alto todo esto y mucho más, porque ha venido a relajarse, a disfrutar y todo lo ve con un punto de comprensión y disculpa: estamos en agosto, somos muchos turistas, los servicios municipales no dan abasto, los comerciantes suben los precios, … pero, piensa, cuando pase el verano las aguas volverán a su cauce, todo se normalizará y comenzará a funcionar bien, ¡como es lógico!.

   Acaban las vacaciones. El turista olvida las cosas desagradables y se lleva de Conil, impresas en su memoria, dos imágenes: una vista del pueblo desde la desembocadura del río Salado y la puesta de sol desde el paseo marítimo. ¡Para enmarcar!

 

   Con estos recuerdos y sus personales circunstancias vitales, el turista decide comprar un piso en Conil para pasar en él largos periodos  de tiempo. Para ello, y a modo de prueba, se instala de nuevo en un apartamento con el propósito de estar todo un mes viviendo en el pueblo, conociendo de primera mano su verdadero carácter fuera de la temporada veraniega, mientras encuentra un piso o una casa que le convenga.

   A lo largo de este mes, el turista y, quizás, futuro vecino de Conil, se encuentra con algunas cosas  que en su primera incursión como veraneante disculpó indulgentemente pero que no le gustaría tener que soportar de forma permanente. 

  • De entrada, no le gustan los accesos a/desde la carretera N-340, que parecen diseñados por una mente retorcida, con las dos vías que deberían ser de sentido único pero que son, un tramo de sentido único y otro de doble sentido, aunque no se sabe muy bien donde empieza el sentido único y donde el sentido doble. 

  • Tampoco le gusta lo que parece ser la política de urbanismo del pueblo: conseguir metros para las edificaciones a costa de reducir las aceras a su mínima expresión aunque ello conlleve incomodidad e inseguridad para los viandantes. Parece que se trata de penalizar al caminante.

  • Ni que donde existen aceras, en la mayoría de las ocasiones no se puedan utilizar porque hay obstáculos que impiden el tránsito peatonal: coches mal aparcados; terrazas, probablemente ilegales, de bares; vecinos que no podan las plantas y éstas cubren la acera; los responsables de jardines del Ayuntamiento que confunden las aceras con jardineras y pone plantas que impiden el paso (Camino de la Fontanilla). Tampoco le gusta, -tan absurdo es que no alcanza a comprenderlo-, la desidia municipal que ha permitido al edificio de apartamentos de la calle Arroyo de La Atalaya instalar unas rejas en las ventanas de la planta baja que hacen impracticable la mitad de la acera, cuando lo que haría cualquier persona sensata es adaptar el tamaño de las rejas al de las ventanas  evitando así todo obstáculo para los peatones. En casos como éste, piensa el turista, parece que la consigna es “¿por qué hacerlo bien cuando se puede hacer mal y más caro?.

  • No le gusta tampoco el entorno del Centro de Salud y no comprende que una zona tan transitada por vehículos y personas, carezca de aceras tanto en el lado de la gasolinera como en del Centro de Salud, aunque hay espacio suficiente para ellas. Del lado del ambulatorio, que es el único camino que utilizan los peatones, éstos tienen que lidiar con los coches aparcados, los que paran en doble fila, la ambulancia y los inmensos charcos que se forman cuando llueve. Para complicar más el paso a las numerosas personas que por allí transitan, en la esquina del ambulatorio, junto a la rotonda, han instalado una cabina telefónica, dos señales de tráfico y un kiosco de la ONCE que reducen el paso a casi nada. ¿Será posible que a nadie se le haya ocurrido poner la cabina adosada a la pared -¡solo hay que moverla un metro!- y facilitar así un poco la vida a los peatones?

  • No comprende que las escaleras que comunican la calle Arroyo de la Atalaya con el final del Paseo Marítimo y la playa, que tan utilizadas son durante el verano por cientos de turistas, estén casi impracticables por la vegetación que las cubre y, sobre todo, por la pestilencia que debe soportar quien se atreva a transitarlas.

  • No soporta a esos chicos que, a bordo de sus coches convertidos en discotecas móviles, recorren las calles una y otra vez atronando con  su música, sin que a la policía  local parezca importarle.

  • No puede ver, sin  llevarse las manos a la cabeza, los magníficos muros de piedra de algunas casas, encalados una y otra vez en un consentido destrozo patrimonial. Ni la señal informativa que indica a los turistas dónde se encuentra  La Chanca, cuando es algo que no pueden ni deben visitar dado su calamitoso estado de abandono.

  • Le disgusta por feo, antiestético y poco original el pavimento de las calles peatonales (Cádiz, Cárcel, Señores Curas, J.Velarde, Portillo).

  • Le resulta incomprensible que, al contrario de casi todas las ciudades andaluzas,  los patios y rincones existentes (¿existen?) en el pueblo no estén señalizados, arreglados y dispuestos para ser visitados por los turistas.

  • Como posible vecino del Conil, le indigna el hecho de que, apenas unas semanas después de arreglar algunas calles, desaparezca el pavimento (calle Gonzalo Sánchez Fuentes, junto a la gasolinera de Campsa) o se hunda el piso (calle Hospital) o que haya que levantar hasta tres veces la calle para arreglar el sumidero (en la rotonda junto a la calle Rosa de los Vientos) sin que los responsables municipales den una explicación de las medidas que han tomado al respecto y de las responsabilidades que han exigido a las empresas adjudicatarias de las obras.

  • Le asusta que un lugar que parece tan placentero para vivir como parece ser la urbanización La Atalaya tenga varias calles sin iluminación, apenas disponga de  contenedores para la basura, las ratas formen parte habitual del paisaje, algunas calles carezcan de señalización para los vehículos, …

  • Le disgusta que no se haga una recogida selectiva de residuos, que haya pocos contenedores y que éstos permanezcan todo el día abiertos mostrando su contenido.

  • No le gusta ver los solares del pueblo sin la preceptiva valla que impida que sean convertidos en basureros improvisados.

  • Le parece absurdo el hecho de que en la calle Gonzalo Sánchez Fuentes una señal indique por dónde se debe ir al hotel Conil Park y que la raya continua del suelo lo impida.

  • No le sería muy fácil vivir en un pueblo invadido por las cucarachas sin ver que los servicios municipales luchan permanentemente contra esa plaga … ni viendo a los vecinos convivir resignadamente con los invasores.

  • Tampoco le gusta el nombre de la parroquia: “SANTA CATA”, según reza en la fachada de la iglesia.

Innecesarios cierros en Santa Bárbara, inutilizando la estrecha acera:
un ejemplo de ocupación del espacio público por los particulares

   Todas estas cosas de la vida cotidiana que no le gustan, que le parecen incomprensibles desde cualquier punto de vista, el turista las considera muy importantes para una mejor calidad de vida de los conileños pero no ve indicios de que esté en el ánimo de los responsables solucionarlas; así pues, decide abandonar su idea de instalarse en Conil.

   Dirá a sus amigos que si miran bajo el manto turístico que todo parece disculpar, se encontrarán un pueblo con muchas carencias, en el que los responsables municipales parecen haber olvidado la que debería ser su prioridad: ¡ los conileños ! 

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