VERDURAS DE PLÁSTICO

  Luis F. Gil Corral
  Geólogo y Profesor de Ciencias Naturales 

    

   En los últimos años se están extendiendo por el campo de Conil los cultivos bajo plástico, también llamados invernaderos. Son cultivos muy productivos, que permiten el desarrollo de frutas y verduras fuera de temporada y que, se dice, generan mucha riqueza para la zona que los acoge (o en todo caso para el dueño del invernadero). El objeto del presente artículo es presentar, de forma somera, las consecuencias que para los conileños puede tener la proliferación de este tipo de cultivo.

   El desarrollo de la agricultura intensiva de los últimos 50 años está estrechamente ligado a la industria química. El empleo masivo de sustancias químicas sintéticas tales como fertilizantes y plaguicidas son, en gran parte, responsables de la espectacular producción de la agricultura actual. Los nitratos, procedentes de los fertilizantes, ya constituyen un importante contaminante, sino el principal, de las aguas subterráneas de Conil. Pero nos vamos a fijar más en detalle en los plaguicidas.

   Se ha acuñado el término de “disruptores endocrinos” para definir un conjunto heterogéneo de compuestos químicos, contaminantes medioambientales, que interaccionan con el sistema endocrino; fertilizantes y, sobre todo, plaguicidas se encuentran entre ellos. Se trata de imitadores de estrógenos que alteran nuestro sistema endocrino: pueden suplantar a la hormona natural, bloquear su acción o, en todo caso, alterar sus niveles naturales. Las hormonas organizan el desarrollo embrionario y, tras el nacimiento, regulan el funcionamiento de nuestro organismo. Es por ello que las consecuencias pueden ser muy diversas, particularmente sobre los órganos reproductores, ya que los estrógenos son hormonas sexuales.

   Dos características más contribuyen a incrementar la toxicidad de los plaguicidas. Una es su persistencia en el medio ambiente: su degradación natural es lenta. El DDT, primer plaguicida utilizado, tiene una vida media de 100 años. Aunque existen modernos plaguicidas con una vida media bastante mas corta, hay constancia de que en los países del Sur de Europa aún se usan plaguicidas, como el endosulfan, muy persistentes (Castillo y Olea, 2002). En segundo lugar está su capacidad de bioacumulación. Los organismos no están preparados para hacer frente a estas sustancias, por lo que no son excretadas y se acumulan en sus tejidos grasos, aumentando su concentración a medida que ascendemos en las cadenas tróficas (¿adivinan quién está situado al final de todas las cadenas?).

La entrada de los plaguicidas en el organismo puede deberse a la inhalación de aire contaminado o al consumo de agua y alimentos que los contengan. Es verdad que existen controles y niveles máximos permitidos de estas sustancias, pero el hecho es que los controles se relajan, que los límites permitidos con frecuencia son excesivamente generosos y, en todo caso, estamos hablando de sustancias bioacumulativas y de efecto tardío: la fruta de hoy, la ensalada de mañana pueden tener cantidades muy pequeñas de plaguicidas, pero al cabo de varios años, la suma de cantidades muy pequeñas hacen una cantidad respetable.

Dada la gran variedad de sustancias químicas a las que estamos expuestos, y que los efectos biológicos pueden tardar muchos años en presentarse, es muy difícil demostrar científicamente la relación de un compuesto químico concreto con la aparición de una patología concreta.. Pero son muchas las evidencias epidemiológicas que hay sobre la mesa.

Los riesgos para la salud que más frecuentemente aparecen ligados a la exposición de los disruptores endocrinos, en la literatura médica (Theo Colborn y otros, 1997), son los siguientes:

   1.- En los niños, son cada vez más frecuentes las anormalidades genitales, como testículos no descendidos (criptorquidia) o penes sumamente pequeños. La contaminación de los niños se produce durante el desarrollo embrionario y la lactancia. Investigadores de Granada han demostrado que la mayor parte de los casos de criptorquidia operados en la provincia se localizaban geográficamente en zonas de agricultura intensiva. (Castillo y Olea, 2002). La exposición a disruptores hormonales durante el desarrollo embrionario y primera infancia es particularmente crítica.

   2.-  En la mujer, el aumento del cáncer de mama y de ovario: desde 1940 las muertes por cáncer de mama han aumentado al ritmo del 1% anual en los países industrializados. También está en alza la incidencia de nuevos casos de esterilidad ligada a endometriosis, enfermedad por otro lado casi desconocida a principios de siglo.

   3.- En el hombre han aumentado los casos de cáncer de testículos así como la inflamación de la próstata. El 80% de los hombres lo presentan, en diversos grados, a los 70 años. La infertilidad masculina constituye el síntoma más preocupante de la acción de estas sustancias. La cantidad y movilidad de los espermatozoides de los varones ha caído en picado en el último medio siglo. Investigadores daneses (Neil Skakkkebaek, 1992) encontraron que la cantidad media de espermatozoides masculinos era en 1992 de 66 millones por mililitro, frente a los 113 de 1940; ello unido a un descenso del 25% del volumen de semen eyaculado equivale a un descenso real del 50%. A la vez que se había triplicado el número de varones con un número muy bajo de espermatozoides (20 millones por mililitro). El mismo estudio encontró que la tasa espermática de agricultores dedicados a la agricultura biológica era el doble de la media de los varones daneses. De continuar esta tendencia, los hombres podrían ser incapaces de reproducirse de forma natural dentro de 50 años.

   En resumen, el hombre produce y utiliza infinidad de sustancias químicas sintéticas (actualmente hay unas 100.000 y cada año se fabrican unas 1000 nuevas). Dentro de ellas, los plaguicidas, por su carácter bioacumulativo y por ser diseñadas para ser biológicamente activas, son especialmente peligrosas. Y aunque no es honesto cargar sobre los plaguicidas, y los invernaderos donde se utilizan, todos nuestros problemas de salud, si es cierto que existen evidencias de una mayor incidencia de graves patologías asociadas a su uso.

Invernaderos junto a viviendas en la Dehesa de la Villa

   Dos observaciones finales. Aunque en Conil la concienciación de la problemática medioambiental de los plaguicidas es, por desgracia, escasa, sí existe mayor preocupación por el tema en la numerosa comunidad de extranjeros que conviven con nosotros. No es casualidad que la mayor parte de la producción de agricultura biológica de la provincia se destine a la exportación. Pienso que, con una adecuada comercialización, probablemente la agricultura biológica sería muy rentable aquí; no olvidar el mayor poder adquisitivo de esta comunidad. 

   Y recordar que Conil se sitúa dentro de la zona con mayor riesgo de mortalidad de España (Atlas de Mortalidad de España en áreas pequeñas), que conforman las provincias de Huelva, Sevilla y Cádiz. Una cosa es cierta: los invernaderos no nos van a ayudar a aliviar esta situación. Por favor, no empeoremos una situación ya de por sí alarmante.

Bibliografía utilizada:

- Castillo, M., López M.J., y Olea, N. (2002) “ Plaguicidas y Salud”. El ecologista, 32.
- Colborn, T., Dumanoski D. y Myers P. (1997) “Nuestro futuro robado”. Ed. Ecoespaña
- Skakkebaek N. (1992) “Evidence for decreasing quality of semen during past 50 years”. British medical journal.
- Benach J. y otros. “Atlas de la mortalidad en áreas pequeñas de España” (1987-1995). Universitat Pompeu Fabra, 2001. 

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