EL CONTEXTO DE LOS MONUMENTOS:

LA HORA DE LOS ENTORNOS

María Teresa Pérez Cano 

   Profesora titular de Urbanística y Ordenación del Territorio 

Eduardo Mosquera Adell

   Catedrático de Historia de la Arquitectura- Escuela Técnica Superior de Arquitectura

  (Universidad de Sevilla)

  

   El hecho de que un bien alcance la categoría de patrimonio, y se convierta en un Bien de Interés Cultural, es una circunstancia cada vez más compleja que debe superar las visiones reductivas e inmediatas bajo las que se ha regido hasta no hace muchos años nuestro panorama cultural. El ordenamiento en materia patrimonial que la democracia española se ha dado, nos ha situado por fin en un proceso cultural en el que nos encontrábamos a la zaga, a pesar de que el patrimonio atesorado en nuestra comunidad es uno de los más importantes de Europa, y que éste había sido objeto de reivindicación por los sectores culturalmente más comprometidos.

   Un Bien de Interés Cultural aglutina una serie de valores que pueden deberse a cuestiones individuales o a una suma de factores, a menudo superpuestos y/o coincidentes, sobre un mismo elemento en un contexto determinado. Analicemos esto de forma más detenida.

   Los espacios, los edificios, los objetos, a veces tienen valor por sí mismos. Es decir, poseen cualidades intrínsecas por los que los apreciamos colectiva o individualmente. Estas cualidades pueden ser muy diversas: arquitectónicas, estéticas, históricas, artísticas… Pueden mantener vinculaciones muy concretas a movimientos artísticos, autores especialmente significados, etc. Estos valores son independientes de que el propio paso del tiempo haya hecho que los elementos pierdan su uso o vocación inicial, por los cuales fueron generados o les dieron sentido. Así, por ejemplo, podemos encontrar ciudades amuralladas, cuyas defensas se establecieron para resguardarse de ataques enemigos, y que se conservan en la actualidad, aunque éstas carezcan de sentido alguno para este uso. Sin embargo, son importantes ejemplos de arquitectura militar, son expresión de unas técnicas constructivas históricas, que se relacionan con los rasgos que la guerra y la paz dibujaron sobre nuestras ciudades y por lo tanto se considera que forman parte de nuestro Patrimonio.

   En otros casos, estos elementos alcanzan la socialización de determinados valores que se les atribuyen -es decir, obtienen cierto reconocimiento-, por el hecho de ser contenedores y soporte de usos y actividades, acontecimientos históricos, casas natales de creadores o personajes… que caracterizan a un tejido social vivo o pasado, pero que coincidimos en que deben estar presentes en nuestra memoria. Representan a nuestra cultura material, más o menos anónima. Así, las viejas bodegas donde se crían nuestros mejores vinos, o las fábricas de tabaco, pueden verse sustituidas, por razones empresariales por nuevos edificios, pero ello no impide que las protejamos patrimonialmente por lo que representan estas actividades productivas en nuestra cultura, en nuestro modo de vivir. Y los molinos harineros, los cortijos y haciendas, las almazaras, las casas salineras, las chancas…

   Otras muestras de edificaciones y espacios alcanzan valores en función de su posición en la ciudad o en el territorio. Esto es así porque se han establecido históricamente determinadas relaciones visuales, intensas continuidades espaciales, en definitiva, porque nos encontramos ante secuencias de hechos construidos que alcanzan una dimensión especial, una personalidad particular que identifica y singulariza un enclave urbano o territorial, o una determinada unidad paisajística y por ello merecen la estima de ciudadanos y visitantes. Se produce con independencia del hecho arquitectónico de que se trate. Por ejemplo, la capacidad de que un espacio público –una plaza, una alameda…- actúe como articulador de funciones urbanas puede ser independiente de que esta se enriquezca o no con la presencia de edificios singulares o esté construido con sencilla arquitectura anónima.

