EL CONIL DE OTROS TIEMPOS

 Luisa Isabel Álvarez de Toledo 

 Duquesa de Medina Sidonia

     Nunca supe el nombre de la calle. Aprenderlos me parece ciencia inútil. Cambian con los sistemas y los sistemas suelen recordarse para mal. Llegaba desde el antiguo convento de la Victoria. Barroco irrepetible porque lo produjo la expresión popular. Mi calle es un conjunto de vida, no asiento de unidades aisladas, cuya belleza muere en la fealdad del entorno. Muros de sombra y luz, naturalmente irregulares. Nadie los proyectó, porque nadie hubiese podido concebirlos. Salieron como les dio la gana, sumando capas de cal sobre adobe, ladrillo y piedra. Tan espesa y blanca que azulea. En sus extremos, más que dos casas encontramos dos oficios. Los que ejerció el constructor. A su tiempo y por temporadas. Cuestión de no estar parado. Arriba la del labrador. Cuadra, aperos de labranza. Al otro extremo, la del pescador. Redes cortando la cal. Una barca sobre rodillos, preparada a deslizarse por la pendiente, para faenar.

     Por suerte, los arcos o portones no coinciden. La simetría hubiese molestado. El de la mar enmarcan arena de vainilla y un segmento de río. Quilla recortada en el agua salada. Azul sobre azul. Colores vivos de marinero. El horno y el pozo se confunden. Cupulillas moriscas, modestamente misteriosas. A la derecha escalera exterior. Peldaños gastados. Su perfil saliente recorta la base de una balaustrada mínima. Nuestros abuelos protegieron a los niños, porque los grandes han de saber protegerse. Ventanas pequeñas, como la puerta. Cortina de red, amparo del mosquito. Las herraduras golpean los escalones. El burro se los sabe de memoria. Quien prefirió el carro, puso en su lugar una rampa. Suelo desgastado por las generaciones.

     Escabeles. Corro de mujeres. Pañuelos negros y sombreros de palma. Escuetas, lucen ese perfil elegante, que marca a nuestro pueblo. Cosen y charlan, porque no hay televisión. La niña me ha notado. Deja de jugar y se acerca, sin comprender porqué contemplo su patio ensimismada. Le dedico una sonrisa, sin pronunciar palabra. A sus cinco años mal contados, no podría entender que me quedé plantada, porque la belleza del conjunto penetra como una sinfonía. Sin una nota disonante. No le digo que me detuve en el portal anterior y me detendré en el siguiente, porque no lo entendería. La disparidad que hace de cada individuo un hecho irrepetible, que podría hacer de la humanidad un todo equilibrado, es el secreto que cantan las formas de Conil. Borrar cualquiera de ellas, reemplazarla, haría rechinar la partitura estética, compuesta entre muchos sin saberlo. Corrieron las horas. No se cuantas. Corriendo la misma calle. Impregnándome de ambiente.

     He bajado sin darme cuenta. Se conserva el trazado, pero algo cambió. Los más ricos remodelaron sus fachadas en el XVIII. Algunos en el XIX. Pusieron cierros y agrandaron las ventanas. Pero conservaron las arcadas del patio y el pozo. También la escalera. Los suelos grises, con el toque rosado del sardiné, aparecen más acabados. Conservan su carácter singular esas casas, con entrada por el alto y el bajo, porque obedecen al desnivel del terreno, sin forzarlo. La superficie blanca aparece más lisa. Algo más sofisticada. Conil empieza a parecerse a otros pueblos, sin que por eso se rompa el equilibrio. Los paños de la vieja muralla se adivinan tras las casas adosadas. Aquí y allá portadas sin estridencias. Otra vez me pierdo por calles y callejas. Fachada de palacio dieciochesco, historiado y almenado.

     Me siento en un bar de la plaza. Frente al hueco del arco, que fue puerta de la villa. Y me asalta el problema. Muy bonito, sí. Pero en las casas de lo alto no hay agua corriente, ni cuarto de baño, ni una cocina decente. Ni siquiera sitio. Porque en lo que se concibió para una familia, viven cuatro. Y planifico, como si tuviese el poder de hacerlo. No sería difícil ni caro dotarlas de todo esto, ahorrando el dinero que se gasta en la memez de la vanidad. Las conducciones no se ven. Las instalaciones interiores, tampoco. Se tendrían que distribuir estudiando cada casa, porque no es lícito ni estético uniformizar lo que surgió individualizado. Hacerlo daría trabajo al obrero y qué pensar a los arquitectos. Recuperarían la costumbre y quizá lo hiciesen estética y sensatamente. Por supuesto sería necesario construir de nueva planta. Extender Conil, para que todos tengan sitio. El que les corresponde, porque el hombre, como el animal, para no volverse estúpido ha de disponer de un territorio. No sería lo mismo, porque siglos de cal no se improvisan. Pero se podría conseguir arrabal aceptable. Y nadie viviría hacinado.

     Lo hacen en islas griegas. Si no hubiesen respetado las formas y el pasado individualizado de su núcleo histórico, los naturales no podrían comer, bien por cierto, a cargo y cuenta del turismo. Solo les quedarían las cabras y algo de pesca. Me acerco al castillo, con acentos de chalet fortificado. Y digo chalet por lo pequeño y original. Hay pocos castillos de principios del siglo XIV. Menos construidos en torno a una torre. Blanqueado, repellado, en cierto modo disimulado, se conserva casi completo. Con sus cubos, su puerta, y esa plataforma que se hizo, al popularizarse la artillería. Me gustaría verlo limpio. Hay medios para proteger la piedra ostionera, sin desfigurarla con absurdo repellado. La carnicería y los mesones siguen donde estaban. También son recuperables.

     El brazo de mar hace una isla de la playa. Me pregunto si en algún lugar del mundo habrá una playa igual. Me gusta como trabajan en Conil la paja de los sombrajos. Nada que ver con la monotonía de las costas de moda. El arte en el manejo de la paleta y la castañuela debe estar en los genes. Me acodo en la baranda del puente de madera. Pesqueros fondeados al azar son mancha de color artificial, que se confunde en los naturales. El pardo amarillo de la piedra, en las torres y la ermita. No me importa a qué santo la dedicaron. Pero aprecio como supieron conjugar las épocas. Tejas señeras y azoteas. La chanca se recorta. Piedra gris sobre el verde profundo de vegetación costera. Espadaña vacía. Algún día volverá la campana, para rememorar los viejos rebatos. Recuerdo y vestigio, con su hermana de Zahara, de una industria de la Andalucía medieval, donde se impuso el control de calidad, como hacen los modernos. La chanca es por sí misma una página de historia. Se conserva todo. Hasta las pilas. El atún conectaba Conil con Flandes y Cataluña. Al fondo, la torre de Castilnovo, sobre los cimientos de chanquilla derruida.

     Entonces el turismo cultural era un proyecto. Lo aprovechó Andalucía en el siglo XIX, pero estábamos en el hueco del descubrimiento de las vacaciones pagadas. Se manejaban magnitudes de cantidad, olvidando la calidad. Las masas se movían por millones, buscando un parking junto al mar. Para las personas y para el coche, compensando las muchas “capitas”, los pocos dólares que traía cada una. Querían vino barato, comida abundante, noches de ruido y luz. El resto les traía sin cuidado. Eramos pocos los que sabíamos la situación inestable. Los que podíamos augurar que pasado el estadio del bienestar de la molicie, el placer físico y las emociones sensoriales, pedirían más. El primer síntoma, casi imperceptible, es un gesto gastronómico: se rechaza la paella, porque no está en su punto. Iniciado el camino, no tardan en rechazar la fealdad y el desequilibrio. Paisajístico o arquitectónico. Entonces buscan esa belleza auténtica, construida de matices, que excita la sensibilidad del ente de razón. Una sensibilidad exenta de sensiblería. Pensé que cuando llegase, Conil sería lugar mimado, además de privilegiado. Porque imaginaba que resistiría, aprovechando restos del turismo evolucionado en declive y la avanzadilla de los que empezaban a evolucionar.

     Imaginaba el cartel, plantado junto a la Casa de Postas: casas que conjugan los oficios de la mar y la tierra; mesones, que albergaron mercaderes y curiosos; castillo-palacio de estructura singular, levantado a principios del XIV; chanca industrial sin réplica conocida; isla de arena, con telón que es juego de planos de luz, por constituir un conjunto intocado, prolongado en arrabales como los de siempre. En letra pequeña se leería: "habitaciones y apartamentos con baño, en casas y cortijos. Arquitectura local”. Estaba Conil tan acabado, era tan bello, que no pude imaginar la posibilidad de que sucesivos presentes intermedios rompiesen el cartel, destrozando previamente el conjunto.

     Así sucedió. Las colmenas que en el primer estadio del turismo invadieron las costas del Mediterráneo, asaltaron el casco. Subió el precio del suelo y los patios se consideraron desperdicio. Incluso se arrampló con el castillo. Apenas si queda la torre desfigurada, rodeada de muros modernos, sin personalidad, los templos y la chanca. Hitos aislados, privados de conjunto y armonía. El primer aviso lo dio Francia, poniéndose en cabeza del turismo. No por sus playas ni por el atractivo de París. Nos adelanta porque cuidadosamente, por mano de los “compagnons”, sin utilizar palas cargadoras, martillos mecánicos ni chorros a presión ha limpiado sus piedras, quitando a fachadas e interiores el horrible repellado que las cubrió en el siglo XIX. Rebuscando entre los escombros, tallando a la manera antigua, despejan el edificio y rehacen la ruina, haciendo resurgir pueblos y conjuntos tal y como fueron, en su mejor momento. Casas del XV al XVIII jalonan la Loire. Y lo nuevo se construye como siempre, asentando tejados en caballete de madera, sin rebasar alturas. Ganan respetando la unidad, porque las masas de hoy, no se contentan con un parking. Exigen armonía.

     Si hubiésemos conservado lo que hubo, lo que yo pude contemplar, ni Conil, ni nuestra provincia, hubiese tenido competidor. La ruta que partiendo de Chiclana termina en Tarifa, enlazando con la de Ronda y Setenil, sería el nuevo emporio. Porque sol, mar, golf y grandes hoteles modernos se encuentran en cualquier parte. Pero no conjuntos arquitectónicos y paisajes singulares. Entonces no podía resistir la tentación de entrar en Conil, aunque llevase prisa. Ahora paso de largo. Lo confieso. Pero llorar por la leche derramada es inútil. Lo positivo es recuperar lo salvable. Les guste o no a quienes saben pensar en cifras y no de otra manera, el hecho es que el turista-masa se trasmuta en viajero. Por eso sería lamentable negocio continuar destruyendo. En cuanto a los otros, a los que son capaces de pensar plenamente, no hace falta recordares que un pueblo sin señas de identidad cae en la decadencia amorfa del siervo.

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