David Roberts: Sevilla desde la Cruz del Campo, 1835 (aguada). Leeds City Art Galleries

   El templete de la Cruz del Campo fue construido por el marqués de Tarifa como origen del Vía Crucis que culminaba en la Casa de Pilatos, entrando en la ciudad por una de sus puertas históricas. La imagen muestra el sentido de su carácter aislado en cuanto referente territorial, y que cualificaba un enclave y un camino especialmente transitado. Ha dado nombre a un barrio, una avenida y a una célebre marca de cervezas que lo utiliza en algunas de sus señales corporativas.

   Finalmente, podemos encontrar situaciones donde ningún elemento destaca por su notoriedad por encima de los demás y que, sin embargo, la suma de muchos de ellos, o lo que sería la fuerza como conjunto, constituye la clave de su valor. Este sería el caso de multitud de ciudades históricas formadas por arquitecturas domésticas de escasos valores individuales pero que constituyen importantes conjuntos desde el punto de vista ambiental.

   Afortunadamente nuestro rico patrimonio esta formado por múltiples ejemplos que participan de estas cuatro razones en mayor o menor grado: valor arquitectónico, de uso, de posición, ambiental... Es frecuente encontrar en cualquier pueblo o ciudad una plaza presidida por algún edificio monumental –civil o religioso- que tiene valores arquitectónicos propios, que representa una referencia visual importante dentro del paisaje urbano, que está rodeado de edificaciones sencillas que lo meten en escala y que constituyen un conjunto interesante de valores diversos que hay que preservar.

   La lucha por conservar las cosas va unida - y así ha sido históricamente- a la constatación de la destrucción de las mismas. En efecto, las expoliaciones de monumentos y las destrucciones fruto de las guerras y episodios revolucionarios, junto con la secularización de las propiedades eclesiásticas trajeron consigo por el contrario, la creación de los grandes museos públicos, las primeras políticas de declaraciones monumentales y las prácticas de restauración a finales del siglo XVIII y primeras décadas del siglo XIX.

   Pero estas dinámicas se dedicaron primordialmente a los grandes monumentos, convertidos en emblemas de la sociedad, desatendiéndose una realidad más extensa que le daba sentido y sin la que nunca habrían existido ni habrían llegado a tener su dimensión cultural. Nos referimos a los ámbitos urbanos en que fueron construidos, los edificios que los acompañaban y reflejaban la vida desarrollada en torno suyo: un encuadre físico, material y otro intangible, inmaterial.

   Por desgracia, además de dicha desatención, ulteriores periodos, como el desarrollismo urbano en época de crecimiento económico -recordemos los años sesenta en España-, se cebaron fundamentalmente en los conjuntos urbanos y en la arquitectura vernácula. Incluso a veces se atrevían sonadamente con los edificios singulares con sustituciones mediocres. También se degradaron entonces nuestras ciudades en beneficio del tráfico rodado. Todos estos dislates llevaron a las conciencias sensibilizadas y a las nuevas autoridades, a adaptar los instrumentos de protección a las capacidades de efectuar destrucciones de los bienes culturales y de los valores a ellos asociados. La protección es cautelar y preventiva, pero debe continuamente redefinirse ante la aparición de nuevas fórmulas de amenaza y destrucción de nuestros objetos más cualificados. Las tensiones desarrollistas y la presión inmobiliaria que padecen muchas de nuestras ciudades y zonas turísticas todavía lo obligan.

   La importancia creciente de la consideración de los entornos en nuestros bienes patrimoniales deriva pues de un largo proceso cultural, en el que se han producido importantes debates al respecto. Dichas discusiones se corresponden con el desarrollo de la cultura urbanística moderna en Europa. De hecho, la superación de las corrientes restauracionistas surgidas en el siglo XIX, que favorecían el aislamiento del monumento de las “impurezas” que el devenir de los tiempos les había agregado en torno suyo, se hizo por la vía de la formulación del concepto de ambiente, de la mano del italiano Gustavo Giovannoni. En su país se desarrolló particularmente este concepto, impulsándose universalmente con la Carta de Venecia y ha servido para extender adecuadas medidas de protección en consonancia con la profundización en el conocimiento de lo que representan nuestras ciudades históricas y en modos de hacer ciudad más responsables. El entorno, consagrado por la Ley de Patrimonio Histórico Español en 1985 y refrendado en Andalucía con la Ley de Patrimonio Histórico de Andalucía de 1991, es la herramienta que supera ¡al fin! siglo y medio de prevalencia de una concepción decimonónica del tratamiento de nuestros edificios históricos en el seno de nuestras ciudades y territorio.

   Con la definición del entorno de un bien cultural se busca entre otras cosas proporcionar un tratamiento adecuado a la contextualización del bien cultural en su medio físico y construido, potenciando una adecuada lectura de su entidad patrimonial como monumento y haciendo patente su papel en la estructura urbana o en la calidad del dominio paisajístico donde se enclava. Al tiempo que se pretende reducir, con las prescripciones que se establecen dentro de dicho entorno, los indeseables impactos congestivos y depredadores de las dinámicas inmobiliarias que comprometen el futuro del bien y el de su disfrute en la entidad que merece por las generaciones venideras, frente al aquí y ahora del desmesurado e insolidario beneficio inmediato.

   El resultado es la poco a poco extendida aplicación de este instrumento, en general introducido por vía normativa, aunque algunas instancias públicas y privadas aún no lo comprenden y no lo saben emplear a favor de una mejora de la percepción y disfrute del propio bien cultural (monumento, jardín histórico, lugar de interés etnológico…) y, por añadidura, de la calidad urbana y paisajística del ámbito donde se encuentra. Entornos bien gestionados urbanísticamente, y adecuadas puestas en valor de nuestros bienes en su seno, son un instrumento educativo inapreciable, un recurso social de primer orden, que puede otorgar bienestar y desarrollo desde pautas de sostenibilidad, al diversificar en múltiples focos de atracción los flujos de personas y capitales sobre nuestros tejidos urbanos.

Fotografía actual del templete de la Cruz del Campo, Sevilla.

Declarado monumento en 1964, se aprecian los efectos producidos en las décadas posteriores a dicha decisión por la actividad inmobiliaria y la ordenación del tráfico, ante la ausencia de un tratamiento patrimonial de su entorno. El bien cultural pervive ciertamente, pero oprimido y desvalorizado por unas condiciones deplorables, en las que la pasividad y tolerancia de los poderes públicos resultan elocuentes, a pesar de las protestas ciudadanas que estiman dicho bien como referente identitario de toda una zona de la ciudad, merecedor de otro tratamiento.


   Frente a la globalizadora mercadotecnia cultural que nos invade por los canales mediáticos, los bienes patrimoniales, bajo avanzadas prácticas patrimoniales pueden constituir una eficaz y auténtica estrategia de mantenimiento de la diversidad cultural en clave dialogante. Lo son desde luego para sus habitantes sensibilizados, en cuanto que integradores de su memoria, de su identidad… Y se ofertan con orgullo a visitantes, estudiosos, turistas, curiosos… Téngase en cuenta a propósito de ello, que el éxito de lo virtual y lo mediático sucumbe siempre ante la fuerza de lo auténtico, ante la presencia de lo irrepetible. Algo que tras la oleada mediática se vuelve cada vez más cierto. Disfrutemos de nuestros bienes culturales, los que han llegado hasta nosotros, y acrecentemos nuestro legado histórico empleando sabia y creativamente sus entornos a favor de potenciar sus cualidades patrimoniales.

Bibliografía:

AA.VV.: Régimen Jurídico del Patrimonio Histórico en Andalucía. Sevilla: Consejería de Cultura, Junta de Andalucía, 1997.

Alonso Ibáñez, María del Rosario: El Patrimonio Histórico. Destino Público y Valor Cultural. Madrid: Civitas y Universidad de Oviedo, 1992.

Álvarez Álvarez, José Luis: Estudio sobre el Patrimonio Histórico Español y la Ley de 25 de junio de 1985. Madrid: Civitas, 1989.

Castillo Ruiz, José: El Entorno de los Bienes Inmuebles de Interés Cultural. Granada: Universidad de Granada e IAPH, 1997.

García-Escudero, Piedad y Pendás García, Benigno: El nuevo Régimen Jurídico del Patrimonio Histórico Español. Madrid: Ministerio de Cultura, 1986

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